Ya sabéis quienes me conocéis bien que no soy religioso. Y también sabéis quienes me conocéis, aún mejor, que me gusta esa parte de la Semana Santa que entronca con el arte y la cultura de la imaginería, el desfile procesional de los titulares de las hermandades que hacen estación de penitencia. Admiro la fe inabarcable que escapa de mi agnosticismo ‘confeso’. Reconozco en este fenómeno momentos iconográficos bellísimos, estampas impagables como el tradicional ‘Encuentro’. Y llego a sentir, éso sí, mucha desazón cuando veo llorar a un niño,a un penitente... a un costalero frustrado por no haber podido consumar su extraordinario y casi ininteligible esfuerzo que siempre termina por hacer mella en su cuerpo, curado habitualmente por esa desmedida acción balsámica que les produce mirar a la cara de una virgen, un cristo...un misterio encontrando en ellos, seguro, una divina respuesta. “Si llueve será porque el Señor lo ha querido así”, se lamentan no sólo los jóvenes y no tan jóvenes costaleros, los nazarenos... ellos y todo cofrade ligado o no a la hermandad de turno. Y se lamentan los fieles, y se sorprenden ante esa inusitada incertidumbre que aporta la inoportuna lluvia. Al lado de casa he asistido a toda esa mezcla de dolor, resignación pero, en absoluto, desesperación. Y mi deformación profesional pone triste titular a todo lo que he vivido sólo, sin nadie como hay que que seguir la Semana Mayor tal y como sostiene el maestro cofrade, Juanjo Cerro.
‘La Flagelación’ sortea gotas como charcos para refugiarse en su casa de hermandad nada más iniciar su estación de Penitencia. No ha podido ser. El próximo año empieza a moldear un nuevo intento. Son las cosas del Señor.





