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¿Nos miente el CIS?

Hay una vieja tentación en política de aceptar los datos cuando confirman nuestras creencias y desacreditarlos cuando las contradicen. Ocurre con las estadísticas económicas, con los informes científicos y también con las encuestas electorales. Quizá por eso el Centro de Investigaciones Sociológicas, el CIS, se ha convertido en uno de los blancos favoritos del debate político español.

Las críticas al organismo que preside José Félix Tezanos no son nuevas. Tampoco sorprenden cuando proceden de determinados sectores políticos o mediáticos. Lo preocupante es que cada vez resulta más frecuente presentar como una evidencia lo que, en realidad, es una simple sospecha: que el CIS manipula sus estudios para favorecer a una determinada opción política.

La acusación es grave porque no se dirige únicamente contra una persona. Afecta a una institución pública integrada por profesionales de la estadística, la sociología y la investigación social que trabajan conforme a procedimientos reglados y transparentes. Y, como ocurre con cualquier acusación seria, debería sustentarse en pruebas y no en impresiones.

Conviene recordar algo elemental que con frecuencia se olvida. Una encuesta no es una predicción del futuro. No es una bola de cristal ni un oráculo electoral. Su función consiste en describir la distribución de opiniones existente en una población en el momento en que se realiza el trabajo de campo. Nada más y nada menos.

Cuando el CIS publica una estimación electoral está ofreciendo una fotografía estadística de un instante concreto. Pero entre esa fotografía y la jornada electoral pueden transcurrir semanas de campañas, debates, acontecimientos inesperados y cambios de opinión que modifican el comportamiento de los votantes. Pretender que una encuesta adivine con exactitud el resultado de unas elecciones celebradas tiempo después es exigirle algo para lo que nunca fue diseñada.

Como explicaba el expresidente de la Asociación Americana de Estadística, Fritz J. Sheuren, en su obra ¿Qué es una encuesta?, la calidad de una encuesta depende de su finalidad y del rigor científico con que se realiza, no de si su resultado agrada más o menos a unos u otros. Precisamente por ello advertía de la escasa fiabilidad de muchas consultas de participación voluntaria que no parten de muestras seleccionadas científicamente.

Los especialistas en metodología conocen bien, además, otra cuestión habitualmente ignorada en el debate público: los llamados errores no muestrales. No todos los problemas de una encuesta provienen de la selección de la muestra. También influyen la falta de respuesta de determinados colectivos, el rechazo a participar o la ocultación de preferencias políticas. Como recuerda César Pérez en su manual Técnicas Estadísticas de Muestreo, utilizado durante años en la formación de los Estadísticos del Estado, estos fenómenos constituyen una de las principales fuentes de error en cualquier investigación social.

Precisamente para corregir esos sesgos existen las ponderaciones, calibraciones y técnicas estadísticas que utilizan tanto el CIS como cualquier organismo demoscópico serio. Ningún sistema es perfecto. Los errores existen y seguirán existiendo. Pero reconocer esa limitación no equivale a aceptar la tesis de la manipulación.

La experiencia demuestra, además, que las equivocaciones no son patrimonio exclusivo del CIS. En las elecciones generales de 2023 numerosos sondeos privados anticipaban una victoria mucho más amplia del Partido Popular de la que finalmente se produjo. Algunas previsiones incluso contemplaban una mayoría parlamentaria de la derecha que nunca llegó a materializarse. Sin embargo, nadie concluyó por ello que todas aquellas empresas demoscópicas actuaran de mala fe.

La fortaleza de una institución estadística no reside en ser infalible. Reside en la transparencia de sus métodos, en la publicación de sus cuestionarios, en la accesibilidad de sus bases de datos y en la posibilidad de que cualquier investigador independiente contraste sus resultados. Y eso es precisamente lo que ocurre con el CIS.

Podemos discutir sus estimaciones. Podemos analizar sus aciertos y sus errores. Podemos discrepar de sus interpretaciones. Todo ello forma parte del necesario debate democrático. Lo que no deberíamos hacer es sustituir la crítica por el insulto o la discrepancia por la descalificación permanente.

Porque cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones sin aportar pruebas sólidas, el problema ya no afecta solamente al CIS. Afecta a la propia calidad de nuestra democracia.

Y esa sí es una encuesta cuyos resultados deberían preocuparnos a todos.

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  • Que obsesión tenéis los radicales intentando constantemente desacreditar a todo el que no piensa como vosotros acusándolo de rebajar lo que llamáis, como buenos cursis, la "calidad democrática".

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