Hay viajes que comienzan mucho antes de subir a un avión. A veces nacen simplemente del deseo de salir durante unos días de la rutina; otras, de una curiosidad que va creciendo a medida que uno empieza a leer, busca lugares en el mapa y acaba descubriendo historias que hasta entonces desconocía.
En mi caso había, además, una idea de partida: por mucho que se diga, se escriba o se discuta sobre un país, pocas cosas ayudan tanto a conocerlo como visitarlo.
Estados Unidos siempre me ha atraído y durante los últimos años he tenido ocasión de viajar allí varias veces. Intentar conocer un país de semejantes dimensiones presenta, sin embargo, una dificultad evidente. Las distancias son enormes y recorrerlo con cierto detenimiento requiere dos cosas que no siempre abundan al mismo tiempo: tiempo y dinero.
Por eso mis viajes se habían concentrado fundamentalmente en la costa Este: Boston, Nueva York, Washington… Desde allí también resulta posible acercarse a las cataratas del Niágara y asomarse a Canadá, un país con una naturaleza espectacular y una personalidad cultural propia. Bastantes años antes había realizado igualmente una escapada a Puerto Rico, otro lugar donde las historias española y estadounidense aparecen continuamente entrelazadas.
Esta vez, sin embargo, me apetecía mirar hacia el interior del país.
Así apareció St. Louis, Misuri.
Al principio no fueron el Gateway Arch, el béisbol ni la Ruta 66 los que despertaron mi curiosidad. Fue la historia. Y cuanto más leía, más sorprendente resultaba comprobar que para llegar al Mississippi había que pasar, de alguna manera, por Málaga y también por Ceuta.

Y esto último, para quien escribe estas líneas siendo melillense y considerando a Ceuta una ciudad hermana, añadía un interés especial a este viaje, real o imaginado.
Cuando pensamos en las relaciones entre España y Estados Unidos solemos mirar hacia la época contemporánea. Sin embargo, sus vínculos se remontan prácticamente al nacimiento de la nación norteamericana.
Incluso la actualidad política ofrece alguna muestra de una relación que nunca ha sido completamente sencilla. El 3 de marzo de 2026, en plena controversia con el Gobierno español, el presidente estadounidense Donald Trump afirmó que los españoles eran “great people”. El resto de aquella intervención entró directamente en el debate político y ha sido suficientemente comentado.
Para este recorrido interesa más mirar bastante más atrás.
Porque si retrocedemos hasta los orígenes de Estados Unidos aparece un episodio especialmente interesante y no siempre suficientemente conocido en España: la participación española en la Guerra de Independencia norteamericana.
Y aquí Málaga tiene bastante que contar.
Preparando este posible viaje comencé a releer algunos episodios relacionados con la ayuda española a los insurgentes norteamericanos y pronto apareció un dato llamativo: una parte de aquella historia tiene un marcado acento malagueño.
El primer nombre nos lleva a Málaga capital.
Luis de Unzaga y Amézaga nació allí en 1717. Militar y administrador colonial, fue gobernador de la Luisiana española antes que Bernardo de Gálvez y desempeñó un papel en los primeros contactos y ayudas a los revolucionarios norteamericanos.
En aquellos momentos España todavía no había entrado abiertamente en guerra contra Gran Bretaña. Sin embargo, a través de la Luisiana española circularon armas, pólvora, medicamentos y suministros destinados a quienes combatían contra los británicos.
El Mississippi no era únicamente un gran río. Era también una enorme vía de comunicación y abastecimiento, una especie de arteria estratégica por la que podían desplazarse hombres y mercancías a través de un territorio inmenso.
Después aparece otro punto del mapa malagueño: Macharaviaya.
Allí nació en 1746 Bernardo de Gálvez.
Su trayectoria es bastante más conocida. Como gobernador de Luisiana encabezó campañas militares contra posiciones británicas en lugares como Baton Rouge, Mobile y Pensacola. Sus operaciones obligaron a Gran Bretaña a combatir también en el sur y contribuyeron al esfuerzo que terminó favoreciendo la independencia estadounidense.
La dimensión que alcanzó su figura puede medirse con un dato especialmente significativo: en 2014 Estados Unidos le concedió, a título póstumo, la ciudadanía honoraria.
De esta forma, antes incluso de llegar a Misuri ya habían aparecido dos puntos muy concretos del mapa: Málaga capital, con Luis de Unzaga, y Macharaviaya, con Bernardo de Gálvez.
Dos lugares malagueños ligados, de maneras diferentes, al nacimiento de los Estados Unidos.
