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Maldad

El triunfo hegemónico y casi universal del denominado “pensamiento único” (también llamado neoliberalismo, aunque ambos son eufemismos que suavizan el término derecha, para esquivar el desprestigio histórico de una ideología intrínsecamente exterminadora de derechos y personas); está causando auténticos estragos en el modo de concebir la dimensión social del ser humano.

Más allá de los evidentes daños en las condiciones materiales de vida de una inmensa mayoría, fruto de una enloquecida espiral de desigualdad, la progresiva y corrosiva destrucción de principio de solidaridad está conduciendo a la sociedad hacia un abismo de inviabilidad. La solidaridad entre los seres humanos es un principio universal, si se trocea, o se clasifica, se transmuta en interés. Y los intereses se alimentan de egoísmo.
La bondad ha sido la clave de bóveda del progreso de la humanidad. Los avances registrados en todos los órdenes de la vida encuentran como hilo conductor el afán de hacer el bien. Sin embargo de manera sibilina, lenta e imperceptible, la maldad se ha ido instalando en la conciencia como un valor de referencia, no sólo aceptable sino protegible. La ideología que sostiene el capitalismo avanzado (en nuestro país, representada por PP y PSOE) ha ido transformando la escala de valores, agudizando el egoísmo, inculcando el miedo y fomentando la división. El resultado final es que ahora somos capaces de explicar y justificar las aberraciones más flagrantes sin el menor pudor. Quienes defienden la maldad ya no se esconden, es más, se exhiben como portadores de la modernidad y líderes de opinión. Hemos llegado a tal punto de desorden intelectual que el PP utiliza como insulto o descalificación el término “buenismo”. Se oye con mucha frecuencia. “Hay que abandonar el buenismo”, proclaman con insospechada ufanía. Ser bueno es sinónimo de idiota, iluso, extraño, extemporáneo o incoherente. Lo ideal es ser malo, defender los intereses propios “a muerte”, sin reparar en nada ni en nadie, como un fanático sin más limitación que el instinto depredador de cada individuo o colectivo.
Nuestra Ciudad es un claro exponente de esta funesta involución. No en vano llevamos demasiado tiempo sufriendo la férrea dictadura ideológica de la derecha. La solidaridad habita en el ostracismo. Dos hechos muy recientes se revelan como síntomas inequívocos de esta enfermedad.
Uno. Los ciudadanos sirios que acampaban desde hace seis meses en la Plaza de los Reyes, han dado por concluida su movilización porque, finalmente, el Gobierno ha claudicado y ha aceptado su justa reivindicación (que no es otra que el cumplimiento de la ley). Dejaremos a un lado el ridículo del Delegado del Gobierno intentando presentarlo como un triunfo de su firmeza. Lo que resulta llamativo es que todas las declaraciones y opiniones vertidas (políticos, periodistas y ciudadanos en general) hacen hincapié en que “hemos recuperado la Plaza”. Eso, al parecer, es lo importante. La situación de las personas (familias completas) que sufren desde hace años unas condiciones de vida tan indignas como injustas, se minimiza hasta la más absoluta irrelevancia. Ni la menor empatía ni compasión ante el padecimiento de nuestros congéneres. La alegría es que ya no tendremos que soportar la imagen de la pobreza inoportunamente incrustada en nuestro oasis de felicidad de egoístas privilegiados.
Dos. Hemos tenido conocimiento de la existencia de una escuela paralela, soportada por la vocación altruista de un grupo de personas admirables, y con la modesta financiación de una asociación catalana, que atiende a un grupo de cuarenta niños que viven en nuestra Ciudad, a los que se les niega la escolarización en la red pública. Se obstruye consciente y deliberadamente  el derecho a la educación, entro otros, a un niño de cinco años.
Todos, autoridades y opinión pública,  orgullosamente confabulados contra un niño de cinco años que ha cometido la terrible atrocidad de nacer unos metros más allá. No ven un ser humano zarandeado por el destino, que precisa afecto y comprensión (como todos), sino un estorbo del que hay que zafarse a cualquier precio. Justifican su maldad apelando a una interpretación torticera y deshumanizada de la norma, inspirada en el más cruel de los egoísmos. Lo peor es que no duele la conciencia. Quizá no la tengan.  
La única forma  de revertir esta diabólica dinámica es no abandonar ninguna causa justa por pequeña que sea, perdida que esté o incomodidad que ocasione. En la indiferencia y el abatimiento de las buenas personas es donde encuentra la maldad su caldo de cultivo más fértil. La revolución necesaria para volver a situar al ser humano en el epicentro de la política, empieza por escolarizar a un niño de cinco años.

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