Rozaba los 70 años y en la mañana de este martes se disponía a entrar en Ceuta para continuar cargando bultos, una labor no reconocida por la Inspección de Trabajo, marcada por la penosidad y que se erige en la única forma de vida para muchos hombres y mujeres de Marruecos. Llevan sus vidas a los extremos porque tienen que vivir de esto. Extremos como la muerte que le ha sobrevenido a un porteador en la frontera, en el lado marroquí, esta mañana.
Natural de Castillejos, un agente del vecino país lo vio sentado. Después, al no incorporarse a la fila, comprobó que había sufrido un infarto. La noticia ha corrido como la pólvora entre sus compañeros. Entre los hombres que porteaban con él, una labor a la que se dedicaba desde hace tiempo y que le había llevado a tener que mantenerse con la misma a pesar de su dolencia cardiaca.
El fallecimiento de este hombre no es un caso aislado. Detrás de los porteadores, de esos hombres y mujeres que se dedican al sostén de un negocio que mueve millones, hay muchos dramas, muchas historias de carencias, de auténticos extremos, de situaciones tensas en las que se expone hasta la vida. Enfermos tienen que seguir pasando mercancía, antes sobre las espaldas, ahora sobre carritos, pero sorteando un espacio fronterizo que no reúne las mínimas condiciones de seguridad y de humanidad.
Así termina su vida en la frontera, en esa línea que separa dos mundos enfrentados y radicalmente opuestos. La muerte le llegó en plena labor de tránsito, cuando aún no había entrado en nuestra ciudad, cuando las fuerzas le vencieron por un corazón enfermo que no pudo aguantar una vida complicada en la que pasan demasiadas cosas y son escasas las que llegan a trascender a la opinión pública.
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