Imagínese que su médico de cabecera le prescribiera una entrada para ver a la AD Ceuta en el Murube, recién ascendido a Segunda División, como parte de su tratamiento contra la depresión. No es ficción, sino una idea que ya se está poniendo en marcha en Reino Unido, donde un grupo de médicos apuesta por recetar fútbol en directo como alternativa o complemento a los antidepresivos en pacientes con síntomas leves o moderados.
El objetivo: combatir la soledad y fomentar la conexión social a través de una experiencia colectiva como es animar a un equipo desde la grada.
Un nuevo plan de prescripción social permitirá que pacientes con depresión leve o moderada reciban como “tratamiento” entradas para asistir a partidos de fútbol en directo. La iniciativa, pionera en el Reino Unido, nace de la mano del diputado laborista y médico de familia Simon Opher y del empresario Dale Vince, propietario desde 2010 del Forest Green Rovers, club de la National League (quinta categoría inglesa). La idea: combatir el aislamiento social y ofrecer alternativas no farmacológicas cuando los síntomas no son graves.
El programa arrancará en los consultorios (surgeries) de Gloucestershire cercanos al estadio The New Lawn, en Nailsworth, donde juega el Forest Green Rovers. Los pacientes derivados podrán acudir gratuitamente a los encuentros del equipo gracias a entradas donadas por el propio club. Está previsto que el proyecto se extienda durante toda la temporada y comience con el primer partido en casa frente al Yeovil Town, el 16 de agosto.
Opher, ex médico de cabecera y ahora parlamentario por Stroud, defiende desde hace años la prescripción social —comedia, jardinería u otras actividades comunitarias— como complemento o alternativa a los antidepresivos en casos leves y moderados. Según explica, alrededor de cuatro de cada cinco pacientes siguen estas actividades cuando se les pautan, y uno de los beneficios más claros es atajar la soledad, un problema que, insiste, tiene efectos sobre la salud comparables a fumar 20 cigarrillos al día.
Según publica el periódico británico The Independent, el médico subraya que “hay algo en ver fútbol que te da un sentido de comunidad”, aunque advierte de que “el fútbol no es para todos” y por eso es necesario ofrecer un abanico amplio de opciones. El objetivo es desconectar, animar a un equipo, emocionarse y compartir tiempo con otros: “Sacar a la gente y socializar”.
El plan también responde a la preocupación del propio Opher por el exceso de antidepresivos. A su juicio, estos fármacos no deberían administrarse de forma generalizada cuando la sintomatología es moderada o leve.
A comienzos de 2024, tras varias sentencias judiciales, la Agencia Tributaria británica (HMRC) no tiene nada que ver en este asunto; aquí el foco está en el sistema sanitario y la salud mental: el número de personas que toman antidepresivos aumentó un 2,1% respecto a 2022/23, hasta un total de 8,7 millones de pacientes. Para Opher, esa cifra evidencia que el sistema ofrece “pastillas” porque el acceso al apoyo en salud mental puede demorarse hasta seis meses: “necesitamos probar algo diferente”.
Dale Vince, fundador de la compañía de energía verde Ecotricity y propietario del Forest Green, anima a otros clubes a replicar el modelo en todo el país. “Los hombres normalmente no hablan de sus problemas”, señala, y recuerda etapas de su vida en las que también sintió esa “desconexión” que puede conducir a una espiral descendente. “Forest Green ha sido una de las mejores experiencias de mi vida y estoy deseando compartirla”, añade.
No hay garantía, eso sí, de que la acción sobre el césped mejore el estado de ánimo: el Forest Green vivió la pasada temporada una dolorosa eliminación en los ‘playoffs’ por penaltis ante el Southend. Pero para los impulsores del plan, el valor terapéutico no está tanto en el resultado como en la experiencia compartida. De hecho, el club se ha convertido en un referente mundial por su activismo ambiental: es el primer equipo vegano y neutral en carbono, y llegó a jugar en League One antes de encadenar dos descensos consecutivos.
Opher, que comenzó a ejercer en 1995, admite que su escepticismo hacia la prescripción generalizada de antidepresivos nació de la práctica diaria: “Uno de cada cuatro, quizá más, regresaba sin mejorar o con problemas intratables. Las tabletas no les ayudaban y no teníamos nada más”. Con la prescripción social, afirma, muchos pacientes “dejaron de volver a consulta”, un indicador —dice— de que para ellos la intervención había sido transformadora.
El piloto de Gloucestershire medirá ahora su impacto real en síntomas, adherencia y, sobre todo, en reducción de la soledad. Si funciona, sus promotores esperan que el mensaje cale: en salud mental, comunidad, pertenencia y actividad también pueden formar parte de la receta.
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