No sé qué parte de la historia de esta pandemia aún no ha sido asimilada por las pandas de descerebrados que siguen creyendo en el fenómeno Miguel Bosé, burlándose de las normas, usando las mascarillas como baberos y generando concentraciones de riesgo. Da igual que a diario se difundan los partes de contagiados, que cada vez haya más ingresos hospitalarios, que las cifras de aislados aumenten, que haya empresas que se enfrentan a riesgos de tal calado que se van a ver obligadas a cerrar dejando a sus trabajadores en el paro. Da igual todo esto porque hay quienes siguen mofándose de la situación, siguen enarbolando la bandera del egoísmo y se empeñan en tirar por el tierra el trabajo de los que sí cumplen, sí cuidan y sí colaboran en que el virus tenga menos fuerza. Se han hecho campañas, se han conocido muertes, hemos hablado de sus historias, de sus despedidas, nos hemos emocionado con los mensajes de quienes han perdido a sus más cercanos... pero todo esto parece que no llega a quienes ni son solidarios y se creen que están por encima de todo, incluso de la salud.
Vivimos tiempos complicados, de tal deshumanización que poco importa que estemos atravesando una de las peores crisis sanitarias que derivará en la económica que todavía no somos capaces ni de imaginar. Pero sigue habiendo quienes se toman esto a cachondeo. Se avecina uno de los peores momentos para una ciudad a la que se le agotan las vías tradicionales de mantenimiento y que debe buscar salidas sustentadas en el trabajo y en una implicación que hoy por hoy es fantasma.
Y esto duele, claro que duele. Y jode, jode bastante que haya a quienes no les importe la muerte de los seres queridos del resto. Y asombra que ante lo desconocido sigamos reaccionando como niños pequeños cuando ni tan siquiera sabemos cuáles son las consencuencias físicas que tendremos.







Se suele decir en español: "El pueblo es sabio". Viendo lo que ocurre con la pandemia, habría que cambiarlo por: "El pueblo es imbécil" (dicho en sentido clínico).