Cempachuli, Pan de Muertos, Copal, altares…todo esto y más es lo que vamos a encontrar en México durante la festividad de Todos los Santos. Para comprender un poco más la celebración de los mexicanos de este día, es necesario saber que tiene mezclas de los aztecas y españoles. Antes de la colonización, las antiguas tribus indígenas tenían la creencia de que el día dos de noviembre a sus muertos les daban permiso en el más allá para reunirse con los suyos, durante solo 24 horas. Es por esta razón por lo que ellos creaban altares de diferente números de pisos, correspondientes a los niveles de infierno que sus muertos iban alcanzando, hasta llegar al noveno y último. Creaban, pues, altares durante esos días, donde ponían flores de cempachuli, incienso de copal para ahuyentar a malos espíritus y comida para que su difunto pudiese comer y reponer energías para su vuelta.
Esto es lo que nos vamos a encontrar en México, pero celebrado de una forma más tradicional en los estados de Michoacán y Morelos. Es común ver las calles llenas de papel picado de colores anaranjados y morados como símbolo de la libertad de la muerte y el duelo con ella. Es común también encontrarse por doquier la figura de la Catrina, que es la calavera típica mexicana sonriente, y es que en México la muerte no tiene una connotación tan triste y negativa como en España, sino que se la toman más a chiste, por lo que ellos mismos se dicen: “los mexicanos nos reímos hasta de la Muerte”. Hasta Chavela Vargas le hizo una canción con el nombre de “La Llorona”.
En Morelia, capital del estado de Michoacán, se viste con cempachulis y muñecos representantes de la Catrina. Sus plazas se decoran también de naranja y en todos los bares y restaurantes encontrarás, al menos, una flor de cempachuli por mesa. Mientras paseas por las calles vestidas de vida para adorar a la Muerte, puedes probar el gazpacho moreliense, que a pesar de lo que su nombre pueda indicar, nada tiene que ver con el gazpacho andaluz. El primero es un picadillo de frutas tropicales: mango, piña y jícama (tubérculo blanquecino con gran cantidad de agua y textura parecida a la patata); todo esto acompañado de queso rallado, vinagre de piña y sazonado con chile y sal, y a pesar de su ligereza, llena la panza bien por 30$mx el vaso de medio litro. También deberás probar los atoles de aquí, no los hay mejores en ningún rincón del país. Típico de la región son los charales, un pececito de agua dulce que se come en salazón. Las cofundas, equivalen a los tamales, y te los ofrecen de acompañamiento en contraposición a las tortillas.
La noche del día uno es recomendable pasarla en Pátzcuaro o en alguna de sus islas, siendo la más famosa Janitzio. Estos lugares están llenísimos, y para ir de isla en isla sería mejor si hablases con algún lanchero días antes para acordar precio, lugares y horas de travesía, para evitarte el susto de quedarte sin poder visitar alguna de las islas. Desde Tzintzuntzan, otro pueblo a orillas del lago, y menos transitado, aunque de igual tradición. Si visitamos la isla de Pacanda como primera opción, podremos ver el típico baile representado por niños en estas fechas, el baile de los viejitos. Acompañarlo de un rico y calientito café, que nos mantenga a punto para aguantar la velada y la helada de la noche. Tras el baile, podréis acompañar a los del pueblo hasta el panteón e incluso ayudarles a encender las 7 velas, y colocar las cosas para el altar.
La isla de Janitzio, aunque es la más sonada para los turistas, es la que menos tradicional llega a parecer. Sus calles se visten de puestos ambulantes ofreciendo todo tipo de souvenires, y comida típica del momento.
Sus calles abarrotadas con un eco multilingual y unas mujeres que velan a sus muertos en su pequeño cementerio a modo de escaparate, mientras los turistas murmuran mientras pasean entre las tumbas, rompiendo el silencio que debería guardarse como respeto.
Terminando los dos días fuertes, podemos viajar a Uruapan. La ciudad es la oposición a todo lo que hemos visto en este estado, sin embargo el Parque Nacional de Uruapan, ubicado en el centro de la ciudad, parece un oasis en mitad del desierto.
Perderse entre sus cascadas, lagos, caminos de arena y empedrados, disfrutar de la vegetación y de los susurros de los riachuelos, es el mejor antídoto para el estrés. En el mercado de la plaza principal podrás disfrutar del famoso chocolate caliente con churros, que es normal tomarlo en la cena, en lugar del desayuno.
Al día siguiente, os propongo una excursión al volcán Paricutín, donde se encuentran los restos de San Juan Viejo, el antiguo asentamiento que quedó desolado tras una erupción. Tendréis que llegar muy temprano, antes de las 9 de la mañana, pues las camionetas que llevan a los excursionistas y trabajadores solo salen hasta esa hora, después será casi imposible, o tendrás que gastarte un poco más si algún pueblerino se interesa en hacer negocios contigo. Imprescindible probar el churipo en San Juan Nuevo, a pies del Paricutín. Se trata de un delicioso caldo con un corte de la carne del puerco a la que llaman churipo, y se acompaña de tortillas de maíz negro hechas a mano. Toda una delicia.
Sin lugar a dudas, es una experiencia irrepetible la de celebrar unas fechas tan marcadas en todo el mundo, en una cultura diferente a la vuestra.





