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Lunes, 19: coyuntura (casi) de plata para clarificar conceptualmente la diplomacia contenciosa española

(Y no de oro porque en el refranero comparativo mientras que, como elocuentes ejemplos, otros desean “buena suerte” nosotros nos limitamos a “suerte” y en lo referente al título del artículo, los franceses ofrecen al enemigo que huye puente “de oro” y nosotros lo rebajamos a “de plata”).

Este próximo lunes, 19, hablarán, entre otros temas, el presidente del gobierno y el líder de la oposición, de nuestra política exterior. Y aunque ya ha quedado, nunca recluida, pero sí en su lugar en la historia, el apotegma de Ranke formulado en el XIX, de que “sin política exterior no hay política alguna”, que he utilizado en más de una ocasión, siguen en vigor, no sé hasta qué punto plenamente, dos máximas mías, que conforman la diarquía operativa del accionar exterior de España.

Una reza que, A pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España a veces da la impresión de tener más dificultades que otros países similares no ya para gestionar el interés nacional sino hasta para localizarlo e incluso para identificarlo. Y la otra, Hasta que España no resuelva o al menos encauce debidamente su en verdad harto complicado expediente de controversias territoriales, no podrá volver a ocupar en el concierto de las naciones, el lugar que correspondería a la que fue primera potencia planetaria y cofundadora del derecho internacional al más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes.

Pues bien, Feijóo -y luego en línea similar a sustanciales efectos electorales, Santiago Abascal- tiene la oportunidad de presionar a Sánchez en mi reconocida especialidad, donde se recordará que se ha pedido hasta públicamente y desde más de una instancia cualificada, que se me ponga al frente o se me integre en una oficina ad hoc, dado el déficit diplomático que presentan en la globalidad.

En el Sáhara Occidental, que diga de una vez lo que se le ha venido preguntando desde distintos sectores: por qué no informó previamente ni a posteriori a nadie de su cambio de posición, lo que no encaja con la diplomacia secreta.


Sobre Gibraltar, por qué no muta de política hacia la ortodoxia, ya que así no se sigue el iter hacia la llave que pende en la puerta del castillo del pendón gibraltareño, esto es, la soberanía. (El impostergable desarrollo del Campo es otra cuestión, perfectamente factible y obligada para un país del nivel del nuestro)

En Melilla (y Ceuta) que Feijóo reafirme su acertado compromiso de “abrir una carpeta”, ante lo que yo vengo denominando, con la indicada ponderación, “la hipostenia de la posición hispánica”.

Hasta aquí, los tres grandes contenciosos, lo que constituiría un buen principio. Y si quisiera añadir, aunque en esta fase resulta, salvo las islas Salvajes, menos imperativo, los tres diferendos. Es más; reactivar Perejil, corregirlo, podría calificarse de inoportuno, pero ante un Marruecos, que nunca va a renunciar a su imprescriptible reivindicación sobre nuestras posesiones, y cuyo contencioso en horizontes tal vez no contemplables todavía, quizá se solventara -supone otra modalidad incluible en el Estatuto de Territorios No Autónomos- sobre la voluntad de sus habitantes, base de cualquier derecho internacional que se postule moderno, significaría un precedente a esgrimir en la dialéctica.

Las Salvajes, porque implican la muy importante delimitación de aguas, ya que además de las propias, tocan las Canarias y las saharauis, con todo lo que conllevan, amén de las mediterráneas.

En Perejil, no se debió de aceptar la vuelta al statu quo ante, imputable al PP, como la mega reconquista, y García Flórez, el primero que alertó sobre el riesgo potencial de que no se ejercieran actos de soberanía. sostiene que España cuenta con argumentos para defenderlo ante el TIJ, y que yo, que propugno en principio con el vecino del sur la diplomacia regia antes que mediaciones ajenas, enuncio así: en mi opinión, España tiene un mejor, no un único, pero sí un mejor derecho.

Y en Olivenza, cuestión incómoda, porque con Portugal como con Iberoamérica -vayamos aquí al lobby iberoamericano ante Naciones Unidas- tema fascinante y top, que ya he sugerido con anterioridad, nuestras relaciones tienen que ser las mejores, donde Olivenza, asunto no jurídico por indiscutible en esos términos a favor de España, pero al que el Convenio de Viena endosó la cláusula de “justicia para Portugal”, se inscribe en las relaciones de (buena) vecindad y yo he propuesto, cierto que muy sotto voce, un referéndum, que según están las cosas parece que sería favorable a nuestros colores.

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