Frontera e Inmigración

La lucha constante por escapar

  • El puerto, escenario de una notable presión migratoria sin solución

Las imágenes se repiten a diario. Decenas de inmigrantes toman el escenario portuario para intentar colarse en alguno de los barcos que llega a la península. Son adultos y menores. Los primeros, residentes en el CETI e inexpulsables al ser argelinos solicitantes de asilo; los segundos, auténticos niños enganchados en su mayoría a las drogas que se niegan a residir en el albergue de Hadú. Ambos terminan protagonizando una problemática que ha superado a las fuerzas de seguridad, cuyo trabajo es absorbido en buena parte en el intento de control a estas personas.

Los agentes de la Guardia Civil de la Compañía Fiscal no cesan en la realización de servicios para evitar que estos inmigrantes se cuelen en barcos. Solo pueden interceptarlos y esperar a que el buque abandone puerto ya que, saben, esos inmigrantes volverán en cuestión de minutos al lugar. Es como un particular círculo vicioso que nunca para de dar vueltas sin que alguien lo rompa por algún punto para idear una solución que haga recuperar la normalidad en la zona portuaria.

Al colapso que viven las fuerzas de seguridad (el pasado martes la Benemérita interceptó a decenas de inmigrantes hasta el punto de colapsarse la entrada a la Compañía Fiscal, tal y como, en parte, se aprecia en la fotografía superior), se suma el peligro al que se exponen los propios inmigrantes cuando buscan huecos para intentar burlar los controles. Han sido encontrados dentro de bateas de camiones frigoríficos, también debajo de autobuses o incluso dentro de dobles fondos que falsean, con ayuda de terceras personas, dentro de los camiones.

De muchos de estos huecos resulta imposible salir si no es con la ayuda del exterior, lo que, de producirse alguna alarma, sería fatal para la vida de los inmigrantes. En varias ocasiones la Benemérita ha tenido que sacarlos in extremis, en servicios de los que se ha tenido constancia tras la práctica de registros. Pero el problema llega cuando esos propios agentes terminan siendo vigilados por los inmigrantes, hasta el punto de colarse cuando ya las patrullas han abandonado el lugar, en un particular juego del gato y el ratón que a nadie gusta. Las autoridades políticas son conocedoras de esta problemática así como de sus consecuencias (el pasado sábado se produjo una auténtica batalla campal con rotura de cristales). Las soluciones aún se esperan.

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