En momentos tan convulsos como los que estamos viviendo, estos en donde ni siquiera sabemos reconocernos, se necesitan mensajes como los que ha dirigido el Papa León XIV.
La sociedad avanza cada vez más enrarecida, dominada por las traiciones, los odios y recelos. No se vive, se compite; tampoco se ama, sino que se valoran los sentimientos a golpe de peso e interés como quien vende chuletones de carne.
El Papa ha hablado sobre la familia, la dignidad y la polarización. Ha venido a pedir comprensión y diálogo en donde parece primar solo el odio, pero también ha venido a recordarnos que todos somos iguales, que no hay diferencias ni tampoco se puede enarbolar la bandera de la discriminación o la diferencia de valías de acuerdo a una raza.
Si sus mensajes han llevado a la reflexión social habrá conseguido mucho más de lo esperado. Al menos que sean muchos los que se detengan, miren a su alrededor y sean capaces de comprender que no estamos llevando nada bien este mundo.
Eso ya es un logro porque quizá de esa necesaria parada y obligado análisis crezca la valentía suficiente como para no dejar que el futuro inmediato se asemeje al que ya estamos viendo.
Creo que es difícil que la clase política cambie por más que el Papa eligiera el Congreso para promover la no descalificación; pero sí creo que las personas pueden sentirse más valientes para dar el paso necesario en cooperar en el giro que le hace falta a todo esto.
El mundo que estamos formando es insano para nuestros hijos porque los valores se han aparcado haciendo primar otros intereses.
Ya no hay reflexión, tampoco se escucha, solo hay rapidez y odio, solo hay ambición a pesar de ser conscientes de que todo, absolutamente todo, quedará aquí.
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