Hace algunos años, aunque no demasiados, cuando vivíamos aquella dorada época de las vacas gordas y casi todos los actos literarios que teníamos en Granada terminaban con la clásica invitación del organismo que había promovido el acto –Ayuntamiento, Diputación, Universidad, Academia, Asociación de la Prensa, Centro Artístico, etc.-, los asistentes disfrutábamos siempre de la consabida asistencia de una mujer que nadie sabía cómo se llamaba, pero que todos la conocíamos por Madame Canapé. Pequeña, rechoncha, de rostro en forma de luna llena, ojos pequeños, mandíbulas potentes y muelas recias y siempre dispuestas a cumplir su cometido, se había hecho famosa por su asiduidad y su enorme capacidad para comer y beber. Unas veces llegaba sola y otras acompañada de una o dos comadres parecidas a ella, todas con el abanico en una mano y el bolso en la otra, y gran profusión de collares, pulseras y otros ornatos femeninos. Siempre ocurría que sobre la mesa o bandeja a la que ellas se acercaban era lo mismo que cuando caía la langosta sobre un campo de cultivo: a los cinco minutos no quedaba nada comestible al alcance de la mano. Entre lo que iban ingiriendo y lo que, con el disimulo del abanico introducían con la mano libre en los bolsos, no quedaba nada, absolutamente nada.
Madame Canapé, al igual que sus dos amigas, tenía un sexto sentido que les hacía adivinar cuando había invitación al final del acto, así como el mejor momento de llegar y actuar. Este sexto sentido era el que impedía ver a ninguna de ellas en lo que podríamos llamar actos secos y en los actos que no eran secos también era imposible verlas al comienzo. Su momento de aparición siempre coincidía con el inicio de los aplausos. Era la señal inequívoca de que la conferencia, recital o discurso había terminado y muy pronto iba a comenzar la invitación. “Ya están ahí las tres Marías”, solían decir por bajines cuantos las conocían. En las exposiciones de pintura, aunque no había la señal de los aplausos, la intuición de Madame Canapé y sus amigas hacía que jamás fallaran el golpe y siempre aparecieran justo en el momento en que comenzaban a servir cervezas, vinos y tapas.
Tanto Madame Canapé como sus amigas eran objeto de comentarios más o menos irónicos y sarcásticos y alguna vez ocurrió que el gracioso de turno se acercó a ellas haciéndoles preguntas sobre literatura o arte que, huelga añadirlo, no tenían otra finalidad que ponerlas en ridículo; pero, tanto Madame Canapé como sus amigas, tenían unos escudos infalibles que les permitían salir relativamente airosas de todos los trances. Si les hablaban de poesía sacaban a relucir a Federico, si el tema era pintura recordaban a los grandes maestros de la escuela granadina –López Mezquita, Rodríguez Acosta y Morcillo- y, si se trataba de arquitectura, las palabras salvadoras eran Alhambra y Generalife. Las malas lenguas contaban que, en cierta ocasión que Madame Canapé sacó a relucir su palabra salvadora en el tema de poesía, Federico, uno de sus interlocutores le preguntó a qué Federico se refería, pues había varias personas con ese nombre famosas. Madame Canapé, sin darse cuenta del berenjenal en el que se estaba metiendo, respondió que se refería al Federico poeta, el que se llevó a una mozuela al río.
-¿Está usted segura?
-Sí, lo dice él en un poema: “Y que yo me la llevé al río, creyendo que era mozuela, pero tenía marido”
-Entonces –le respondió su interlocutor- seguro que se refiere al ministro Federico Trillo, (en esos años era ministro Federico Trillo) porque el otro Federico no creo que se llevara a ninguna moza al río, a algún mozo sí es posible”.
La carcajada fue unánime. Madame Canapé se quedó con el vaso de cerveza en una mano y en la otra el abanico, sin saber qué decir. Sus conocimientos literarios no daban para más. Y es que lo suyo no era dialogar, sino ingerir. Era una persona que parecía nacida para comer y beber. Todo lo demás le resultaba inútil e innecesario. Incluso había quien aseguraba que pensaba con el estómago.
Todo se lo ha llevado la crisis. Cesaron las invitaciones al final de los actos culturales, cesaron las visitas de Madame Canapé y sus amigas a conferencias y recitales, cesaron los chistes y chascarrillos a la salud y gloria de las tres mujeres. Alguien me dijo que, ante la escasez de invitaciones en los actos literarios, las tres mujeres se habían especializado en bodas y no había casorio en Granada en el que no estuvieran presentes. Parece que el truco les marcha a maravilla. El novio debe pensar que son las titas lejanas de la novia; la novia que son las parientes del novio que llegaron del pueblo y que todavía, a pesar de los años transcurridos, conservan las hambrunas de la posguerra. Mientras unos y otros se afanan en aclarar quiénes son y por qué están allí, ellas, instaladas junto a la mesa que ven mejor repleta, comen beben más que Sancho Panza comió y bebió en la boda de Camacho. Al día siguiente repiten la aventura y al siguiente la vuelven a repetir. Así mientras el cuerpo aguante…
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