Aquí la historia adquirió para mí una dimensión más cercana.
Soy melillense y siempre he considerado a Ceuta una ciudad hermana. Compartimos muchas circunstancias geográficas e históricas y, precisamente por ello, resulta especialmente interesante encontrar a miles de kilómetros de distancia la huella de una persona nacida en la otra ciudad española del norte de África.
Fernando de Leyba Vizcaigaña nació en Ceuta el 24 de julio de 1734.

La Real Academia de la Historia lo identifica como militar y gobernador de la Alta Luisiana. Murió en San Luis, Misuri, el 28 de junio de 1780.
Entre ambos lugares —Ceuta y St. Louis— transcurre una vida que permite conectar dos puntos del mapa que, a primera vista, parecen no tener absolutamente nada que ver.
Leyba llegó a St. Louis en 1778 para hacerse cargo de la Alta Luisiana.
Y aquí hay que detenerse en un detalle que cambia por completo nuestra manera de mirar la ciudad.
La St. Louis que hoy conocemos no pertenecía entonces a Estados Unidos.
Formaba parte de la Luisiana española.
Dos años después, el 26 de mayo de 1780, ocurrió el episodio que convirtió a Leyba en una figura singular dentro de aquella guerra.
Una fuerza organizada bajo influencia británica atacó St. Louis.
Puede resultar extraño imaginar hoy una batalla de la independencia norteamericana tan lejos de Boston, Filadelfia o Nueva York, pero aquella guerra tuvo escenarios mucho más amplios de los que suelen aparecer en los relatos más conocidos.
Leyba había preparado las defensas del asentamiento y había ordenado construir el Fuerte San Carlos. La defensa quedó en manos de soldados españoles, milicianos locales y refuerzos llegados desde Sainte Genevieve.

En total fueron aproximadamente 300 hombres.
El ataque terminó siendo rechazado.
El National Park Service estadounidense considera aquella acción la batalla más occidental de la Guerra de Independencia de Estados Unidos y señala que su resultado contribuyó a impedir que Gran Bretaña lograra controlar el alto Mississippi.
Conviene no ir más lejos de lo que permiten los documentos. Presentar a Leyba como el hombre que por sí solo “salvó” la independencia estadounidense sería una simplificación excesiva. Su papel no necesita exageraciones: dirigió la defensa de una posición estratégica, frustró una operación británica y contribuyó a mantener una zona del Mississippi favorable a los intereses de quienes combatían contra Gran Bretaña.
Fernando de Leyba no es un desconocido en Ceuta ni una figura recuperada de repente en los últimos años.
Hace tiempo que investigadores, instituciones y divulgadores ceutíes trabajan sobre su figura y sobre la importancia de su trayectoria americana. La prensa local también ha desempeñado un papel importante a la hora de acercar su historia al público.
El Faro de Ceuta, por ejemplo, ha publicado en distintas ocasiones informaciones y trabajos relacionados con Leyba, sus orígenes, su actuación en Luisiana y los homenajes realizados en su memoria.
En marzo de 2019 tuvo lugar en el Castillo del Desnarigado uno de esos actos, con la colocación de una placa conmemorativa, una exposición y distintas actividades dedicadas a su trayectoria.
Los estudios y la divulgación sobre Leyba han continuado y su nombre da también título al Premio Fernando de Leyba de Periodismo, creado precisamente para contribuir a divulgar el legado histórico español en Estados Unidos.
Para alguien de Melilla esa historia tiene, inevitablemente, una cercanía especial.
Ceuta y Melilla son ciudades diferentes, con sus propias historias y peculiaridades, pero para mí existe también una relación de ciudad hermana. Por eso encontrar en el centro de Estados Unidos la historia de un militar nacido en Ceuta convierte este posible viaje en algo más que una simple visita turística.
Después de tanta historia llega una cuestión bastante más práctica: cómo llegar.
Viajar actualmente a Estados Unidos desde España resulta relativamente sencillo. Madrid dispone de numerosas conexiones directas con ciudades norteamericanas y Málaga cuenta también, de forma estacional, con vuelos transatlánticos.
St. Louis es diferente.
"Una historia que conecta Málaga, Ceuta y St. Louis a miles de kilómetros de distancia"
No existe un vuelo directo desde Málaga, de modo que alcanzar Misuri obliga a realizar al menos una escala. Una posibilidad razonable pasa por Frankfurt, desde donde existe conexión directa con St. Louis.
