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Luces y sombras en la tierra de la libertad que hoy escenifica la polarización social

A día de hoy, Estados Unidos no es objetivamente la nación más fragmentada del planeta, pero franquea una de las cotas de polarización interna más inexorables de su historia moderna. Y es que en el Semiquincentenario de los Estados Unidos de América, también llamado Bisesquicentenario, Sestercentenario, America250 o Cuarto de Milenio, conmemoró el 250º Aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, valga la redundancia, donde el país norteamericano enfrenta fracturas ideológicas, políticas y demográficas profundas.

Entre los síntomas principales de esta dicotomía se adentran la polarización política externa, el desplome del orgullo nacional y como no podía ser de otra manera, los componentes ideológicos.

A grosso modo, la sociedad americana se encuentra fragmentada entre las bases demócratas y republicanas. A ello hay que añadir que las últimas encuestas realizadas destapan un minúsculo margen de integración, solidaridad y sentido de pertenencia ciudadana, donde únicamente el 33% de los norteamericanos se siente orgulloso de su país y escasamente el 21% está satisfecho con la tendencia imperante. Asimismo, las variables intervinientes son incontestables en temas como las libertades, los derechos civiles, la economía y la inmigración. Aunque me estoy refiriendo a un país contrastado por la coexistencia y variedad de expresiones humanas y el pluralismo, la situación de disputa constante bipartidista ha calado de lleno en la subsistencia de sus ciudadanos. No obstante, concurren numerosos actores a nivel global que afrontan señales de quiebra institucional, étnica o bélica mucho más punzante.

Como quiera que sea, la peculiaridad de Estados Unidos ha gravitado desde su génesis en un paradigma acostumbrado entre los Estados modernos.

En otras palabras: la pertenencia al país no se concretaba por una identificación étnica, religiosa o cultural compartida, sino por el apego a unos principios políticos tradicionales. Esa particularidad benefició la composición de continuos flujos migratorios, pero igualmente forzó a redelinear de manera persistente quién formaba parte de esa estrategia de desarrollo nacional y cómo debían descifrarse nociones puntuales como la libertad, la igualdad o la ciudadanía.

“La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” es una máxima trazada en el Acta de Independencia por Thomas Jefferson (1743-1826), tercer presidente de los Estados Unidos, diseñando los valores vislumbrados y evocados por los padres fundadores de Estados Unidos para el devenir de la nación.

Cuando el país rememora dos siglos y medio después este acontecimiento, ese forcejeo dialéctico por medio del debate ha reivindicado todo su arrebato. O si acaso, su furor en cotas inconcebibles. Y como he señalado inicialmente, en un entorno de fuerte polarización política y progresivo enfrentamiento sobre el sentido de identidad nacional, la argumentación ya no es sólo si Estados Unidos ha dado la talla con los ideales proclamados en 1776, sino si continúa preexistiendo un consenso suficiente para no apartarlos del horizonte.

El vigor y la tenacidad de una democracia pende en buena medida, de que sus ciudadanos correspondan y coincidan en un marco común sobre el alcance del Estado y de sus organismos, incluso cuando divergen sobre políticas específicas. Entre tanto, numerosos ciudadanos ponen en tela de juicio que la voluntad de quienes instituyeron el país se lleve a término en plenitud. Esa decadencia se evidencia tanto en el debate político como en la visión social.

De hecho, Donald Trump (1946-80 años) se muestra para numerosos analistas como la figura más destacada o el referente de una mutación, en la que se contradicen consensos que durante décadas parecían respaldados, desde la convicción y seguridad en las instituciones y los procesos electorales, hasta el plan de acción internacional de Washington.

“En los tiempos que corren con absoluto escepticismo, el texto constitucional americano es menos un punto de encuentro y más una artimaña retórica”

El ensanchamiento de las redes sociales y la descomposición del ecosistema informativo han fomentado esa dinámica, auspiciando la efectividad de relatos cada vez más distantes entre sí.

En atención a una encuesta del acreditado centro de investigación de opinión pública Marit Poll, el 83% de los norteamericanos piensa que el país se ha alejado de los principios fundacionales declarados hace doscientos cincuenta años: el 47% entiende que lo ha hecho de manera representativa; el 36% considera que se ha apartado de alguna manera y a secas, el 16% mantiene que esos ideales prosiguen personificando, en gran medida, la realidad de la nación.

Además, en una encuesta de Reuter Ipsos, uno de cada cinco americanos dice que no celebra el Día de la Independencia, englobando una cuarta parte de los demócratas y el 8% de los republicanos.

Al mismo tiempo, dos de cada cinco no opinan que el país subsista otros doscientos cincuenta años. Pese a ello, algunos desean conmemorarlo sin tintes políticos. O séase, evocando el memorándum de los hombres que en su día determinaron que trece colonias americanas ya no debían ser parte exclusiva de la monarquía británica.

