Llega un momento en la vida en el que a una le da por pensar en base a qué criterios funciona este mundo. Da la impresión de que estuviera hecho al pretendido gusto de los listos de turno, esos aprovechados que viven de manera permanente del trabajo de los demás y que, por el mero hecho de hacerlo, no solo les sale bien la jugada sino que se vanaglorian de ello. Al resto les quedan dos opciones: pasarse al grupo de los listos y convertirse en uno de ellos o vivir el resto de sus vidas sabiendo que actúan de la manera correcta pero sintiendo que su vida se debió torcer en algún momento porque es evidente que el sistema no funciona para quienes son etiquetados de pardillos por, simplemente, hacer las cosas bien.
En el mundo de los listos la máxima es tener más rostro que nadie. Hay quienes consiguen el máster y por eso se llevan el premio en todo. Generalmente son tocados con la varita mágica y terminan colocándose en distintos puestos hasta mantenerse en el tiempo, aunque en el fondo hagan como que saben de todo pero no saben de nada. El mundo rula en torno a esta epidemia que se extiende en todos los trabajos de la vida, no vayan a pensar que solo afecta a la clase política. ¿No les ha pasado esa sensación en su propio gremio? A todos nos termina pasando, tiempo al tiempo porque en todos los sitios habidos y por haber, los listos de turno ocupan su sitio: nacen, crecen y se multiplican viviendo del trabajo de los demás. Y lo peor, lo más grave, es que un importante sector social aplaude a los listos de turno por eso, por ser listos.
Cuando, cumplidos los 18, me tocó votar por vez primera lo hice a Izquierda Unida. Lo hice con el orgullo de pensar que aquellos aspirantes a hacer una política que miraba más hacia el trabajador iban a cambiar el sistema. Izquierda Unida obtuvo un amplio respaldo, pero aquel líder de la formación que estaba en esta parte del mundo se tornó en cuestión de días en el listo de turno que pasaba por delante de la tienda familiar con traje, gafas oscuras y puro en mano. Fíjense si me acuerdo que aquello me trastocó todo el concepto que tenía de la vida política, de su funcionamiento y de su aplicación práctica en la vida.
Pasados los años, aquella imagen del listillo de turno no ha sido más que una que sumar a la hilera de los que se jactan de vivir a base de chupar el trabajo que otros consideramos que es el correcto, el que debe hacerse. Siempre ganan ellos, no lo duden. A los demás nos queda verlos pasar, aceptar que esto funciona así, quedarse en la resistencia o, perder la dignidad y convertirnos en listillos de turno.
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