La reciente inauguración –o lo que sea– del Parque de Santa Catalina servirá para dar otro uso (obligado ante la amenaza de sanción europea) a lo que antes era un vertedero.
No ha sido la mejor opción, era la única posible que había que tomar a la desesperada, para escapar de muchos años de incumplimientos. El Parque nace ahora con la pretensión de que sea punto de reunión para ceutíes o zona elegida para la práctica del deporte, intentando luchar contra los malos olores de la EDAR que siguen siendo negados por la clase política. Quizá podría ser el momento, ahora, de cumplir con ese merecido homenaje al inmigrante, colocando algún tipo de monumento en un Parque que nace frente a esa gran fosa común en la que se ha convertido el Estrecho. Cuesta creer que una ciudad como Ceuta carezca de cualquier tipo de estatua que sirva para mostrar el respeto que muchas personas tenemos hacia quienes cargan con un único delito: buscar una vida mejor. Las fronteras establecidas y mantenidas de forma interesada para que siga habiendo ricos y pobres o, lo que es lo mismo, para que siga habiendo negocio, han terminado con la vida de hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos (son casi 80) están enterrados en el cementerio de Santa Catalina. Son muy pocos los que han podido ser identificados y enterrados con una placa que, cuando menos, recuerde quiénes eran. Los hay que encontraron aquí su último destino sin que ni sus propias familias sepan de su desaparición. Ceuta, con sus historias negras también, tiene un pasado, un presente y un futuro ligado a la inmigración. Nunca se ha dado el paso para rendir el homenaje colectivo necesario para que esas personas estén reconocidas. Quizá los complejos de unos pocos pero poderosos siga estando demasiado presente en una ciudad en la que sigue habiendo sectores que callan lo que piensan. Y lo que piensan, desgraciadamente, debería causar vergüenza. Somos afortunados simplemente por haber nacido a este lado de la frontera. Nada más nos separa de la vida de aquellos que están asentados en los bosques, hacinados en pensiones, obligados a prostituirse o explotados simplemente porque quieren tener un futuro distinto al que se tienen que enfrentar porque el destino les marcó nacer en el lugar más rico pero, a su vez, más machacado. ¿Alguna vez seremos capaces de mostrarles con valentía nuestro respeto?





