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La ‘mili’, algo más que recuerdos

Defensa y cúpula castrense han celebrado el décimo aniversario de la supresión del servicio militar obligatorio. Un sistema de reclutamiento que databa de 1770 y que se caía por su propio peso frente a la nueva realidad democrática y social del país y del propio proceso atlantista de modernización y profesionalización de las FF. AA. Cada vez menos jóvenes aceptaban ser llamados a filas. Un rechazo con raíces históricas, pero muy especialmente en aquellos años noventa con la proliferación de los objetores de conciencia y su repudio a la violencia en general y, en muchos casos, a cualquier otro tipo de prestación militar o civil sustitutoria.
Diez años después, en pocos lugares como Ceuta y Melilla la supresión se ha hecho notar tan visiblemente. No sólo se trata ya de instalaciones derruidas, abandonadas u ocupadas bajo mínimos y con la externalización de determinados servicios, sino por los duros efectos que para la economía local supuso la irremediable medida del gobierno de Aznar.
Hoy por hoy, el contingente militar ceutí es un minúsculo estamento del gran contingente que configuró su estructura en la que el soldado de reemplazo era algo consustancial de la ciudad. Calles, comercios, bares, restaurantes, peluquerías, agencias de viajes, lavanderías, talleres de costura, centros docentes, ferias, autoescuelas, cines… Todo era un fluir de mozos al toque de paseo. Y aún más. Equipos como el Imperio, en Tercera, estaban integrados prácticamente por soldados de la guarnición, al tiempo que rara era la temporada en la que el Ceuta no se veía ventajosamente reforzado con jugadores que venían a cumplir sus obligaciones militares. El propio caso de ‘El Faro’ con la llegada de periodistas, o de otros profesionales cualificados en determinadas empresas.
El soldado de reemplazo desapareció para siempre el 24 de diciembre de 2001 con una emotiva despedida a sus últimos efectivos en un histórico acto cívico – militar celebrado en las Murallas Reales y la posterior inauguración de la estatua en su honor existente frente a la COMGE. Una década después, la ‘mili’ es ya pura historia y un baúl de las más ricas y curiosas vivencias y anécdotas.
Particularmente soy de los que recuerdan con emoción el paso por filas. El tiempo dulcifica los recuerdos, qué duda cabe. Entiendo que aquel servicio militar, con sus muchos defectos y abusos, que los tenía, englobaba una fuente de valores como la disciplina, el honor, el sacrificio, el respeto, la lealtad, la puntualidad, el orden, la entrega o la propia superación personal, algunos de ellos hoy tan devaluados y hasta olvidados.
En la ‘mili’ hice amistades de por vida. Obsoleta en muchos aspectos, como su larga e inútil duración con el lógico perjuicio a tantos jóvenes, constituía, por el contrario, un elemento vertebrador de la sociedad española, igualando a quienes se incorporaban a ella desde las más diversas regiones, clases sociales, profesiones, titulaciones y analfabetos. A éstos últimos se me encomendó instruir durante un tiempo. Nunca olvidaré sus emotivas muestras de agradecimiento. Qué distintos, por cierto, aquellos pobres iletrados con nuestros últimos soldados profesionales, en un 47% ya con estudios superiores a la Educación Secundaria Obligatoria.
El aniversario de la supresión me ha llevado a mis viejas fotografías de la ‘mili’, como la que ven. Cuántas remembranzas y anécdotas. Como la de aquel sargento que, a poco de nuestra llegada al cuartel del ‘Teniente Ruiz’, nos llamó a formar a un lado a quienes tuviésemos una carrera, para endosarnos a continuación los útiles de limpieza con los que empujarnos a la “carrera” al zafarrancho.
Recuerdo también al Teniente General Gotarredona, auténtico terror de mandos y tropa, dirigiendo personalmente la instrucción de la Compañía de Destinos de la desaparecida Jefatura del Ejército del Norte de África antes de  acudir a su despacho, del que salían espartanas órdenes como la del rapado al uno de la tropa. Quizá el gran divo de un temido capitán de la homónima unidad de la COMGE, que nos obligaba a asistir a misa, además de encargarse, personalmente, del abono de la soldada, con arresto seguro para quienes no acudieran a percibir sus 35 pesetas semanales.
Valga la cara opuesta de la cafetería de la Comandancia General en la que, en armonía e igualdad, desayunábamos juntos, a diario, soldados, suboficiales, oficiales y jefes. Les hablo de 1968.
43 años después, guardo el mejor recuerdo de mis superiores y una especial gratitud hacia muchos de ellos. Soy sincero. Me siento orgulloso de haber hecho la ‘mili’. Una experiencia fuera ya del alcance de las nuevas generaciones. Para bien de unos o mal de otros, como tantas cosas de la vida.

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