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Los niños y niñas que vienen del frío (Ucrania)

La primera vez que tuve contacto con estos niños y niñas, esa es la impresión que me dieron, que venían del frío. Blancos, de una palidez extrema; por lo general rubios, muy rubios y con una mirada profunda, heladora. Pero bajo esa frágil apariencia, niños robustos, curtidos, ganadores en mil batallas de la vida, supervivientes a su pesar. Cada uno encierra una historia, a buen seguro digna de un extenso relato, pero cuando llegan a nuestra ciudad vuelven, por unos días, a ser sólo eso, niños. Niños con ganas de jugar, de descubrir, de ver, de sentir, en definitiva niños llenos de vida, que colman de felicidad a aquellas familias que tienen el privilegio de acogerlos. Privilegio, que cada uno de nosotros, si quisiéramos, podríamos tener.
Son muchos los que piensan que acoger a un niño o a una niña desfavorecidos durante unos meses, dos veces al año es, por decirlo de una manera suave, un despropósito, una barbaridad. Creen que alejarlos por unos días de su vida cotidiana y hacer que pasen una temporada en la que tienen la oportunidad de disfrutar de todas las comodidades y sobre todo del cariño de una familia y luego hacerlos volver a su país y a sus circunstancias es algo cruel. Yo misma, así lo pensaba. Pero a medida que han ido pasando los años he tenido la suerte, a través de mi compañera y amiga Rosa, de poder disfrutar de estos niños y niñas y puedo asegurar que lo cruel es no traerlos. Durante su estancia en nuestra ciudad se reponen físicamente y recuperan su infancia. Cuando vuelven a Ucrania lo hacen nutridos, más sanos y fortalecidos, lo que les hace más fuertes para resistir sus crudas condiciones de vida. Algunos proceden de familias muy pobres, a veces desestructuradas; otros tienen en los orfanatos en los que residen, su única familia. Solo hay que verlos un día cualquiera de los que pasan con nosotros para observar el brillo de sus ojos y la sonrisa en sus labios. Son inquietos, expectantes, afectivos, disfrutan de todo y con todo. Da igual que estén en la playa, en un parque o en las actividades que comparten con nuestros hijos. Cuando están en Ceuta son niños alegres, felices que no solo reciben el cariño de su familia de acogida, sino de todos los que les rodean. Ellos a cambio devuelven sonrisas, abrazos infinitos y sonoros besos. Sus ganas de vivir se contagian. La forma en la que pronuncian mama y papa es para desarmar a cualquiera. Sí, es cierto que los primeros días son difíciles para todos, el idioma es el primer obstáculo, pero ellos como el resto de los niños de su edad, son esponjas y tan despiertos, que en pocos días son capaces de comunicarse, de hacerse entender, en nuestro propio idioma, por su familia ceutí. Recuerdo a algunos cuando llegaron por primera vez a Ceuta y cómo  con el paso del tiempo su vocabulario ha ido creciendo tanto como ellos, de tal modo que hoy  hablan utilizando los giros que habitualmente tenemos en nuestras casas y oírlos a veces resulta divertido. Sus preguntas son dignas de recopilación; su asombro y entusiasmo por las cosas más sencillas nos dejan boquiabiertos y es que nuestros hijos han crecido teniendo tantas cosas desconocidas para ellos que yo no me había dado cuenta hasta que he tenido la suerte de conocerlos, y que me ha hecho reflexionar sobre un montón de cosas.
El acogimiento es la fórmula que hace posible que aquellas familias que lo deseen puedan ocuparse por una temporada de estos niños y niñas necesitados, es más, les permite disfrutar de estos niños durante este tiempo. Se trata de un Acogimiento para saneamiento de la salud y creo que con esa denominación sobran las palabras. No se trata de un paso previo para una adopción, ni para un acogimiento indefinido. Su temporalidad es una de sus principales características.  El hecho de venir durante algunos años de manera continuada no supone una prerrogativa para los padres de acogida de adoptarlos o acogerlos indefinidamente. Son consciente de que en algún momento el vínculo que los une puede romperse, pero su generosidad, su solidaridad y entrega es tal, que la pena que les pueda causar no volver a verlos no les impide seguir adelante e incluso embarcarse de nuevo y volver a abrir sus casas, sus brazos y su corazón a otro niño o a otra niña.
No debemos olvidar que entre los derechos de la infancia recogidos en la Declaración de los Derechos del Niño están el derecho, al más alto nivel posible, de salud y a una vida adecuada para su desarrollo, particularmente con respecto a la nutrición, vestuario y vivienda. Así mismo, esta declaración contempla el derecho al descanso, al esparcimiento, al juego y a poder realizar actividades recreativas que deben tener todos los niños y niñas del mundo. De todos estos derechos disfrutan plenamente durante su estancia en nuestra ciudad con sus familias de acogida.
Si tenéis alguna duda de cómo viven esta experiencia, basta con que contactéis con alguna de las familias de acogida o con AMECE (Asociación de Menores en Ceuta) que responderán a todas vuestras preguntas. Cualquiera de ellas, a buen seguro, expresará la inmensa satisfacción que sienten al ayudar a un menor necesitado y lo que se ha enriquecido sus vidas. Además, es una oportunidad única para conocer otra cultura, otra forma de vida y compartir una experiencia imborrable. Para aquellos que por cualquier motivo no se lanzan a esta aventura, quiero decirles que podemos colaborar de otras formas para hacerles su estancia en Ceuta más agradable. Podemos ofrecer compartir con ellos cualquier actividad y sobre todo estar dispuestos a colaborar con AMECE para facilitar a las familiar que sí se lanzan la posibilidad de hacerlo realidad.
Cuando estos días, montemos el árbol de Navidad en nuestra casa recordemos que en algunos hogares de Ceuta su árbol tendrá una estrella más, ese niño o esa niña que viene del frío.
A Mykola que algún día recordara que fue ceutí

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