Opinión

Un músico que olvidó su propia ley

Hoy no escribo como empresario, ni como un ciudadano más de esta ciudad que aguanta el viento y el olvido. Escribo desde el estómago, con la hulla y la amargura de quien ve cómo 46 años de trayectoria y de fe ciega se desploman en una sola noche de arrogancia.

Durante décadas, he seguido la pista de un hombre que juraba ser el último bastión del orgullo, un referente personal y musical que presumía de no venderse a las grandes corporaciones, de mantenerse fiel a una actitud.

Ayer, ese tipo llegaba a mi tierra. Se preveía un día grande, un acto íntimo, un reencuentro de verdadera sintonía entre un artista y los cuatro gatos que aún creemos en el directo con alma. El repertorio cumplió, las canciones sonaron, pero la música se apaga rápido cuando el pedestal es de barro.

Lo trágico no fue el show; lo triste vino cuando se apagaron los focos. La gente se quedó esperando el bis, ese gesto mínimo que hasta el músico más mediocre y arruinado de este país hace por pura deferencia hacia quien ha pagado una entrada. Pero no. No solo no hubo un gesto de despedida, sino que al intentar acercarnos a saludar, nos topamos con una muralla de matones de seguridad, un cordón sanitario para proteger el ego de alguien que decidió encerrarse a cal y canto.

Aguardamos. Esperamos a ver si a los cuatro imbéciles que aún creíamos en la leyenda nos caía una mansa migaja de respeto. Mientras tanto, de su zona de relax solo veíamos salir a asesores de consejeros, políticos de turno y niñatas influyentes. Pero lo que termina de partirte el alma, lo que de verdad da náuseas y te revuelve el juicio, es ver a un chaval de apenas 15 años plantado allí con un disco de vinilo bajo el brazo, esperando una firma. Un crío al que habría que darle las gracias de rodillas por saber quién eres hoy, un chaval que se ha gastado la paga de meses en el disco de alguien que la gente de su edad da por muerto y enterrado. Ver cómo le revientas la ilusión a un niño por pura prepotencia, por esa distancia cobarde y aristocrática, es vergonzoso. Veo que tu capacidad para la empatía es tan limitada como tu gratitud, aunque Alá sea misericordioso con los simples.

Hoy he enterrado un recuerdo hermoso. He tirado las casetes grabadas de la radio, el recuerdo del primer CD comprado en Madrid y cada lista de reproducción de Spotify que alguna vez puso banda sonora a mi vida. Hoy he borrado todo porque me he dado cuenta de que el personaje se tragó al hombre, y lo que queda es solo un cascarón lleno de traumas y vanidad.

Has terminado con la ilusión de varias generaciones en una sola noche. Qué pena me das. Te quedó demasiado grande el título de Rock & Roll Star.

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