He de confesar que soy de los que entonan, quizás sólo la primera estrofa y el estribillo y acaso no del todo bien pronunciados, el himno francés en el entorno de una situación festiva, un acontecimiento emocionante o una ocasión patriótica. La emoción que me provoca sólo puede ser superada por el gran himno legionario que venera metafóricamente la entrega a la Patria hasta la muerte... Sin duda preferiría cantar nuestro himno nacional si esto fuera posible, si la llamada idiosincrasia propia de nuestra Nación no hubiera impedido hasta ahora componer una letra a gusto de todos... Por eso a veces mi necesidad iconográfica (y mi francofilia) me han llevado hasta la Marsellesa. Siempre me ha parecido algo más que un himno francés.
Napoleón, ese estadista genial al que describía Hegel como “...el Mundo montado a caballo”, decía que con una música como la de su himno se podría ahorrar muchos cañones, tal era el grado de fervor que imprimía a sus tropas en el campo de batalla.
También me emociona escuchar aquel himno del musical de ‘Los miserables’, referido a otra revolución francesa, pero más tardía, que principia “Todo por la voluntad/ de nuestra pueblo y su Nación...” y que en algún momento dice que la sangre del pueblo de Francia se va a derramar... Son ambos realmente, cantos a la Libertad.
Y es realmente curioso saber que ‘La Marsellesa’ no estaba destinada a convertirse en un himno nacional, sino que se compuso en el contexto de la declaración de guerra de Francia a Austria, para apoyar moralmente al Ejército del Rin estacionado cerca de Estrasburgo.
En estos días todos hemos escuchado el canto del himno galo y nos hemos estremecido con su significado más allá de las palabras que lo integran.
No es lugar una columna periodística breve necesariamente como ésta, para reflexionar seriamente sobre lo sucedido, sobre sus causas, sobre cómo abordarlo, sobre nuestro futuro próximo, sobre el papel del Islam, sobre la civilización occidental, sobre el fanatismo, sobre los fanáticos... pero no puedo evitar referirme a un símbolo musical, ‘La Marsellesa’, que consigue aunar voluntades en torno a la libertad. A esa libertad que nos quieren arrebatar con muerte y violencia en nombre (dicen) de un dios al cual esta civilización (dicen) ofende y mancilla.
Sólo si espiritualizamos los conceptos lo suficiente para aplicar a los tiempos modernos lo mejor de ‘La Marsellesa’, será ésta un himno útil para hacer frente al despotismo, sea cual sea y esté donde esté. En Francia, en España o en Oriente Medio... es igual; en cualquier califato violento allí donde se encuentre.
Europa ha de hacerse más fuerte, ha de reafirmar su humanismo, no se puede dejar intimidar. Hemos de reaccionar más allá de las palabras. Costó mucho pasar de la intolerancia religiosa y del salvajismo estatal, por este orden, a la piedad, a la tolerancia, a la democracia. Tales bienes han de ser defendidos con uñas y dientes. Y han de serlo cada día, no nos confundamos.
Cuando cantemos ‘La Marsellesa’, estaremos con Francia, con Occidente, con la Libertad... frente a ellos , frente a los fanáticos... hasta darles captura. Que no lo olviden.
Marchemos, ciudadanos.





