María Dueñas, la costurera, pues acertada estuvo hilvanando las entretelas de su primer libro, “El tiempo entre costuras”, acabo de verla en una fotografía, reclinada sobre una “ cheslón”, como Madame Recamier. Supongo que formará parte del marketing que le impone su editorial. Y la he vuelto a encontrar en un Opencor, flanqueada por montículos de butifarras separatistas catalanas y piezas del aromático queso de Cabrales. Eran las ofertas del día. Su segunda novela, “Misión Olvido”, ya está en la calle. ¡Qué triste es comprar literatura en un supermercado, cuando hay tantas librerías que luchan por no desaparecer!
Del primer relato de Dueñas, confieso no haber llegado a la página trescientas. Pero los hipócritas que aquella noche cenábamos con ella, mentían como bellacos. Aseguraban haberlo leído, y sólo se habían aprendido de memoria la síntesis de la solapilla. Me cae bien, muy bien , María Dueñas. No es tan diva como cuchichearon aquellos contertulios, cuando la escritora se levantó de la mesa por una obligada ausencia. Su prosa se lee con facilidad, pese a no existir una voluntad de estilo. En cuanto a lo argumental, es evidente que sabe bastante de libros y películas colonialistas, que ella adereza, en mi opinión, con novelas de Corín Tellado y otras de aquellas colecciones de postguerra, las que leían nuestras madres y nuestras tías solteras, aunque lo hacían a escondidas porque, los de siempre, las tildaban de peligrosas y pecaminosas. No creo que con este nuevo libro, María Dueñas alcance otro millón de ejemplares. Me dicen que vuelve a regresar a los escenarios históricos, sustituyendo los nazis y fascistas de nuestro Protectorado marroquí, por monjes californianos. Intentaré empezarla.
¿ Acabará de una vez por todas esta epidemia del género histórico? Cuando surgió, en el Romanticismo, también se pensó que el agotamiento sería inmediato. Entonces, más que lluvia, fue un auténtico diluvio . Y al contrario que en el resto de Europa, esta literatura en España resultó bastante mediocre. Pero, a la vista está, que la matraca sigue. De aquellas del siglo XIX se salvaron “ El doncel don Enrique el Doliente”, de Larra, que Doña Leticia le regaló al príncipe, supongo que en una edición de bibliófilo y, “El señor de Bembibre”, de Gil Carrasco. Este si que es un tostonazo que nadie lee, pese a que hace unos años era lectura obligatoria en la Facultad. No me extrañaría que el antigüito y torpe WERT ( ministro), por joderla, la vuelva a imponer por decreto. Si es así, que empiecen a hacerlo en voz alta, sus chacalitos en esas clases de prosodia que les recomienda el partido para saber expresarse en público.
Yo recuerdo que cuando se aproximaba las fechas de explicar al de Bembibre, el Departamento de Literatura, en su totalidad, nos sentíamos, repentinamente, enfermos. Más como la venganza se sirve en plato frío, a mi me llegó muchos años después, en Cordoba, cuando una alumna insistió en que le dirigiera su tesis sobre este tipo de narrativa, centrándola en el coñazo del que habíamos huido. Y ahora resulta que todo esto vuelve a ponerse de moda y hasta ha contagiado a los políticos que son los que,como disfrutan de ocio, están resucitando a califas, abencerrajes, jeromines, etc., todo mezclado con crueles meretrices bíblicas, aristócratas deciochescas que alternan la política con el puterío de salón ( hoy serían las de alto standing) o bien entregándose a revolucionarios para no perder sus pelucones. Cuando la historia se convierte en materia novelesca, todo se le permite, hasta inventarla. El proceso es casi muy parecido al mito.
De mi experiencia en el Centro Andaluz de las Letras, recuerdo la llamada telefónica de aquel secretario del ayuntamiento de un pueblo de Jaén que tendría poco que hacer y había escrito una novela (por supuesto, histórica). Pedía mi ayuda para que se la editaran y al fin, pude encontrarle quien se la llevase a imprenta. La condición era que el escribidor aportase la mitad del coste. Aceptó. El argumento, en síntesis, trataba de un noble cristiano, enamorado de la hija de un Visir, con la consecuente problemática política y religiosa. Literatura de frontera. Otro pestiño de muy señor mío. Un día, el susodicho funcionario me remitió su tocho. ¡Casi mil páginas! Tres veces “La Regenta”, de Clarín; y cuatro o cinco episodios de Galdós. De entrada, para no leerla. Nunca ví el libro en escaparates. Su autor debió donarlo a las bibliotecas andaluzas; a sus compañeros, secretarios de municipios, reservando ejemplares para regalos institucionales.
La sorpresa fue cuando, tras un largo silencio, volvió a localizarme, no para anunciar la segunda parte de aquel relato entre el cristiano y la mora, que concluía, recuerdo, con el suicidio de los amantes, arrojándose desde un acantilado. Al momento, y pensando que aquello continuaba, ya me imaginaba a la pareja, no muertos,sino descalabrados, vagando por Sierra Morena, hasta llegar a Granada, donde serían espectadores de dos acontecimientos grandiosos: la llantina de Boabdill, por no querer abandonar la ciudad; y el baño de Isabel la Católica, en una alberca de la Alambra, después que ni una gota de agua tocase su cuerpo en cuatro meses. La reina siempre tuvo fama de poco aseada. Siempre tuvo fama de guarrilla. Pero nada de eso era lo que tenía que contarme el secretario del ayuntamiento. Lo que quería es que, así como le encontré editor, le buscara un productor de cine para que la llevase a la pantalla. No quería creer lo que estaba oyendo. Recuerdo que, de sopetón, me preguntó :
¿ Qué artista me sugiere para hacer la protagonista?
Y en medio de la estupefacción en la que me sentí envuelto, sólo pude balbucear :
- ¡ Maribel Verdú! , que tiene rasgos bereberes... ¡ pura rifeña!
Colgué y no supe más de él.
¡ Ay, la novela histórica , las del pasado y las del presente! ¡qué malitas son la mayor parte! Claro que, de un modo barato, sus autores nos llevan al Nilo de Cleopatra (que, por cierto nunca le mordió una serpiente); a la Roma neroniana, ardiendo por los cuatro puntos cardinales; a los monasterios andaluces, llenos de monjes luteranos que, después, se convertirán en barbacoas para los inquisidores... : Me contaba Antonio Prieto que él tenía in mente escribir una sobre el rapto de Europa, a quien en determinado momento le ponía un supositorio. No sé si llegó a hacerlo.
Y ahora que lo pienso, ¿cómo es que algún caballa de pluma no le ha sacado jugo novelesco a esa historia tan nuestra de amoríos y traiciones del Conde Julián, su hija (la que los árabes llamaron “qahba”, puta)y aquel depravado Rodrigo, que la mancilló, rey sifilítico, condenado por su lascivia a ser mordido por una serpiente, poco a poco, en aquel músculo que más había usado ...? Imaginémoslo en una cueva, como el Segismundo de Calderón, clamando :
Ya me come,
Ya me come,
Por do mas
Pecado había...
Ya tenemos un arranque... ¡ánimo y a continuarlo!...





