Tras la pegada de carteles (para algunos partidos ni eso) comenzaron dos semanas de frenética campaña en la que los partidos nos machacarán a mensajes, promesas y compromisos.
Los dirigentes de los partidos se pasean con los candidatos buscando rascar votos de entre una población demasiado cansada de lo visto. La política ha caído tanto, ha llegado a niveles tan bajos, que el ciudadano necesita algo más que paseíllos, estrecheces de mano y promesas para volver a confiar en la utilidad del sistema. El grave problema de quienes optan a cualquier tipo de representación el 24M es que demuestran, de forma más o menos descarada, su necesidad absoluta de seguir viviendo de esto. El sentido altruista que debiera marcar, en parte, la actividad política no se atisba entre los candidatos quienes, por sus gestos y maneras, parecen estar más obcecados en la consecución de un único objetivo: seguir manteniéndose en el puesto. Resulta graciosa la campaña activada en las redes sociales en donde se cuelgan vídeos o se da difusión a fotografías que son ridículas para la mayoría de la población. Lo son porque reconocemos a los mentirosos y chaqueteros del reino paseándose con promesas que no cumplirán o jugando con los críos de esas barriadas que no han pisado más que en momentos puntuales pero han despreciado durante demasiado tiempo. El choque es tan brutal para el ciudadano que si el político conociera hasta donde llega el hartazgo general dejaría de hacer el ridículo. Sencillamente eso, dejaría de ser el monigote de feria. La clave no está en quiénes serán los partidos que consigan la representación tras el 24M sino cómo conseguirán que el ciudadano considere que sí, que merece la pena acudir a votar, a ejercer el derecho democrático que tenemos asignado, a seleccionar la opción más adecuada en vez de colocar una rueda de chorizo dentro del sobre y quedarnos tan a gusto repitiendo escenas que ya se dieron en otros comicios. Una ciudad tan pequeña como Ceuta, receptora de tantísimos fondos estatales y europeos no se puede permitir el lujo de avanzar dividida, con una sociedad rota, con acentuadas diferencias, con una educación desastrosa en la que hay muchos niños que no gozan de unas instalaciones dignas para ser educados, con unas infraestructuras penosas en algunos barrios y con un futuro incierto que todavía está sometido a la ocurrencia de turno de los gobernadores. ¿Quién nos pinta este negro panorama?





