Opinión

Las urgencias del amor

No hay en los hospitales una UCI para los infartos de amor y los ictus producidos por exceso de melancolía. No hay ambulancias para socorrer el intenso dolor del abandono. No hay habitaciones para las heridas de muerte de Cupido ni desfibriladores para infartos del alma.

Cuando te reflejas en la soledad del espejo intentas descubrirte en tus labios, en los ojos sin mirada, en las lagrimas secas, en las manos que acarician la imagen de tus manos.

Salí a la calle, lo encontré en una aplicación en la que se venden pasiones enlatadas, placeres pasajeros y encuentros ciegos con personas ciegas.

No me importaba, necesitaba el aire, una voz, unos oídos, alguien que no fuera una inteligencia artificial, una mentira dispensadora de humo, unas palabras programadas.

Allí estaba Mario, así me dijo que se llamaba aunque cualquier nombre me hubiera servido para afrontar las inclemencias de una tormenta de verano que se desborda en los ríos secos de mis venas.

Nos miramos, sonreímos en un gesto de cortesía en ese instante en el que has imaginado todos los marios del mundo.

Buscamos cualquier cafetería para tomar cualquier cosa en cualquier sitio y, mientras tanto, charlamos compulsivamente por miedo a que el silencio nos alcanzara y se hiciera con la victoria de las intermitencias de la muerte.

Mario había estudiado Psicología, cocina y empresariales; una amalgama de saberes difíciles de maridar. Yo soy profesor de Filosofía, un anciano joven de 60 años al borde de la jubilación.

“Hablamos de los besos perdidos, de las caricias difuminadas, de los proyectos que compartimos esfumados como el agua del mar entre las manos”

Entablamos una partida de ajedrez en un tablero improvisado. Estudiábamos el movimiento de cada peón, las rectas de la torre, los saltos del caballo. Sabíamos que el rey estaba destronado pero la estrategia era que la partida siguiera desde la derrota.

Hablamos de los besos perdidos, de las caricias difuminadas, de los proyectos que compartimos esfumados como el agua del mar entre las manos.

Decidimos emborracharnos bebiendo el néctar de la ironía, tragándonos lingotazos de carcajadas para conseguir la ebriedad de la risa. Escuchábamos las sirenas de las ambulancias que no lograban encontrarnos.

Mario me habló de su hijo, de su divorcio, de los 11 años enterrados con un hombre que se tragó la tierra. Yo nunca había comenzado nada, los amores platónicos se acostaban a mi lado vestidos de fantasía; pero la cama siempre estaba vacía, Platón te merodea las madrugadas infames del insomnio.

Y allí espere a que mi café no se acabara nunca, que las horas no le pesaran a Mario, que Platón se fuera por tabaco y se convirtiera en una estatua de nicotina.

Sonó el teléfono, mi madre estaba muy delicada y tenía que volver a casa.

Quedamos en otra cita sin fecha y empeñamos un abrazo con la esperanza de recuperarlo.

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