Hoy, dos músicos de Israel, el violinista Ya’akov Rubinstein (Tel Aviv, 1968) y el pianista Ohad Ben-Ari (Tel Aviv, 1974), pasarán el día con cierta inquietud preocupados por si todo saldrá bien en el concierto que ofrecerán a partir de las 20 horas en el salón de actos del Palacio Autonómico.
Ayer, sin embargo, era día de descanso bajo el sol ceutí. Así que los músicos pidieron un buen sitio para la entrevista. Terraza en una cafetería, dos cafés, bocata de jamón, cruasán, decenas de preguntas y una conversación con mucho más que música. Los temas vuelan. Lo mismo se habla de Mendelssohn que de Pink Floyd y los Beatles. Por medio, pasan el existencialismo y el conflicto que enfrenta a los palestinos y al Gobierno de Israel.
“¿A quién no le van a gustar los Beatles?”, se pregunta en inglés el pianista Ohad. “Todo el mundo quiere a esa banda. Y basta escucharlos para darse cuenta de que hay una base clásica. John (Lennon), sí, viene del folk, pero Paul (McCartney) tenía una gran formación clásica. Estos tipos sí que eran músicos. Capaces de hacer folk, música india, rock... lo que quisieran. Es un talento inexplicable”.
Ohad habla con pasión mientras apura su bocata de jamón serrano, que ha pedido en castellano. El músico estudió en la Universidad de Tel Aviv y en Alemania. Se dedicó a la música clásica. Participó en concursos y ganó premios. Acumuló giras y kilómetros. Tocó con grandes orquestas. Recibió clases maestras. Le iba bien. Hasta que se cansó.
“Me di cuenta de que la vida de un instrumentista no era para mí. Me harté de la presión, las giras, los días de carretera...”, recuerda el músico.
Cambio de rumbo. “Tenía una edad en la que era ahora a nunca. Me marché a Los Ángeles”. De la música clásica a la no clásica, que es como a él le gusta decirlo. Y pasó de interpretar autores clásicos como Mozart o Beethoven a tocar con artistas que salen en la MTV. “Trabajé con Jay-Z, Mya, Wyclef Jean... Me tenían mucho más respeto ellos a mí que yo a ellos. Sabían que tenía formación y lo mucho que había tocado”, explica el pianista, justo antes de que su compañero, que ya ha acabado el desayuno, se despida y abandone la mesa cansado.
La forma de trabajar con esas estrellas resultó “distinta” a lo que estaba acostumbrado. “No vienen de la escuela. Son músicos de la calle. En muchos casos, no saben las reglas. Las rompen, tocan los instrumentos de forma poco académica, pero eso es justo lo que les hace grandes músicos. Aprendí mucho de ellos”. Así, entre Los Ángeles y Nueva York, entre grabaciones y audiciones, pasó diez años, de 1995 a 2005. Fue una buena época en la que Miri Ben-Ari, su hermana y violinista, ganó un Grammy.
Al final, Ohad decidió que había llegado el momento de volver a la música clásica. “Cuando regresé –rememora–, era mucho mejor músico. Había aprendido lo que era el ritmo”. Y sus ideas habían cambiado tras convivir con las estrellas de Los Ángeles. “Tras de la década de los cincuenta, la música clásica se ha convertido en algo muy intelectual. Viene de la mente, no del corazón. Eso tiene que cambiar. Yo, cuando escribo algo, no quiero que sólo unos pocos conecten con la pieza. Quiero componer algo que todos puedan sentir”.
El concierto de esta noche se celebra para conmemorar la fiesta judía del Januca. “El arte es la mejor forma de conversación”, concluye Ohad. “La música es un lenguaje universal. Tocaremos temas muy conectados con la vida judía. Y todo el mundo está invitado: judíos y no judíos. De eso se trata. De acercar y unir a la gente”.








