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Más allá del pregón, la luz de Juanmi Armuña

A dos semanas ya, ¡qué más da el crono en los asuntos concernientes a los valores y la moral humana!, desde que Juanmi Armuña saliera a escena, puntual, firme y emocionado, a las tablas del Teatro Auditorio del Revellín para ofrecer el pregón del Carnaval de Ceuta del presente año, memorable en forma y fondo, cada poco retumba en la mente del asistente, al menos de quien teclea estas líneas, y se le pone ante sus ojos vívidas imágenes construidas a través de palabras, aquellas ideas, reflexiones, pesares y gozos que desplegó en su colosal intervención el gran protagonista, un verdadero mérito, más si cabe en tan grises y frenéticos días: ante un tiempo efímero de alegría, lo que dura el Carnaval, una conciencia limpia, en lo que dura la vida.

Porque como ocurre con la lectura de un poema profundo de carácter introspectivo, repleto de matices y perspectivas, de interpretaciones y emociones, de sombras y luces, o con la visión de una docta película, o con el repaso detallado de un ensayo implacable que verse sobre asuntos fundamentales para la existencia del ser humano y su devenir en las distintas sociedades contemporáneas, entre versos, cuartetas y estribillos, entre melodías y ritmos, notas y aplausos, entre personajes, tramas y atuendos, entre proclamas, rechazos, vivas y más ovaciones, entre recuerdos, homenajes (¡Ay, Ana Dueñas! ¡Ay, Jerónimo Romero!) y anhelos, el pregón supuso un magnífico botón de muestra (un inapelable mandato) para la introspección, propia y ajena, de los actos del día a día y de cómo estos se ponen a disposición del servicio común, o, por contra, se guardan de manera exclusiva, una tremenda e ineludible sacudida en la conciencia, inmersa en el marco de una velada jubilosa y colorida: he ahí (ahí está, ahí seguirá) un fulgurante espejo, metáfora de una era, instalado con vértigo al final de una prolongada pasarela ante el que ha de mirarse el machista, el racista, el poderoso sin escrúpulos, el canalla, el vil, el avaro, el egoísta, el sinvergüenza, el abusador, el ruin, el explotador, el malversador, el malo.

Y, en la otra cara del espejo, haciendo contrapeso a este abanico infecto, cuyo despliegue no debiera tener cabida en una sociedad fructífera, y de ser así, debiera encontrar la implacable respuesta de un marco social y un sistema judicial sanos, eterna lucha de los quijotes del amanecer y los Estrechos, el pregonero mostró, tal cual la vida misma, aquella otra realidad que conforman el lado tierno, bondadoso, esperanzador, justo, encomiable y ejemplar de las familias y las sociedades: el de las madres y sus hijos, el de las mujeres y la lucha por una verdadera igualdad, el del obrero, el del soñador, el de la mano limpia de sangre y la mente en paz.

Se trata, en realidad, como si de una botella descorchada que se venciera y cuyo contenido se derramase sobre la mesa, desembocando finalmente el líquido en cada esquina de la misma, de la inagotable esencia vital, de pensamiento y de obra, no de pose y falsa palabra, del propio Juanmi Armuña, alma pulcra, mirada tierna, corazón infinito, quien ya sea a título personal, ya sea protegido por el manto fidedigno y magnánimo del Quijote del Estrecho, ya sea bajo el disfraz del dulce Caballati, la mascota de la pureza, la brega y la ilusión, el ídolo del Murube, va desparramando allá por donde vaya, que si en la carnavalera Plaza Vieja caballa, que si en la Córdoba de la sangre de sus hijas, que si en la Granada de sus compadres de comparsa.

Y poniendo de relieve aquello tan complejo, sugerente, conmovedor, profundo y bello de Cohen: “Hay una grieta en todo; así es como entra la luz”.

De modo que durante el desarrollo del acto, o en los brindis de después, o en la resaca de la semana posterior, o mañana durante un paseo ameno por el parque, o en este próximo verano tumbado al sol de La Ribera o cuando arriben los villancicos a dar luz de nuevo al ocaso de un tiempo de grietas, habrá siempre espacio y momento para que nos asalte el ejemplo que nos dio una tarde cualquiera de marzo Juanmi Armuña, de quien, desde luego, cabía esperar bendita y justamente eso, un pregón, amén de ágil, simpático y pomposo, comprometido, valiente y total, y la invitación para luchar por una sociedad verdaderamente igualitaria e íntegra, sin que haya de facto y por decreto ganadores y vencidos ni un relato construido a base de falacias, atropellos y mezquindades, mensaje atemporal válido para cualquier instante.

Juanmi Armuña, faro que pregona e ilumina una Ceuta mejor, más equitativa y por ende más hermosa, una Ceuta no utópica sino posible, no naíf sino madura, no fabulada sino real, gracias. Y a seguir, compañero, que la gente no es tonta, la gente lo sabe. Y la gente te quiere.

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