Recuerdo haber leído hace tiempo un relato de José Luís Martín Descalzo que trataba de un sacerdote que quedó con los brazos paralizados. Tuvo que dejar la pastoral activa, pero no dejó de rezar y celebrar misa en privado, ayudado de un monaguillo. Un día notó que recobraba la movilidad de las manos, precisamente en el momento de la consagración del pan y del vino. Pero, una vez terminada la misa, volvía la parálisis a sus brazos. A partir de entonces, todos los días sucedía lo mismo. La gente se enteró y acudía cada día en mayor número a presenciar el “milagro”. Hasta que un día, Dios le curó del todo y para siempre. A partir de entonces, la gente dejó de acudir a su misa, pues ya no sucedía “ningún milagro”. ¿Ningún milagro? El sacerdote se entristeció profundamente, porque a su pueblo le faltaba la fe suficiente para descubrir el mayor milagro que se da cada día en la tierra: la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero eso, no les importaba. Su gente únicamente había demostrado curiosidad. No había sabido descubrir lo que es esencial en la vida cristiana.
El domingo comencé a escuchar el pregón de la Semana Santa de este año 2012, pronunciado por “un cristiano convencido” según se definió él mismo: “Señor, dame fuerzas para lo que hoy pretendo trasmitir… Señor, necesito sentir tu aliento y, si me lo permites, ser durante este soñado ratito una prolongación de ti. ¡Señor! Dame tu fuerza… Esa fuerza necesaria para saber trasmitir y magnificar tu Gloria”. Comenzó captando la atención del auditorio. Iba por buen camino hasta que comenzó el pregón propiamente dicho, hablando de “la puerta”, de reivindicaciones e insinuaciones. Yo pensaba que el pregón de Semana Santa era para otra cosa. Además, no me parece nada ético criticar a personas y acciones en un ámbito en el que ninguno de los aludidos y “afectados” tiene posibilidad de defenderse y poder llevar la contraria al panegirista de turno. Y no me parece de recibo el trato que se le da en el pregón al Director Espiritual de la Cofradía Las Penas, puesto por el sr. Obispo de la Diócesis en ese lugar que ocupa. Como tampoco el trato dedicado a la Comisión del Patrimonio. En un acto solemne como ése, un acto que se hace para ensalzar la Semana Santa, no se puede faltar al respeto a las personas. Y menos aún si comienza definiéndose como “cristiano convencido”. Si en algo no está de acuerdo, hay cauces adecuados para manifestarlo. Si ya lo ha hecho y no han convencido las explicaciones que presentaba, no creo que la postura correcta sea afirmar que la Comisión presenta “argumentos lamentables”. Una Comisión del Patrimonio que está compuesta por un historiador, un licenciado en Historia del Arte, una asesora jurídica, un arquitecto, un licenciado en Bellas Artes, un sacerdote con máster en Patrimonio Cultural de la Iglesia, un liturgista y el Vicario de la Diócesis. Algo sabrán de eso ¿no? Una Comisión que ha consultado al organismo competente de la Conferencia Episcopal Española. Por eso me pregunto si el pregonero busca la verdad o busca tan solo conseguir los intereses propios, aunque sea desacreditando caprichosa y toscamente todo lo que se le oponga.
Pero lo que me ha movido a escribir este artículo es la afirmación que hizo de que “la hermandad sigue saliendo desde un ‘local’ frío como un témpano de hielo y al que todos conocen como ‘patio’… El patio de las Penas’”. Pidiendo a continuación al sr. Vicario de la Diócesis “poder salir desde su casa” (la casa de Dios, el templo “grande”, para entendernos). El “Pregonero” y “Hermano Mayor” parece ignorar que todos los meses desde hace casi tres años se está celebrando la eucaristía diariamente en ese “local frío”. Al menos, dos veces al día: por la mañana y por la tarde. Es decir, el doble de veces que en cualquier iglesia o capilla de Ceuta. Y me pregunto: ese patio que es “digno” de acoger la PRESENCIA REAL del mismo Dios, ¿“no reúne las condiciones” para que unas imágenes que tan solo le representan “tengan el punto de partida para su Estación de penitencia”? En ese “gélido entorno” la Adoración Nocturna de Ceuta, todos los meses, le rinde el homenaje de su adoración, contemplación y compañía. Al igual que, diariamente, una comunidad de fieles acude a su llamada para escuchar su Palabra y comulgar con Él; y para presenciar ese momento en el que “la Majestad asume la Humildad, el poder la debilidad”. Y lo hacen porque ese patio (y cualquier lugar que habitemos) tiene el “frío” o “calor” de los que allí nos encontremos.
¿Tan “cegados” están por “sus” imágenes, que no descubren la “Realidad”, aquello que representan y simbolizan esas imágenes? Cuando colocamos las imágenes por encima de Dios, o de Jesús Sacramentado, las estamos idolatrando. Las convertimos en ídolos y nos convertimos en idólatras. Y si tal es el caso, ¿qué es preferible: remar, o no remar? Mientras no tengamos claro esta distinción entre las imágenes y lo que representan, lo mejor es no “remar”, no continuar por ese camino, ya que cada paso que demos, nos alejará de Dios; no de nuestras imágenes que portamos con nosotros, pero sí de Jesús y María, a quienes esas imágenes representan. Y no olvidemos nunca que es él, Jesucristo, quien nos salva, no su imagen, por bella que sea. ¿No es ésta, realmente, una pena mucho más grave que aflige el corazón dolorido de Nuestra Señora?
Y ¿qué es lo que consigue la salida haciéndolo desde el templo? Gana vistosidad, grandiosidad, lucimiento, boato. Si se busca solamente eso, acaso sea bueno no olvidar algunos pasajes evangélicos en los que Jesús nos dice que: “No hagáis las cosas para ser vistos por la gente: ya tenéis vuestra paga”. Ahora bien, si hacemos las cosas para que las vean no los hombres, sino Dios, “vuestro Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará”. O esas otras más duras: “Haced y observad todo lo que os digan, pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen… Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres” (Mateo 23, 3-5). Además de eso, ¿gana en devoción, en fe, en humildad? Y recalco lo de HUMILDAD. Porque no olvidemos que estamos hablando de una cofradía cuyo titular lleva el nombre de Cristo de la HUMILDAD y Paciencia. De ese Jesús que no desdeñó el seno de una mujer ni el nacer en un pesebre (¡cabe algo más frío e indigno!), aunque era Dios. Ojalá todos aprendiéramos esa misma humildad, “compitiéramos” por ella, hiciéramos grandiosos y bellos pregones pidiéndosela de corazón a Dios y buscándola con todas las fuerzas. Porque “el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”, nos dice el mismo Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia (Mateo 23, 12).
La gente del relato de Martín Descalzo acudía a misa llevada por la curiosidad, no por la fe; por eso el sacerdote se apenó tanto: no sabían ver el milagro que realmente salva. Lo mismo que el director espiritual de cualquier cofradía puede estarlo al comprobar que sólo le piden cosas curiosas, bonitas, externas, superficiales, materiales y ponen todo su empeño en conseguirlo, sea como sea, olvidándose de lo que de verdad cuenta.
Me han contado que en la comida que hubo a continuación del pregón, el presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías, ante la postura mantenida y renovada de la iglesia de Ceuta representada por el sr. Vicario respecto al tema que nos ocupa, afirmó: “Nosotros, somos iglesia, y tenemos que obedecer”. Que sepa el presidente del Consejo que puede contar conmigo PARA REMAR en esa dirección.





