Se cumple un mes de ese día en el que todo cambió para Ceuta. La entrada masiva de miles de personas y la inacción de un Gobierno que estaba de vacaciones provocó una crisis sin medida. A fecha de hoy sabemos bien poco de lo que sucedió aquel 30 de julio. Sabemos poco de la causa de una entrada de miles y miles de personas, de por qué sucedió aquello, de cuántos entraron y de cuántos quedan.
Un asunto de esta envergadura se merecía una respuesta seria. No la hubo. Más bien se produjo un canto a la falta de transparencia. Ceuta no se merecía esto, ni antes ni ahora.
La normalidad no ha regresado desde un 30 de julio en el que esta ciudad recibió, de la noche a la mañana, la misma población que tiene en su censo.
En 24/48 horas se duplicó la cantidad de habitantes y Ceuta se transformó en una ciudad llena de extraños, de hombres, mujeres y niños, de gente buena y gente con intereses delictivos. Ceuta se vio sumida en una desatención sin medida, falta de respuestas, mareada por una clase política que no sabía qué mensaje vender.
Se nos sigue hoy en día mareando con una disparidad de versiones: por un lado, se apunta a la expulsión de todos los que llegaron cuando ni siquiera han sido identificados; por otro, se nos resalta que la acogida será lo primordial a sabiendas de la carestía de espacio en la ciudad.
Los ministros varían en sus manifestaciones, incluso se enfrentan. El pueblo caballa asiste a una disparidad de criterios, a unas versiones contradictorias cuando solo quiere ya no solo recuperar su vida sino saber que camina hacia un futuro estable.
Se habla mucho de lo que pasó, pero también se debe hablar del futuro. ¿Cuántos han entrado?, ¿80.000, 100.000? No importa ya siquiera su número, sino que nos garanticen que realmente esto no va a volver a suceder, que mañana esta tierra se levantara tranquila, que podrá pensar en un futuro de inversiones, que podrá arriesgarse en sus proyectos, que podrá desarrollar un proyecto de vida igual que cualquier otra ciudad de España.
No se pide nada extraño, se pide que Ceuta tenga los mismos riesgos y venturas que cualquier otra ciudad de España; que tenga los mismos miedos y las mismas esperanzas que el resto del país. Que se pueda vivir tranquilo en una tierra donde están nuestros antepasados y en donde crecerán nuestros hijos.
Es lo que quiere Ceuta, pero después de este 30 de julio, el Gobierno de la Nación ha sido incapaz de garantizarnos que todo puede seguir igual, que no habrá chantajes, que no habrá amenazas, que no se producirá una nueva invasión jugando con mujeres y niños.
El daño no se ha producido solo por la falta de defensa, de claridad y respuesta. El daño se ha producido en lo sentimental, en lo psicológico, en lo emocional. Un caballa nunca se rinde, corean en cada manifestación. Es cierto, nunca se rinde, pero de igual forma tiene que tener un Gobierno que no se ría de este pueblo español, luchador y unido que ha recibido el mayor mazazo de su historia. No se rinde, pero tampoco deben rendirse otros.






