Categorías: Opinión

La frontera sísmica

No hay sol que haya sin luz, ni lunas que no hayan nacido. Sí, Ceuta se halla en el epicentro de uno de los mayores desafíos de la humanidad: ¿Hacia dónde dirigir los pasos cuando la Justicia se asoma al espejo de lo imposible? Sí, el nacimiento nos hace iguales. Es justo nacer en humildad, vivir con inocencia la infancia, participar en los asuntos de tu pueblo, y también el regalo más completo: el derecho a la salud, a la familia, al acceso a la cultura y a la capacitación profesional.
Ante la Justicia, la realidad. El África Subsahariana se asfixia a los pies de Occidente, que aturdido apenas alcanza a dar uso pasos titubeantes. ¿Qué son nueve kilómetros de alambre espino cuando de lo que se trata es de convertir la miseria en humildad?
Dicen del sistema de economía global, que la prosperidad de los países primeros será la locomotora que tirará de los países pobres hacia su salvación; pero yo no veo grandes signos, o al menos, es mi desconocimiento. Apenas algunos aviones con material sanitario, agua, y galletitas energéticas.
Quien dice que la solución es poner en las vías del desarrollo a estos países, dice bien. Con lo que no contábamos es que en el interior de España, a la vez, se está levantando el muro de la pobreza; y claro, su consecuencia inmediata es el rechazo a la inmigración. ¿Qué hacer?
No hay otra. Hay que refundar la humanidad sobre la base de pilares sólidos, más allá del beneficio inmediato; y convencer a los poderosos de que la generosidad les hará bien.
Al final, hay que dotar de alma colectiva el género humano, hasta percibir que somos parte de un todo, y que somos los depositarios últimos de aquella verdad que es la creación.
Pero hay que entender, asimismo,  que el contrario del orden es el caos; y que el caos sólo traerá caos. El orden se perfila como el único referente de la Justicia bien entendida. Aunque, pensadlo bien, no existen absolutos. La victoria  está en iniciar el camino, en el reposo de cada jornada, en el discernimiento de que somos partícipes de algo bello. Sólo entonces, un soplo de ilusión traerá vida al polvo del desierto, mientras la sonrisa de un niño da la bienvenida al reino de los hombres.
Posdata: Recuerdo un concierto de Serrat en las murallas reales. Allí, presentó una canción protesta premonitoria: “Se nos llenó de pobres el recibidor”. Me temo que sólo cuando la comodidad de los privilegiados se vea en dificultad, se hará algo para cambiar las cosas. ¿Por que esperar tanto?

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