Corre ya la mitad del mes de Noviembre y hay que pensar en prepararse para las próximas Navidades. Unas cuantas vecinas, entre ellas Angelita, Afri, Pepi y Sebastiana, todas ellas buenas amigas del patio, proponen juntarse en casa de la de Sebastiana por ser algo más amplia para dedicar toda una tarde a hacer los populares rosquillos, borrachuelos y pestiños que serán consumidos en los días de Navidad. Acuerdan aportar cada una la misma cantidad de ingredientes para lo cual, cada una de ellas se ha pertrechado en la tienda de Soto, donde suele comprar diariamente y donde le fían por ser clienta que siempre paga suscuentas, con más o menos regularidad. Una vez terminado el trabajo, se lo repartirán como buenas vecinas.
Un gran lebrillo sirve de recipiente para amasar la voluminosa mezcla de harina, azúcar, huevos y agua, a la que después habrá que añadir las raspaduras de limón y alguna pizca de aguardiente de los que hay en casa para quitarse el frío matinal. El día señalado es el viernes de la semana siguiente. La tarde ha resultado fructífera y se han repartido los dulces; casi todas tenían sus latas de galletas o de Cola-Cao, preparadas para tal fin.
Pepe, Diego, Antonio, Alfredo, Alfonso y Andrés, quien se incorporó más tarde a este patio, pues venía del Sarchal, donde vivía con su abuela, forma un grupo de amigos que se juntan todos los días después de asistir a la escuela y como cada tarde se dedican a sus juegos. Ya cansados llega la hora de merendar y todos van a casa de Alfredo, cuyo padre posee una importante tienda de comestibles y frutería. Su madre Carmen, proporcionaría a esta pandilla algunas piezas de fruta que siempre tiene a buen recaudo. En otras ocasiones la mujer de Antonio que era matarife y trabajaba en el matadero, preparaba unos apetitosos bocadillos de manteca colorá con “trompezones” que los chicos se comen de buen agrado.
Han acabado de comerse esas frutas y se disponen a planear qué hacer para estas fechas venideras. Deciden conseguir algunas pieles de conejo para fabricarse unas zambombas, así como un tambor, instrumentos
imprescindibles para los villancicos, junto con la pandereta, la botella de anís y el almirez, útiles fáciles de conseguir en sus respectivas casas. Formar un pequeño grupo para visitar a vecinos del patio y fuera de él, como hicieran años anteriores y cantarles unos villancicos que ya se preparan y ensayan.
El ambiente en general se va “caldeando” y pronto aparecer‡n los puestos en la Plaza de los Reyes, que se llenan de luces y alegría. Queda un mes para la lotería de Navidad, para una economía raquítica de la mayoría de los vecinos, sólo puede permitirse en comprar una pequeña participación de algún número con el que se ha soñado y puesto toda la ilusión. Los escaparates de las tiendas se visten de fiesta y los comestibles exhiben sus mejores productos. Uno de los juguetes más solicitados, son los caballos hechos de cartón, mientras no le caiga agua, puede durar bastante.
El patio va tomando el ambiente previo a estas fiestas. Las mujeres se afanan en las tareas de su casa y hacen acopio de viandas para ser consumidas en días postreros. El patio se llenará de chiquillos cuando lleguen las cortas vacaciones; unos andarán revoloteando entre la ropa tendida y al resguardo de peligros fuera del patio, otros algo más mayores, saldrán a buscar madera, tanto como para calentar los braseros de sus casas, canjearlas por restos de bizcochos que le proporciona “La Africana” o bien venderla y ganarse algunas pesetillas. Su zona de juegos, siempre fue la calle Linares y el callejón del Lobo, donde la circulación de vehículos les permitía echarse sus partidos de fútbol. Una de las gamberradas de aquella época, era la de dedicarse a sustraer las anillas de plomo que fijaban los cables elÎctricos, plomo que luego usarían para otros menesteres. Para el día de los Santos Inocentes, recortarán de papel de periódico los clásicos muñecos que después colgarían de los más inocentones.
Noche del 24 de Diciembre, cena familiar, cada uno en su casa. Empieza a desbordarse la alegría entre cantos de villancicos, panderetas y tragos de aguardiente. Aquellos que tienen permiso, se les deja ir con los amigos para contagiar la alegría del nacimiento del Niño Dios, fuera del patio con sus zambombas, panderos y sobre todo con ganas de pasarlo bien y transmitir el espíritu navideño que a esa corta edad es de lo más natural.
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