No es tan cómodo como volar a Nueva York o a alguna de las grandes ciudades estadounidenses mejor conectadas con España, pero quizá eso también forme parte del atractivo.
Porque desplazarse hacia Misuri supone abandonar en cierta medida las rutas más habituales del viajero español y acercarse a un Estados Unidos diferente.
Y, en este caso, con una historia inesperadamente próxima.
Una de las cosas que más llaman la atención cuando se prepara este viaje es comprobar dónde ocurrió aquella batalla.
No fue en un lugar remoto y apartado de la ciudad actual.
Fue en pleno centro de St. Louis.
El Fuerte San Carlos se encontraba aproximadamente en las proximidades de la actual intersección de Fourth Street y Walnut Street.
Y todavía hay un dato más llamativo. Durante el ataque, mujeres y niños buscaron refugio en un edificio situado cerca del lugar donde actualmente se levanta una de las patas del Gateway Arch.
La sorpresa aparece cuando uno superpone mentalmente los dos mapas.
El de 1780 y el actual.
Donde hoy caminan turistas, se hacen fotografías y comienza la visita al monumento más famoso de St. Louis, hace casi dos siglos y medio se estaba defendiendo una población de la Luisiana española.
Y al frente de aquella defensa estaba un hombre nacido en Ceuta.
Sobre aquel escenario histórico domina hoy el gran símbolo de St. Louis: el Gateway Arch.
La estructura alcanza 630 pies de altura, aproximadamente 192 metros, y tiene exactamente la misma anchura entre sus extremos.
Para llegar hasta la parte superior se utiliza un singular sistema de pequeñas cápsulas diseñadas específicamente para recorrer la curvatura interior del monumento. En cada una de sus patas existen además 1.076 escalones, aunque están destinados únicamente a mantenimiento y situaciones de emergencia.
El monumento tiene incluso su propia leyenda urbana.
Desde hace años circula entre algunos habitantes de St. Louis la idea del llamado Arch Effect: la supuesta capacidad del arco para alterar o desviar las tormentas que se aproximan a la ciudad.
La meteorología, sin embargo, es bastante menos romántica.
Una tormenta severa alcanza alturas de decenas de miles de pies, de modo que una estructura de 630 pies carece de capacidad física para modificar su trayectoria.
Eso no ha impedido que la historia siga circulando.
Y quizá esas pequeñas leyendas locales sean también una buena forma de conocer una ciudad. Los lugares no están hechos únicamente de monumentos y fechas; también de las cosas que sus habitantes cuentan sobre ellos.
La gastronomía proporciona otra comparación interesante.
St. Louis mantiene una notable tradición de fish fries, especialmente durante los viernes de Cuaresma. En Misuri son habituales especies de agua dulce como el catfish —pez gato—, el crappie, el bluegill o el walleye, varias de ellas muy apreciadas para freír.
Para quienes venimos de Málaga, Ceuta o Melilla, hablar de pescado frito despierta inmediatamente otras referencias.
Caballas, sardinas, boquerones, acedías, calamares o chocos forman parte de una tradición gastronómica ligada al Mediterráneo y al Atlántico.
En Misuri el escenario es completamente distinto, pero allí también les gusta freír el pescado.
Solo que la semejanza acaba prácticamente en la sartén.
El catfish es pescado de agua dulce, los rebozados pueden incorporar harina de maíz y tanto las texturas como los sabores son muy distintos de los de una fritura malagueña o del pescado que encontramos en Ceuta y Melilla.
No se trata, por tanto, de buscar equivalencias imposibles.
Sí existe algo común: la consideración del pescado frito como una comida popular, sencilla, ligada al territorio y a una determinada manera de reunirse alrededor de una mesa. En ese sentido, un fried catfish de Misuri y nuestro pescado frito pueden ocupar espacios culturales parecidos, aunque gastronómicamente pertenezcan a mundos bastante diferentes.
Quizá ahí esté una de las grandes razones para viajar.
Salimos de casa pensando que vamos a descubrir lugares lejanos y, de repente, al otro lado del océano aparecen nombres, historias y recuerdos que nos resultan sorprendentemente cercanos.
St. Louis está a miles de kilómetros del Mediterráneo. Su paisaje lo marca el Mississippi y no el Estrecho. Su pescado procede de grandes ríos y no de nuestras costas. Y sobre su horizonte se levanta un enorme arco de acero que durante décadas ha simbolizado la puerta hacia el Oeste americano.
Pero basta escarbar un poco en su historia para que las distancias empiecen a reducirse.






