Categorías: Opinión

Morir en tierra ajena

Hay vecinos de esta ciudad que un día se esfuman, aniquilan su rutina y rompen cualquier lazo de comunicación con la familia. Se evaporan sin dejar rastro y reaparecen unas semanas después, vía telefónica, para anunciar que en ese momento pisan suelo asiático, por lo general turco, y que no regresarán más porque están a punto de atravesar la frontera que les separa de Siria. Al otro lado se enrolarán en las filas de las milicias rebeldes que desde hace meses combaten, calle por calle, contra el régimen de Bachar al Asad. Se sienten llamados por la yidad ­–o al menos es el cebo que colocan ante sus narices los captores de voluntades­– , anticipo de una quizás voluntaria salvación espiritual, pero también, con toda seguridad, de un cruel desenlace.
Sorprende la pasmosa celeridad con la que las noticias se sacuden el envoltorio de la novedad para instalarse definitivamente en la monotonía. El primer caso siempre suscita escalofríos, pero el cuarto o el quinto, por desgracia, tienen que conformarse con ocupar renglones de una  lista. “Otro más”, cataloga el subconsciente colectivo. “Un muerto es una tragedia; un millón, una estadística”, sentenció ya en su día Napoleón. Pero en este caso pesa, como añadido, el componente de proximidad: el joven que desaparece de las calles de Ceuta, que abandona su casa –y por extensión a su familia, su trabajo, su entorno en definitiva– es el mismo que hasta hace un par de semanas te cruzabas por el Paseo del Revellín, que te devolvía a casa de noche en su taxi o te atendía detrás de un mostrador. Algo habrá fallado, por su parte o por la nuestra, vaya usted a saber, cuando en su cabeza triunfa la opción de mandar a paseo ese sacrosanto modelo social que intuíamos paradisiaco –lo clásico: trabajar, dormir,  tomarse un café, leer un libro, recoger a los niños del colegio, hablar con amigos, volver a dormir, volver a trabajar­– para, en su lugar, colgarse un fusil al hombro o adosarse con fuerza al cuerpo un chaleco plagado de explosivos.
Chirría el reclamo de la yihad. Sospecho que en Siria, como en cualquier otro punto del planeta, el personal se sublevará contra el totalitarismo, la injusticia y el quebranto social, frente a las dictaduras de izquierdas o de derechas, ante las que enarbolen coranes o las que luzcan biblias. Pero llamar a las armas esgrimiendo en pleno Siglo XXI los mismos fundamentos –la particular interpretación de la Guerra Santa– que llevaron a Almanzor a saquear las campanas de la Catedral de Santiago de Compostela o a Saladino a sitiar Jerusalén contra los cruzados, por ejemplo, huele a lectura partidista del credo por parte del extremismo. Tampoco es cuestión de satanizar –sin juego de palabras– al Islam, cuyos representantes no se cansan de repetir que la yihad, entendida como partidarios del cuchillo y la inmolación, no es más que una interpretación  radical del Corán. Tanto como cuando en la muy democrática y aconfesional (¡ja!) España algún que otro ministro desempolva el ideario de la Conferencia Episcopal para oponerse a las bodas gays o proponer una reforma dos pasos hacia atrás en la ley que regula la interrupción del embarazo.
Más que de religión, la fuga a Siria es la respuesta al gancho del extremismo. Un anzuelo colocado sobre la cabeza de quienes creen que, por la circunstancia que sea, el quehacer diario que compartimos el resto deja de tener sentido y merece la pena intentar revertirlo a tiros o incluso haciéndose estallar, ya sea colocando una bomba-lapa en los bajos de un vehículo en Getxo en nombre de la independencia del País Vasco o inmolándose en la periferia de Damasco al paso de un blindado. Gente que igual hoy te has cruzado por la calle, con los que compartiste instituto o cuyo rostro, simplemente, te sonaba. La historia, que ya suma varios casos, es truculenta: morir en tierra ajena, por una causa lejana, en nombre del supuesto objetivo común de la yihad. Si no lo entienden ni sus propias familias, como han testimoniado en las páginas de este diario, cualquiera nos lo hace comprender al resto...

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