La reforma del Paseo de la Marina no dejó indiferente a nadie. Ante los elogios de unos por la estética del mobiliario urbano se alzaron voces en contra, argumentando que resulta poco práctico para que la ciudadanía se siente cómodamente y haga vida social.
Éste es el caso de Cristóbal Marín, quien tras las obras decidió acudir al paseo junto a su silla de playa y solventar de este modo las incomodidades que sufren las personas mayores por no poder recostarse en los asientos. No se trata del único que lo hace, una amiga suya le acompaña en algunas ocasiones.
Ya cuando comenzaron las obras la esposa de Cristóbal le advirtió: “Me parece a mí que no vamos a poder bajar más, están reformando la Marina y no se yo...”, afirma que le dijo. El tiempo fue pasando y el día que desprotegieron la zona, ya reformada, Cristóbal comprobó que, efectivamente, el nuevo mobiliario urbano era muchas cosas, pero no cómodo.
Cristóbal, jubilado tras una vida trabajando pelando pollos, entre otras cosas, decidió que a él nada le impediría seguir disfrutando de estar a la fresca como llevaba años haciendo junto a su esposa y amistades.
Asegura que él lo hace porque vive cerca, pero que muchos no pasan ya por ahí porque no encuentran donde sentarse de forma cómoda. A sus 77 años ha vivido mucho y en muchos lugares, pero hace 22 que decidió regresar a la tierra que lo vio nacer. Desde este retorno ha disfrutado de innumerables momentos con sus amistades reunidas en la calle, como él sigue haciendo. Sin embargo, como el propio Cristóbal comenta, muchos han fenecido tras el paso del tiempo y los compañeros que siguen vivos prefieren en su mayoría pasear por otras zonas de la ciudad debido a que no tienen dónde sentarse con garantías. Un médico conocido suyo le llegó a recomendar no sentarse en los poyos que sirven de asiento en el paseo, ya que de sufrir un desvanecimiento se caería sin remedio al suelo: “Aquí te sientas y te caes y es que te haces polvo”, remata Cristóbal.
Sin embargo, ante semejante panorama éste individuo no se encuentra sólo. En ocasiones, Cristóbal se ve acompañado por una mujer llamada Maruja, quien también baja con su silla de casa para poder sentarse tranquila en el paseo, mientras siguen deseando que se reinstalen los bancos.






