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Más papista que el Papa

Un artículo del diario el País del pasado 23 de febrero de 2026, destapó una filtración sobre una reunión privada del Papa León XIV con la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española (CEE) celebrada el 17 de noviembre, donde el pontífice alertó “literalmente” sobre el “auge de la ultraderecha” en España, mencionando directamente las siglas de VOX.

Según la información, el Papa expresó que su mayor preocupación respecto a España, es la ideología de extrema derecha y su intento de “instrumentalizar a la iglesia” para fines políticos que chocan con el Evangelio.

A partir de aquí comenzó una guerra abierta entre Abascal, líder del partido de extrema derecha VOX y el Papa León XIV.

La reacción de Abascal no se hizo esperar, al día siguiente de la publicación, en un acto en Salamanca, éste calificó la noticia de “invención de un obispo” (en referencia a sectores de la CEE que él considera afines a la inmigración) pero no quedó “la cosa” ahí, en una muestra más del “macho Alfa” de la manada, se atrevió a enfatizar que “La Conferencia Episcopal no era la iglesia” e incluso llegó a sentenciar, desde el atril y con el pecho henchido que “los obispos están más con el demonio que con los pobres” .

Este choque entre un atril político donde el “político de turno” se atreve a lanzar todo tipo de improperios e incluso mentiras, contra el ambón de la iglesia desde donde se predica la humildad y la caridad, nos hace preguntarnos: ¿dónde queda la moral en este campo de batalla? Resulta incongruente que un partido político que ha hecho de la defensa de las “raíces cristianas” de España su principal “bandera” se dedique a enmendarle la plana al máximo representante de esa misma fe. Aquí, la moral deja de ser una guía espiritual para convertirse en moneda de cambio, en producto de consumo duro y puro.

Para VOX, el cristianismo se resume en una identidad de exclusión, un muro cultural que decide quién es “español de bien” y quién es el “invasor” y choca con la moral que defiende León XIV es radicalmente opuesta: es una moral de acogida. Por tanto, cuando Abascal tacha a los obispos de estar “con el demonio”, no solo ataca a la iglesia, sino que, intenta arrebatarle la autoridad sobre su propia doctrina. Es la ética moral de la soberbia frente a la ética del Evangelio.

Para este partido político que abandera el racismo, la xenofobia y la islamofobia como programa político, en su concepto de moral, los valores cristianos no son un fin, sino un medio, un escaparate.

Mientras que para León XIV la moral es un mandato divino innegociable (ayudar al pobre es obligatorio, no opcional), para el partido es una herramienta de marketing, se visten de tradición para atraer el votante conservador, pero cuando el “dogma” (la palabra del Papa) les pide un sacrificio político, como aceptar el reparto de menores migrantes, tiran el dogma a la basura. Es la victoria del utilitarismo sobre la fe, la moral sacrificada en el altar de la ideología.

Difundir bulos, mentiras, miedo al extranjero, al diferente, al inmigrante… no solo se viola un mandamiento “no darás falso testimonio”, sino que destruye el tejido de confianza de la sociedad. La moral de la política se convierte en una moral de guerra, donde el engaño es una medalla y la compasión es vista como una traición.

Este secuestro de la moralidad, al igual que el de la bandera, opera bajo la premisa de que el fin justifica los medios. Si para proteger un ideal político, se vende la ética, la moral, los principios y se endereza todo con una supuesta protección de la identidad cristiana, si hay que mentir sobre el inmigrante o insultar al Papa, se hace. En una ética de trinchera, dentro de esta “guerra moral”, donde se sustituye el “ama al prójimo” por el “teme al extraño”.

Al final, cuando se apague el eco de los micrófonos, la polvareda de los mítines y el líder baja del atril, quedará una verdad desnuda, gris y amarga: no se puede salvar una civilización destruyendo aquello que la hace humana. Quien levanta la cruz para golpear al desvalido y señala al Papa como enemigo, no está defendiendo una fe, está construyendo un ídolo fiel a su propia imagen.

La historia no recordará a quienes gritaron más fuerte desde un atril de los horrores, sino a quienes, en medio del ruido y la furia, se atrevieron a reconocer al hermano en el rostro del extraño. Porque al final del día, una patria sin ética ni moral no es más que un territorio vacío, yermo de humanidad y con una fe sin compasión, tan solo queda una bandera que ya no mueve viento alguno.

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