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Literatura y democracia

Cuando Orwell escribió 1984, temía a aquellos que prohibirían los libros.

Sin embargo, la realidad no siempre es así, puesto que el enemigo, al ser identificado, genera siempre una reacción solidaria (a ello se refería Luis Buñuel en su autobiografía, Mi último suspiro, cuando contaba cómo se sorprendió al regresar a España, ya en democracia, al ver en una manifestación obrera una pancarta en la que rezaba: Contra Franco vivíamos mejor). Cuando Huxley escribió Un mundo feliz, a lo que temía era a que no hubiera razón para prohibir un libro, pues no habría nadie que quisiera leer uno. Mientras Orwell temía a quienes nos privarían de la información, Huxley temía a aquellos que nos darían tanta que quedaríamos reducidos a la pasividad y al egoísmo, puesto que esta, la información, quedaría reducida a un mar de irrelevancia.

Solemos pensar que cuando uno aprende a leer en la infancia, lo hace de una vez y para siempre. Sin embargo, no es así. Leer es una actividad que se cultiva y se sigue aprendiendo y perfeccionando siempre, pues vamos incorporando progresivamente toda nuestra experiencia vital acumulada para ser cada vez más sutiles en la interpretación que conlleva toda lectura. Yo mismo me impuse en su momento releer el Quijote cada quince años. Lo hice por primera vez a los quince, luego a los treinta, a los cuarenta y cinco; y espero volver a él cuando alcance los sesenta. Cada vez que afronto su lectura tengo la sensación de estar leyendo un libro nuevo, puesto que hay innumerables detalles, matices y situaciones que en lecturas anteriores pasé por alto sin darles importancia y que en lecturas posteriores se tornaron fundamentales para su comprensión plena. Es lo que tienen los clásicos, que por algo lo son: No envejecen, sino que crecen y maduran conforme pasa el tiempo, porque el arte no es el libro, si no que el arte es esa mirada que el lector o el espectador pone sobre el objeto artístico en cuestión y que crece y madura junto a su propietario.

Hoy, las nuevas tecnologías imponen una simplificación del discurso, abreviándolo y haciéndolo más emocional, impulsivo y veloz; más drástico y agresivo si cabe. La visión de la realidad de las personas que no leen se vuelve así más simple y la sociedad se divide y enfrenta. No hay espacio para el consenso, todo es blanco o negro. Los absolutos polarizan las sociedades y las posturas se radicalizan, volviéndose violentas.

Los libros (los buenos libros) son los mejores vehículos para una narración compleja de la realidad que nos haga reflexionar acerca de ella. No son interesantes porque compartamos o estemos de acuerdo con su contenido, si no que las ideas bien argumentadas, al contrastar con las nuestras, modelan las propias opiniones. Al cuestionar y criticar las ideas ajenas, analizándolas y sintiéndonos incluso en desacuerdo con sus argumentos, formamos las nuestras propias. Leer libros es una experiencia retadora, puesto que se despliegan ante uno con contundencia, sin adaptarse a las ideas del lector ni tenerlas en consideración, llevándonos hacia el otro ajeno, sin mitigarlo ni suavizarlo. El encuentro con la literatura es el encuentro con la diferencia sin adaptarla para nuestro uso y consumo. Y en unas sociedades democráticas sanas, este encuentro con la otredad que nos proporciona la buena literatura es esencial. Sin la concentración, la lectura y el pensamiento derivados de ella la supervivencia de la democracia se torna, cuando menos, complicada.

En tiempos de ascenso de ideologías “ultra”, profundamente antidemocráticas e inhumanas, cuando la democracia se muestra más frágil que nunca y se ponen en cuestión constante algunos de sus mecanismos esenciales, como las limitaciones al ejercicio del poder: mecanismos de vigilancia, de rendición de cuentas, sus límites, los acuerdos… No está de más recordar la definición de democracia que nos legó Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos: Democracia es la capacidad de los gobernados para controlar a sus gobernantes (cito de memoria).

Hoy estamos constantemente involucrados en luchas y escaramuzas de escasa importancia, quizá favorecidas por intereses bastardos, y dejamos de discernir lo importante de lo anecdótico. Nos movemos casi por legislaturas de cuatro años y sufrimos ceguera ante los grandes procesos del devenir histórico: hay instituciones que se están erosionando, contrapesos que se están agrietando… Solo los libros, la literatura y sus buenas lecturas, pueden conseguir la supervivencia de las democracias.

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