La resiliencia del hombre se mide por su habilidad de adaptación al medio y a sus cambios, por su capacidad de superviviencia frente a las embestidas desestabilizadoras de su entorno. En esta vida que nos ha tocado vivir hay que tener buenos dotes de resiliencia, hay que ser como un junco en mitad de la corriente del río de la vida, por una parte lo necesariamente resistente para no ser roto por las turbulencias del río en el monte, y lo suficientemente flexible para intentar volver al mismo sitio cuando pase la fuerza irreflexiva del torrente y sus aguas pasen serenas por el valle. Quizás por ello podamos atribuir al junto el famoso dicho «Dios mío líbrame de las aguas mansas que de las bravas ya me libraré yo».
La resiliencia se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos adversos, de marcado dolor emocional, visceral, y traumático. Cuando un individuo es capaz de superarlo, se dice que tiene una resiliencia adecuada, y puede sobreponerse con éxito a esos contratiempos o incluso resultar fortalecido por los mismos. En Ceuta no hay ríos y es difícil encontrar sus juncos, pero tenemos otros ejemplos de resiliencia natural. Las palmeras y las pavanas caballas no se oponen al vendaval, no luchan contra las adversidades del levante invernal, lo dejan pasar, cada una lo esquiva y lo sobrelleva a su manera, con las armas que Dios le ha dado. Y así, con el tiempo, cuando pasa la borrasca, una permanece en su lugar, la otra viaja a su través, y cuando por fin llega el estío yo les pregunto siempre…
¿Dónde está tu dolor y tu tormento
blanca y negra pavana
combatiente?
¿dónde está tu oasis permanente
metamorfa palmera del desierto?
¿dónde se arrodilló tu tronco
en el levante?
¿dónde peino tus hojas el
poniente?
¿dónde quedó en Ceuta la
fuerza del viento?,
¿dónde está la furia de la corriente?
¿dónde quedó aquel momento
de lóbregas opiniones insistentes?
¿dónde se oyen ahora
los lamentos?
¿donde está Caifás y su gente?
¿cuándo vale saber esperar
al tiempo para la mente
hábil e inteligente?
En el paisaje y paisanaje ceutí encontramos muchas palmeras y pavanas, más de las que sobrevuelan o decoran nuestras avenidas y parques. Todos deberíamos aprender de la resiliencia y la inteligencia natural del junco, la pavana y la palmera, ¿verdad?
Dicen que el diablo sabe más por viejo que por ángel. Con frecuencia, no se obtiene nada positivo cuando uno se opone frontalmente a las fuerzas torrenciales de la naturaleza humana, pero también hay que reconocer que esa táctica del junco, la palmera y la pavana no está siempre al alcance de todas las mentes ni en todas las circunstancias de la vida, a veces no tenemos su naturaleza. El tronco de las palmeras no es como el de otros árboles, es decir, no desarrollan madera con anillos que cuentan sus años, tienen conductos filamentosos de fibras de celulosa que le dotan de un tejido mucho más suave que la madera y que la hace mucho más flexible que un árbol, lo que le permite doblarse sin problemas en tormentas huracanadas. Así, no es de extrañar que después del huracán, si queda algún árbol en pie, lo más probable es que sean palmeras. Las palmeras de la Marina Española se dejan acariciar, acunar, balancear y hasta azotar si fuera necesario por la furia y la soberbia del viento invernal de levante, y cuando alcanzan su máxima curvatura aparentan rendirse humildemente ante la inercia del más fuerte. No ocurre lo mismo con árboles de preciosa madera como el ébano o la caoba, algunos huracanes de nombres poco afortunados pueden arrancar de raíz a estos grandes árboles, orgullosos del tamaño de sus troncos, de la naturaleza noble de su madera y de sus potentes raíces, que no supieron cómo defenderse, rígidos en sus posiciones pretéritas de antaño y de siempre. Es difícil conseguir algo positivo con una oposición poco inteligente a los cambios del medio y a las embestidas desafortunadas del nuestro entorno social y cultural. Imagino que con el tiempo eso se aprende, no olvidemos que la palmera y el junco tardaron millones de años en aprenderlo, y la pavana también, y dicen que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Los hombres somos más torpes, creemos a veces en la nobleza del alma de nuestra madera, y de vez en cuando, sentimos una necesidad imperiosa de situarnos en el ojo del huracán, de chocar frontalmente con la punta del iceberg, con tal de demostrar el poderío de la razón que navega en el barco de aromática y exquisita madera de nuestra armada invencible, en vez de intentar esquivarlo como hizo el Titanic, que aún así también se hundió. Otros han aprendido hábilmente a torear los iceberg, a verlos de lejos, volar con el viento de poniente del estío, y a doblegarse con elegancia al viento de levante del invierno. Me gustaría aprender de ellos, ser como ellos, siempre hábil e inteligente. También me gustaría saber si el gran escritor católico del siglo XX François Mauriac pensó en la resiliencia de las pavanas cuando escribió que «la lucha por la verdad sigue siendo una larga paciencia...»