Con estas connotaciones preliminares, lo que en otros tiempos habría valido para tonificar y aumentar el sentimiento de unidad nacional americano, se ha erigido en un área de disputa sobre la verdadera transcendencia y reflexión de la historia, la identidad norteamericana y las instituciones.

La segunda Administración de Trump ha estado repleta de afiladas críticas a sus objetantes demócratas y al movimiento social autoproclamado ‘No Kings’, constituido para controvertir su Gobierno. Es así, como la autoridad suprema se ha situado en el foco de las festividades. En 2025, la Casa Blanca fundó Freedom 250, una asociación público y privada para regular los actos recordatorios de la independencia.

Para muchos, este aniversario no se concibe como una conmemoración de Estados Unidos, sino más bien un apoteosis de Trump.

En paralelo, una investigación materializada por el periódico ‘The New York Times’ que implementa una media de los principales sondeos de aceptación del cargo de Trump, muestra que la gestión del gobernante condensa un 58% de rechazo, por el 39% de conformidad.

Otro análisis de ‘The Economist’, aunque se la considera una revista, se autodenomina periódico, indica que los principales polos de divergencia ciudadana con el Gobierno republicano residen en el mercado laboral, los precios y la inflación. Si bien, la población de color americana es la comunidad étnica con más énfasis hacia la Administración Trump.

Cuando seguidores del ala más extremista del trumpismo asaltaron el Capitolio (6/I/2021), fue un momento que marcó un antes y un después para la democracia de la nación y un emblema del compromiso del Jefe de Estado con los organismos erigidos sobre la Constitución. Sin lugar a dudas, el no admitir los datos validados imprimió un momento crucial, porque era la primera vez que sucedió algo así en la historia de los Estados Unidos. El quebranto de confianza también se esparce fuera de las fronteras de Estados Unidos. Dicho de otro modo: durante décadas, socios y contendientes admitían que las conclusiones de un presidente podían ser rectificadas por la firmeza de las instituciones. O que confería equilibrio a la política exterior norteamericana, incluso en instantes de intensa polémica.

Esa ecuanimidad ha disminuido y para muchos gobiernos el rompecabezas de este puzle ya no es únicamente quién habita la Casa Blanca, sino que el país está alterando de manera incesante las primacías que han determinado su representación internacional desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945). La incongruencia es que esta disputa concuerda con una coyuntura en el que Estados Unidos defiende un enfoque arbitrario en los principales recintos del poder global. Su influencia y visión económica, como la magnitud tecnológica y supremacía militar, lo aguantan como la principal potencia del mundo.

Con todo, la tormenta interna se concentra cada vez menos en los recursos de los que se apresta y cada vez más en el automatismo que debe causar de ellos, destello de la ausencia de unanimidad sobre la importancia de su acción y de sus compromisos en la palestra internacional.

Este aniversario ha acabado transformándose en un eco de esa fisura política real. Allende de esgrimirse como una extensión de consagración nacional, los actos recordatorios están flanqueados por forcejeos sobre la referencia histórica, los símbolos y valores que encarnan al Estado. El desacuerdo confirma que la desmembración no se deslinda al presente, sino que atrapa a la exégesis del pasado y al sentido mismo de la aspiración americana.

Es sabido que la etapa en el poder de Trump se ha distinguido continuamente conducida por la polémica. Se trata de un presidente cuyos contundentes saltos de postura en disposiciones que atañen tanto a la esfera legislativa y política, entorpecen con relación a sus predecesores, no solo republicanos, sino igualmente demócratas.

La raíz de la presidencia de Trump constó en su nombramiento dentro del partido republicano para las Elecciones Presidenciales de 2016. Ya ese verano, cuando su visión electiva tomaba forma y se apreciaban expectativas de triunfo, varios entendidos en la materia se plantearon si ciertamente lo habrían ensoberbecido.

El caso es que en conclusión se le designó entre diecisiete aspirantes, algunos de la talla de Jeb Bush (1953-73 años), exgobernador de Florida, hijo y hermano de los expresidentes George W. Bush padre (1924-2018) y George W. Bush hijo (1946-80 años). Además, figuraba en esa lista el candidato del establishment republicano, el senador Ted Cruz (1970-55 años), que para muchos integrantes del partido, era la esperanza conservadora al estilo más puramente clásico.

Los emblemas de la campaña de Trump ‘Volvamos a hacer grande a América’ y ‘América primero’, sedujeron con esa concepción nacionalista y proteccionista de la clase media blanca, protestante y tradicional de los Estados Unidos.

Esta comunidad de población se había notado postergada por otros afincados de las grandes metrópolis y de andadura demócrata, que predominaron no solo los ocho años de gestión de Barack Obama (1961-64 años), sino durante décadas en el Congreso e incluso dentro del partido republicano con medidas que muchos entendían poco conservadoras.

