Opinión

No tenemos suerte

Todos se llevaron las manos a la cabeza. ”¡Qué horror! ¡Buques de la Armada rusa que escoltan a un portaviones  pretenden abastecerse en el puerto español de Ceuta!” La primera piedra la lanzó el Foreing Office británico, siguió después Estados Unidos y acabó la faena la OTAN. Parecía cómo si evitando esas escalas obligaría a cancelar la entrada en el Mediterráneo del convoy, y con ello los bombardeos rusos sobre Alepo. Pues aunque no entren aquí, llegarán sin duda a su destino.

Tales han sido las presiones, que al final los rusos han desistido de su inicial propósito (seguro que ya sabrán abastecerse en otro sitio), el Ministerio español de Asuntos Exteriores ha anulado su autorización y, ahora, aparece el de Defensa en un intento de apuntarse el tanto. Mira que bien. Así, todos contentos, todos menos nosotros. Y de modo especial se estarán riendo en Gibraltar, donde hasta hace cinco  años repostaba la flota rusa, y cuyos celos ante el hecho de que desde Ceuta se les hubiera  arrebatado en buena lid dicho tráfico promovieron las primeras quejas al respecto, unas quejas que expuso el propio Cameron y que fueron rechazadas por la diplomacia española y, después, por la propia Unión Europea. Allá enfrente, en la Roca, celebrarán lo sucedido por todo lo alto.

Lo cierto es que, en este asunto, nadie se ha acordado de los legítimos intereses de Ceuta. Es más, casi se ha dado la impresión de que éramos algo así como una especie de “puerto pirata”. No debemos conformarnos y callar. A mi juicio, resulta preciso hacer oír nuestra voz, la voz de una ciudad  dañada en su economía por estas decisiones, pues mucho me temo que, después de lo sucedido, ya no veamos más buques de la flota rusa en nuestro puerto,  con lo que  cesarán los beneficiosos y legítimos efectos que producían tales escalas. Ceuta no está para perder ninguna actividad productiva, y ésta lo es, o quizás sería más apropiado decir que lo era.

El pasado jueves, este diario señalaba que solamente los gastos efectuados por las tripulaciones rusas que bajaban a tierra han supuesto para Ceuta un ingreso entre tres o cuatro millones de euros.  Además de eso, están los lícitos beneficios de la empresa suministradora del combustible y los de consignatario, prácticos, amarradores y remolcador, amen de las tarifas percibidas por la Autoridad Portuaria y el abastecimiento de agua. Son unas sesenta las escalas de buques de la Armada rusa en Ceuta durante los últimos años. Tan interesante tráfico es el que, casi con toda seguridad, vamos a perder para siempre a consecuencia de este desgraciado revuelo internacional.

¿Ha pensado alguien de fuera de Ceuta en dichos perjuicios? A la vista de lo que se deduce tras leer la prensa, oír las radios y ver las televisiones nacionales, absolutamente nadie. No les importa.  Al contrario, se les nota felices con la pérdida, por el puerto de Ceuta y por ende por la propia ciudad, de un tráfico que significaba no solo una legítima fuente de ingresos, sino, además, el poder ver por nuestras calles a unos visitantes –los marineros rusos- que con su buen comportamiento, su cordialidad y su característico gorro –cuando lo portaban-, habían sabido ganarse el afecto de los ceutíes. Ahora parece cómo si se hubieran roto las relaciones diplomáticas entre España y Rusia por razones bélicas. “¡Qué horror, barcos de la Armada rusa en el puerto español de Ceuta!”.

El sabio refranero español ya lo dice. “¿No quieres caldo? ¡Pues toma dos tazas!”  Con ésta,  llevamos ya muchas tazas bebidas.  Basta con mirar atrás, y recordar la desfavorable repercusión que, sobre el atractivo competencial que tenía el comercio ceutí, produjeron tanto la apertura de la verja de Gibraltar como la entrada de España en la hoy Unión Europea; la sensible disminución del Ejército o las insalvables trabas que se pusieron a las empresas aquí establecidas para elaborar y exportar productos conforme a las Reglas de Origen de la UE, unas Reglas que, inicialmente, ofrecieron la posibilidad de un desarrollo industrial que nos han malogrado.

Está claro que no tenemos suerte.

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