Bruno llegó a nuestras vidas con solo 10 días. Lo vio mi prima en la calle cuando salía de casa, y pensando que estaba muerto, a la vuelta, viendo que había cambiado de posición, lo recogió y me llamó. Hacía poco que había fallecido mi perra Lani, y ese duelo también estaba fresco. Me dijo que era gatita, y solo contesté "yo me la quedo".
Resultó ser macho, pero vino a casa igualmente. Y ahí empezó mi nueva maternidad, porque a pesar de no haberlo gestado ni parido, el proceso fue el mismo: biberones cada dos horas, de día y de noche, a pesar de trabajar, sin rendirme, porque tardó tres días en comer hasta que debió darse cuenta de que no pensaba cejar en el empeño. Estimulación y aseo tras cada toma, cambios de ropa de cuna hasta enseñarlo a usar su arenero, visitas veterinarias, vacunas, cariños y regañinas por trastadas como a cualquier niño... Soy madre, y díganme si eso no es criar otro hijo más, aunque no compartiésemos sangre. Adquieres un compromiso, y es hasta el final.
Han sido casi 15 años, porque tristemente una enfermedad pulmonar se lo ha llevado, después de llevar más de un año luchando "con y por él". Siempre padeció del riñón, pero fueron sus pulmones los que me lo arrebataron.
Las gatas (como otras especies) suelen abandonar a la cría más débil si ven que no tiene oportunidad de salir adelante para centrarse en las que sí. A pesar de no ser su madre biológica, yo no me rendí.
Lo acogí, lo alimenté, lo eduqué... ¡LO HICE FAMILIA! Fui la madre que él conoció. Bruno no era un gato especialmente cariñoso (no al menos como se espera) pero sabía querer a su modo, y demostrarlo, también.
Bruno era compañía en buenos y malos momentos, era la espera en la ventana o detrás de la puerta al llegar, era una sombra (aunque no hubiese luz que la formase) que me seguía por toda la casa: en la cocina, el dormitorio, el baño... Era el desplome al suelo para mostrarme la barriga en señal de total confianza. Aun así, no siempre fue fácil. Tenía carácter y a veces desfogaba conmigo su nervio, dejándome cicatrices en la piel que al fin y al cabo, curaban.
Pero la última cicatriz que me deja no está curando, ni curará fácil. Bruno se fue el pasado diciembre, el 6, de madrugada, a horas del día decidido para darle descanso, y duele tanto revivirlo... No fue una partida dulce, no como yo quería para él. Por desgracia, fue muy traumática, con el consiguiente sufrimiento para ambos.
Su partida abrió la herida, y el dolor de haber tenido que dejarlo atrás como si nunca nadie lo hubiese
querido no permite que cierre.
Sé que muchos no entenderán este símil, pero quizá, si abren su mente y su corazón (aunque sea por un
Instante) podrán ponerse en mi piel. Imaginen a alguien cercano (un familiar, un amigo) con una dolencia que se agrava, corren al hospital, y al llegar (o incluso antes) fallece, y sin más, tienen que dejarlo ahí ¡SIN MÁS! Se queda en una fría camilla de hospital, con la prenda que hayan podido coger para abrigarlo, y sin posibilidad de volver a verlo.
No existirá tiempo de velación para "estar un ratito más con él"; no habrá entierro al que asistir, ni tumba a la que acudir a honrar su memoria, y que nos ayude a descargar la tristeza en lágrimas cuando la visitemos.
Duro, ¿verdad? ¡Impensable porque somos PERSONAS! Pues eso es lo que vivimos los que tenemos familia de cuatro patas. Un último abrazo con su cuerpo aún caliente (que no quieres soltar); besos, muchos besos, como si en cada uno pudieras retenerlo para siempre; con suerte, un mechón de su pelo o una huella impresa con tinta en un folio, siempre que la humanidad del veterinario que te ve devastada te lo permita ¡GRACIAS SIEMPRE POR ESE GESTO!
Y al dolor de su pérdida tienes que sumarle el de la culpa que te queda por "abandonarlo" al final de sus días. Tantos años juntos para que acabe en un contenedor a la espera de pasar a la península para cremar en conjunto, tratados como "simplemente carne".
Que haya fallecido mecido en tus brazos y no solito no es consuelo alguno si al final, regresas a casa con los brazos vacíos, pero el corazón lleno de culpa.
Hay tantas personas que me estarán entendiendo en este momento, que al final, estas letras no solo van de Bruno y su historia. Estas letras van de "Bruno", de "Toffe", de "Kika", de "Salem", de "Coco", de "Lucy", de "Tiller", de "Kaira", de "Piraña", de "Thor", de "Ciara", de "Blondi", de "Mandy"... Y de tantos otros que forman una lista no corta precisamente, sumándole, por desgracia, que tampoco serán los últimos, aunque confiemos en que más pronto que tarde, aquellos a quienes corresponda decidan por fin dar luz verde al proyecto de crematorio para que sus partidas sean tan dignas como intentamos que fueran sus vidas.
Por la paz de nuestros corazones. Por la dignidad de todos y cada uno de ellos.
Gema Soler.
“Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”, Anatole France.
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