Conseguido el triunfo frente a Hillary Clinton (1947-78 años) con la supeditada convulsión nacional, gracias al sistema de colegio electoral por el que Trump logró más electores que votos populares, el nuevo presidente llegó al cargo en 2017. De antemano, todo indicaba a un extensión de Gobierno unitario, pero todo fue lo contrario.

Pese a la superioridad republicana en la Presidencia y el Congreso, sus compañeros de partido no estaban por la labor que realizase con total libertad sus proposiciones de campaña, ni que aplicara sus ambiciones de reforma como la insaciable agenda legislativa. Pero Trump, valiéndose sobre todo de decretos ejecutivos, puso en escena su contienda particular contra la inmigración y la reglamentación masiva de extranjeros en situación clandestina. Su obcecación con la edificación de un muro de separación en los límites fronterizos con México o la inspección transfronteriza, se convirtieron en el caballo de batalla.

En este sentido, colisionó con notorios senadores de su partido, como John McCain (1936-2018), todo un modelo del partido republicano, lo que no le imposibilitó a Trump impugnar su veteranía y fuerza como excombatiente.

Este caldo de cultivo en plena efervescencia inyectó la discordia. Hasta el punto, de aumentar en los primeros compases de la presidencia de Trump. Pero hasta las Elecciones Legislativas no se originó una polarización partidista más implacable. La ventaja demócrata en la Cámara de Representantes y el afán de las siguientes Elecciones Presidenciales determinaron este segundo período de su Gobierno.

Los demócratas hicieron lo posible por invertir algunas de sus medidas con la frontal barrera del mandatario. De este modo, resultó la brecha de polarización y me atrevo a sostener, en ningún tiempo distinguida en Estados Unidos.

Trump, con su elocuencia populista, avivaba a la multitud conservadora y más nacionalista en las cercanías de su proceso electoral más significativo: su potencial reelección. Pero la crisis epidemiológica y el posterior escollo económico causaron un giro en las encuestas y ello causó que el presidente se sintiera intranquilo. Tal es así, de poner en entredicho el voto por correo y el sistema electoral. Y con ello, el retrato resplandeciente de la democracia americana, ahora ennegrecido.

En un abrir y cerrar de ojos, el presidente ponía en tela de juicio los resultados y subsiguientemente, no llegó a admitir jamás su fracaso.

Todo ello derivó en fuertes altercados y el asalto al Capitolio, baluarte la soberanía popular y uno de los recintos sagrados de la democracia estadounidense. Con lo cual, la presidencia de Trump ha quedado rotulada para la historia por estas vicisitudes inconcebibles y su nota posterior: en él incitó a sus incondicionales a no bajar la guardia y delante de la Casa Blanca electrizó al gentío con sus suposiciones sobre la estafa electoral.

Ahora, tras el fiasco del asalto y una vez que el nuevo presidente, Joe Biden (1942-83 años), había tomado posesión del cargo, Trump hubo de enfrentarse a un segundo proceso de impeachment, histórico por lo estrambótico en un presidente de los Estados Unidos. Luego, la presidencia de Trump ha contribuido en la polarización de la nación y el encasillamiento entre las dos fuerzas políticas principales.

No ha de soslayarse que esta segmentación se viene generando desde bastante tiempo atrás. Su comienzo podría encajarse en la creación del Tea Party y en la presidencia de Obama. Y no solo ha sucedido entre ambos partidos, sino también dentro de ellos. Así, en la posición demócrata, el choque entre los flancos progresista y centrista, han presionado en demasía al partido, aunque los centristas se impusieron con la presidencia de Biden. Amén, que el ala progresista persigue disputar el poder y ostenta el control en el partido.

Por otra parte, el partido republicano ha visto renacer tras el revés de Trump y con ello la batalla entre centristas o conservadores tradicionales y el lado más conservador nacional populista, a la que encarnaba el trumpismo. Todo ello se ha reasentado en la sociedad norteamericana para que en este momento se encuentre más dividida. Sus políticas con relación a la inmigración, las minorías étnicas, los derechos y libertades o el sistema de separación de poderes, han instigado a más no poder en esa disección.

En consecuencia, hace dos siglos y medio, un pasaje salido en Estados Unidos modeló la democracia global. Su resonancia impactó en Latinoamérica y en la actualidad, entre la división en dos extremos y la apelación de las clases populares frente a las élites, evoca que ninguna Carta Magna escuda la libertad sin una ciudadanía fiel a sus principios. La obra de Estados Unidos como potencia mundial estuvo grabada por un ensanchamiento territorial sin precedentes. Y en menos de una centuria, transitó de Trece Colonias a supervisar una superficie esparcida del Atlántico al Pacífico que transfiguraron enteramente la cartografía de Norteamérica.

