La congregación ‘Marta y María’, que hasta ahora velaba por los ancianos de la Residencia de Nazaret, se va siguiendo la decisión de sus superiores, dejando tras de sí seis años de entrega a decenas de mayores “que necesitan cariño, comprensión, tolerancia y mucho amor”
Gloria nunca hubiera podido imaginar que su felicidad estuviera durante seis años en la entrega a los ancianos ceutíes o en sus paseos hasta el mirador de Isabel II cargados de reflexiones sobre el poder de la fe para hacer frente a las tristezas de este mundo con la silueta de la ciudad como telón de fondo. Nació hace 32 años en un pequeño pueblo del distrito guatemalteco de Jalapa. De padres humildes, con cinco hermanos y vocación desde muy niña, siguió el espíritu evangelizador de la congregación de ‘Marta y María’ desde el momento en que convivió con unas monjas que acudían a su pueblo a llevar paz, alegría, esperanza y deseo de ayudar en el mundo. Su caso no es único. Más de 700 mujeres apostaron por unos preceptos que hicieron mella en países como España, Italia, Argentina, Honduras, Etiopía, Cuba, Lituania y Guatemala.
En 2005 veinte de ellas subieron por primera vez la carretera del Pantano para alojarse en la Residencia de Nazaret y echar una mano a los ancianos y desamparados de Ceuta. Ahora se van. Quedaban cuatro. “Trajimos lo necesario en la maleta y mucho amor en el corazón y deseos de ayudar. Y así nos vamos. Él dispone. Ha sido una decisión meditada y estamos tristes pero nadie es imprescindible y aunque ahora hay pena, se saldrá adelante porque hay un gran equipo trabajando con los ancianos”, explica la Madre Gloria, cabeza visible de las monjas. No es problema de vocaciones, más de medio centenar de novicias se forma en Guatemala para iniciar el camino de la evangelización y la ayuda al necesitado. “Es lo que se ha dispuesto y nos atenemos a ello”, explica resignada pero también feliz la Madre Ruth. Ella entró en la compañía religiosa con 17 años tras haber escuchado la llamada a los 5 por primera vez. La obediencia es uno de los votos de las religiosas. Lo cumplen felices. Aunque ahora la gente las abrace llorando y se les encoja el corazón, saben que es lo que deben hacer. Pero antes lanzan un mensaje: hay muchos mayores que necesitan cariño. “Todo lo que les das, lo devuelven. Hay que ser pacientes, cariñosos, comprensivos, tolerantes y tratarles como te gustaría que te trataran a ti cuando llegaras a esa edad... ellos se merecen todo”, explican. Se van felices. Saben que los residentes se quedan con un gran equipo, pero el equipo se siente “perdido, ya hemos pasado por ésto con las Hijas de la Caridad y estamos muy tristes. Entonces lo sacamos adelante 18 meses mientras esperábamos su llegada para sustituir a las monjas anteriores, ahora no nos dicen nada”, explican varias empleadas entre lágrimas. “Siempre estaban ahí, apoyándonos, con una sonrisa... ahora los abuelos se van a quedar más solos porque aunque estemos aquí trabajando, no vivimos como ellas hacían y les acompañaban y atendían las 24 horas del día”.
Decía el poeta romano Publio que quien perdía la fe no podía perder más. Ellas no la pierden y se van con una sonrisa porque “el optimismo tampoco puede desaparecer y esa es la clave para seguir adelante”.
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