Categorías: Opinión

La torpe mayoría

La joven democracia española, mediatizada por su convulso origen histórico, y arrastrada posteriormente por impulsos externos hacía un modelo exclusivamente formalista, se encuentra aquejada de una serie de vicios muy graves que la desnaturalizan peligrosamente. Le esencia de la democracia es la participación activa de los ciudadanos en las decisiones colectivas. La votación es sólo el acto final. Sin embargo, el funcionamiento de nuestro sistema, cada vez más débil, reduce la democracia prácticamente a un escrutinio, prescindiendo cada vez más del proceso previo. Lo que debiera ser un debate permanente de ideas se convierte en una mera competición de siglas cuatrienal. Los partidos políticos se han ido empobreciendo hasta transformarse en simples aparatos de campaña electoral. Una consecuencia directa de esta perversión es la sacralización del concepto “mayoría”. Todo lo que no goza del favor de la mayoría es descalificado y despreciado. La prevalencia del resultado aritmético sobre cualquier otro valor conduce a una fatídica alteración conceptual, que consiste en considerar lo que piensa la mayoría como la expresión de la inteligencia colectiva, cuando en realidad sólo es la expresión de la voluntad colectiva. Craso error confundir voluntad con inteligencia.
La historia está repleta de ejemplos que lo demuestran de manera irrefutable. Los linchamientos, la segregación racial, la privación de voto a las mujeres, la dictadura franquista o el régimen genocida de la Alemania nazi, son hechos radicalmente repugnantes que, no obstante, contaron con un apabullante respaldo social en su momento. Sin ir más lejos, los ceutíes, mayoritariamente, entregaron la presidencia de la ciudad a un analfabeto procedente de la Costa del Sol que jamás había puesto un pié en Ceuta. Todas decisiones ampliamente mayoritarias. Todos históricos errores garrafales.
La mayoría, por pura lógica (hay más piedras que diamantes), es torpe en sus análisis, lenta en sus movimientos y conservadora o retrógrada en sus decisiones. Siempre va un paso por detrás. Ahí radica la importancia de las minorías (más lúcidas) y la gran utilidad de los partidos políticos como motores de cambio. Los partidos políticos deben ser vanguardias de pensamiento que actúen pedagógicamente para inocular en la sociedad nuevas ideas y conceptos que alienten el progreso y la modernidad. En la actualidad los partidos se acomodan al pensamiento de la mayoría porque es una forma rápida de obtener su voto y conseguir el poder; pero de esta manera renuncian a su función fundamental y frenan (cuando no invierten) potenciales avances. Es decir, los partidos deben convencer a los ciudadanos de sus ideas y no al contrario. Un partido político jamás debería hacer concesiones ideológicas a cambio de votos. Ese es el principio de la degeneración de la democracia, porque este mecanismo lleva a que todos los partidos uniformen su ideario, coincidente con la mayoría, y la sociedad quede petrificada o sometida a un proceso de involución. Lo estamos comprobando.
En estos momentos se está imponiendo una corriente de opinión, ya mayoritaria según las encuestas, que exige “mano dura” sobre todo con los menores. Sería catastrófico restituir el “ojo por ojo” como principio inspirador de un modelo de convivencia cruel y vengativo, generador de mutilación psíquica y afectiva. Los partidos no deben ceder ni un milímetro en los postulados que han hecho de la española una sociedad sana, indulgente y compasiva. Obviando la tentación del voto tonto. Siempre con la vista puesta en el horizonte de la humanidad y no en el ombligo propio.
Exactamente igual sucede con el racismo. La mayoría alberga un sentimiento de rechazo al diferente de mayor o menor intensidad y en múltiples versiones. La mayoría es reacia a aceptar la diversidad en plano de igualdad y bajo la perspectiva de la fusión.
Pero los partidos políticos no deben ser portadores de esta ruin patología. Tienen la obligación de combatir el racismo de manera activa y contundente. Convenciendo a la ciudadanía de lo extemporáneo de estos planteamientos y de la necesidad de cambiar en positivo una dinámica social obsoleta y castrante. Aunque a corto plazo suscite incomprensión y distraiga votos. El futuro lo agradecerá. Porque pertenecer a la mayoría no equivale a tener razón.

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