“La polarización política, junto a la desinformación digital y las interrogantes a la credibilidad electoral, desafían a más no poder el legado de Filadelfia”

Siglos más tarde, muchos de los pensamientos, concepciones e impresiones que escoltaron aquella causa, desde la Doctrina Monroe hasta el mesianismo imperial, supremacismo moral y el Destino Manifiesto norteamericano, prosiguen ejerciendo en la política exterior de Washington y retornan en los debates sobre el rol que debe librar Estados Unidos en un universo poliédrico.

Aquel 17/IX/1787, aquellas personas redactaron un texto que ha resistido a conflictos bélicos, crisis económicas, fricciones raciales y transiciones sociales. La Constitución de los Estados Unidos completó otro cumpleaños y con ella se argumenta la validez de un ideal democrático que estampó a fuego lento el progreso político de Occidente.

Lo más valiosa de esta Constitución no es solo su prolongación en años, sino su adaptabilidad y resiliencia. En sus veintisiete enmiendas se halla la historia de un país: la derogación de la esclavitud, los derechos civiles, el voto femenino o el límite al poder presidencial. Este pasaje ha sido testigo de un sinfín de forcejeos entre quienes pretenden alimentar el statu quo y trabajan por agrandarlo.

Indiscutiblemente, esta rigidez entre secuencia y variación constitucional, es crucial para su consistencia.

La relevancia de Filadelfia se hizo oír con pujanza en cualesquiera de los rincones de América Latina. Para la flor y nata criolla que encabezaba la independencia, la Constitución americana era un modelo atrayente: un contenido conciso, funcional y equidistante en principios como el federalismo, la separación de poderes y la salvaguardia de los derechos individuales. Toda vez, que la trasposición fue parcial. Las repúblicas latinoamericanas pretendieron propagar la instituciones norteamericanas en múltiples escenarios: sociedades discordantes, economías supeditadas y el lastre del caudillismo que colisionaba con la noción de cordura asociativa. Aun así, el soplo era indiscutible: el presidencialismo tomó carácter oteando a Washington, aunque en muchas ocasiones sin los ajustes convenientes que coartaban al presidente de EE.UU.

En este momento, el aniversario de la Constitución estadounidense empuja a no perder de vista el presente con reservas. En estados Unidos, la polarización, la desinformación digital y las interrogantes a la credibilidad electoral desafían el legado de Filadelfia. Sin ir más lejos, en Latinoamérica la democracia franquea un período quebradizo: gobiernos enfocados en el liderazgo fuerte y personalista, inclinaciones dictatoriales o totalitarias e ideales que denotan una ruptura política, ideológica o de valores que litigan el engranaje institucional.

De lo que no cabe discusión alguna es que la Constitución norteamericana dejó un rastro imborrable: ilustró que el poder ha de estar limitado y que la democracia demanda un marco jurídico firme. Al igual que expuso que ningún manual, por flamante que ésta sea, autentica la libertad si no consta una ciudadanía proyectada a respaldarla. La Constitución de Estados Unidos es el faro y advertencia: un mentor de resiliencia institucional que, a su vez, es una estela de que la democracia es siempre una bastimento inacabable.

Uno de los mayores retos que afronta la Constitución es su inflexibilidad de cara a una sociedad inestable. Su perfil sucinto que en el siglo XVIII era integridad, parece que hoy entorpece respuestas diligentes a hechos como el salto de tecnologías analógicas y mecánicas hacia sistemas digitales y automatizados, o las transformaciones sociales, psicológicas y comunicativas derivadas del uso de plataformas digitales en la democracia, o el menester de regular otras fórmulas de economía y trabajo.

Otro desafío convive en lo que en reiteradas ocasiones he mencionado en esta disertación: la polarización política. La comprensión de la Constitución se ha convertido en un teatro de operaciones entre enfoques ideológicos incompatibles: desde el derecho al aborto hasta la trascendencia de la Segunda Enmienda sobre las armas de fuego y los tribunales, particularmente, la Corte Suprema, se ven prendidos en disensiones que enconan la legalidad del sistema.

En este entresijo irresoluto, el texto constitucional americano es menos un punto de encuentro y más una artimaña retórica.

Finalmente, la progresiva susceptibilidad ciudadana hacia las instituciones, objeta la capacidad de la Constitución para apuntalar la unidad nacional. Las Elecciones Presidenciales de 2020 y los hechos acaecidos en el Capitolio, exhibieron a todas luces que en la democracia más vieja del continente, la tolerancia de las normas principales no queda asegurada: la Constitución puede establecer límites, pero sin un consenso mínimo sobre la eficacia de esas medidas, su ímpeto y dinamismo simbólico se aventuran a deteriorarse.

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