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Manu I, el Rey del pueblo (andaluz)

El humorista nazareno deleitó al público con un monólogo cercano y brillante

¿Cómo sería nuestro país si lo reinara un humorista? Esta pregunta de base onírica, propia de personajes de fábulas animadas, acorde con las ideas de un loco o las ensoñaciones de un genio, o propicias en diálogos entre amigos que comparten unas birras, exigen respuestas proporcionales, es decir, respuestas de soñadores, de figuras de dibujitos, de majaras o de personas con dones divinos en aras de estructurar y consolidar un mensaje coherente, con independencia de que se sepa, tanto por parte del emisor como del receptor, la falacia que esconde, el truco de magia realizado adrede.
Un país y un Rey (en realidad, un humorista como monarca). Tal fue el atractivo del monólogo cómico que desplegó anoche en el Teatro Auditorio del Revellín Manu Sánchez, humorista nazareno que, durante 2 horas y 40 minutos, arrancó mil y una carcajadas a los espectadores que acudieron a verle y que, al término de la función, parecían haberse convertidos, precisamente, en súbditos: fieles y leales a una gran causa, la del Rey Manu I.
Fue un espectáculo memorable, y no sólo por el hecho, muy poco frecuente, de que el Teatro estuviera a reventar, sino, también, porque buena parte de los asuntos que el humorista fue tocando atañían de manera muy directa a cada uno de los presentes y eso cala y no desaparece de la mente: el primer amigo que entra a casa a jugar, el plato preferido, la primera brecha consecuencia de una travesura, las noches de farra de los fines de semana, la habitación no recogida, el papel de la madre en la familia. Manu I, el rey del pueblo, o sea.
La madre fue, desde luego, el hilo conductor que unió y dio sentido uniforme a un espectáculo perfectamente ejecutado por el humorista andaluz, brillante en las bromas, incansable, con tablas, ingenio y cercano siempre. Tal vez este último hecho, el de la complicidad con el público, puede ser, sin embargo el mayor escollo por salvar cuando actúe en, por ejemplo, San Sebastián, Pontevedra o Valladolid, puesto que el humor de Manu mana con enorme energía de la idiosincrasia y cultura de una parte específica de Andalucía y exhibe, por tanto, un sinfín de guiños, muletillas y expresiones acaso exclusivas de Dos Hermanas, Rochelambert o Triana, si bien las mismas tienen gran gancho, como anoche quedó comprobado, en lugares de cultura relativamente pareja, como Cádiz o, por qué no, Ceuta: “De Despeñaperros p'arriba, tó es Alemania”, que dijera el genio. Es ahí donde reside el reto del humorista, tarea que, no obstante y debido a su talento, a buen seguro que conseguirá superar, más allá de su trabajo en ‘La Sexta’. Porque el teatro es, curiosa coincidencia, la escalera que lleva directa al trono, ese mayestático lugar en el que hay reservado una corona al Rey Manu, el monarca del pueblo (andaluz).

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