Categorías: Carta al director

Manuel Abad

Apenas hace tres meses daba Manuel Abad Gómez su última lección en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba, en sesión de apertura del curso, con la presidencia de su Rector y del Decano del centro. Concluía así oficialmente su largo período docente, desde los primeros años setenta del siglo XX hasta ayer. Mi primer conocimiento de Manolo tuvo lugar en el patio del antiguo Instituto Hispanomarroquí de Ceuta, en los años 1955 o 1956 (la memoria se pierde en los recovecos del tiempo), cuando le tocó izar la bandera española (acompañada por el canto del Himno, con la “patriota” letra de Pemán), rito que se sucedía cada día a lo largo del curso. Al lado de nuestro amigo y colega figuraban el director de la institución, D. Juan Reyes Fernández y el cura Almandoz (párroco de la iglesia de Villajovita), de colorado rostro, que nos daba la consigna religiosa de la jornada. Supongo que nuestro personaje estaría en sexto o Preu, que eran los privilegiados en el manejo de la enseña nacional.
Su hermano Pepe, excepcional pintor y querido amigo, era compañero de clase y ya daba su talla como dibujante, bajo la atenta mirada del profesor Bernardini que no se hacía el discreto en los halagos hacia sus bellas láminas.
Al cabo de muchos años, veinte más o menos, me lo encontré una noche, al llegar yo a la Facultad cordobesa, por ese intrincado callejero de la Judería. Me presenté y desde ese momento hemos sido amigos, por encima de compañeros en el trabajo y, pocas veces, discrepantes en alguna que otra cuestión. Sobre todo tuvimos y tenemos mucho cariño familiar. Su casa, en la calle Ramírez de las Casas Deza, se constituyó en lugar de encuentros y cita obligada para conversaciones que duraban horas y días. Época muy dura para los que éramos por entonces profesores no numerarios universitarios (como Pérez Rubalcaba, que nos coordinaba en Madrid), allí aligerábamos nuestro equipaje de cuitas y hacíamos los proyectos de lo que debería ser la Nueva Universidad democrática. Ingenuos que éramos  con el futuro, que no nos deparó la utopía que perseguíamos.
El profesor Abad era famoso en su calle, entre otras cosas, por el gran volumen que imprimía a su equipo de sonido, de tal manera que no resultaba difícil oír la Patética de Tchaikovski en la plaza de las Tendillas. En esa casa familiar extensa, convivíamos con su esposa, la siempre amable y bondadosa Teresa, sus hijos Rocío, Paloma, Manuel y Ricardo y la inefable abuela “Nena”, dueña y señora de la calle Machado de Ceuta. Los compañeros que tertuliabamos en aquel domicilio de todos éramos innumerables, todos bajo la dirección moral y cultural de Manolo Abad, recuerdo ahora a: Angustias Contreras y Manolo Povedano, a Angelines Costa, a Pepe Cobos, a Pilar Moraleda, las hermanas Corral, Miguel Loma- Pilar Muro y un largo etcétera. Además, el ambiente estético de la casa (nuestro homenajeado es, más que nada, esteta) ayudaba al acercamiento y a la placidez (alfombras, jarrones, cuadros, buena música, buenos libros), pero sobre todo simpatía y calidez. Cuando Manolo se marchó por otros senderos relacionados con la política (cuestión que entendí pero que no compartí), la Facultad ya  no fue la misma, y su casa dejó de ser el refugio donde todos nos encontrábamos, perdimos parte de nuestra identidad.
Nuestra relación de amistad proseguía los veranos en Ceuta, sobre todo en la playa de Calamocarro (o Calabocarro), a donde acudíamos con prontitud inglesa  cada jornada a las doce del mediodía, hasta las dos, más o menos. Era de vernos a las dos parejas, cuando no había más, con los ocho chiquillos armando el follón  propio de la chiquillería. Como las anécdotas de las que Manolo fue y será protagonísta son innumerables,  ahora se me viene a la frágil memoria aquella de la pérdida de la tesis de Juan Mata, que se le quedó enterrada en la arena de la playa, de la cual nunca supe su último destino, posiblemente haría eruditos a los pulpos de la roca.
Hablar del peso académico del profesor Abad en nuestro viejo casón del palacio del Cardenal Salazar es encarar la historia de la Facultad desde que fue Colegio Universitario dependiente de Sevilla hasta el presente. Tal ha sido su estrecha relación con el Centro, que creo no equivocarme al decir que fue la única persona en pernoctar en el edificio, me parece que en lo que hoy es el despacho del catedrático al que pusimos por apodo “La pantera rosa”, porque aparte de ser de tendencia feminoide caminaba siempre de lado, ¿o fue en uno de los despachos del patio de Historia del Arte, Manolo?.
Durante muchos años dirigió la unidad docente-investigadora de Literatura española, orientó y firmó muchas tesis doctorales de licenciados que hoy son catedráticos de universidad derramados por nuestra “piel de toro” (¿recuerdas la expresión de nuestro infinito y retórico Decano?), dirigió importantes eventos universitarios, dio lecciones auténticamente magistrales, con esa visión tan suya de unir literatura y artes plásticas; al fin y al cabo, todo es arte. En los últimos años no se prodigó por nuestras aulas, lo que lamentábamos, aunque algún encuentro fortuito y entrañable nos llevaba al mayor abrazo sincero y al diálogo sobre las esposas y los hijos. Su última clase (oficial) fue excepcional compendio de una vida consagrada al pensamiento y al conocimiento, con ese buen decir y con la simpatía ingeniosa que nos regalaba en cada ocasión. Fue un privilegio contar con su amistad y trato: dejó huella.
Estas torpes líneas, amigo Manolo, valgan como un canto a la vida, a tu vida a la mía, a la de los compañeros y amigos y, sobre todo, a lo mejor que tenemos, nuestras respectivas familias, que conseguimos hacerlas de mejor manera que nuestras rutas académicas oficiales. Si me hubieran permitido hablar en tu despedida, supongo, esto es lo que habría dicho, con el corazón encogido y las lágrimas en el rostro. Nos vemos.

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