EHe leído con mucha atención el artículo de opinión, publicado en un diario israelí, del Arzobispo Desmond Tutu, premio Nóbel de la Paz y leyenda viva de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.
Es una sentida y, a la vez, dramática llamada a la conciencia de los pueblos, empresas multinacionales y gobiernos del mundo, para que dejen de lucrarse con el conflicto palestino-israelí. Lo que el arzobispo condena es la ocupación ilegal de Palestina, así como la desproporcionada respuesta del ejército israelí al lanzamiento de misiles desde la Franja de Gaza. También condena a los palestinos responsables del lanzamiento de estos cohetes, aunque deja claro el derecho del pueblo palestino a luchar por su dignidad y libertad. Es más, considera que esta lucha del pueblo de Palestina frente a las políticas de Israel es una causa justa. Reclama finalmente el recurso a la no violencia, como solución a este problema.
No he participado hasta el momento en ningún acto de los convocados para denunciar lo que ocurre en este conflicto. Tampoco he hecho manifestación pública, escrita o verbal, sobre el problema. Ha sido adrede. Y no es porque no me horroricen las guerras. Todas. Ni deje de rebelarme contra las injusticias, cuando puedo. Cada niño palestino que muere con la cabeza reventada por las bombas israelíes (que se fabrican en occidente), se lleva un pedazo de mi alma. Lo mismo me ocurre ante la muerte de cualquier persona, en cualquier parte del mundo, como consecuencia de la violencia y el fanatismo. Quedé paralizado al escuchar la noticia de las ejecuciones masivas perpetradas en Irak por una pandilla de asesinos contra las minorías cristianas. Pero cuando pensaba que ya estábamos inmunizados ante tanto dolor, aparece en las redes sociales un niño sujetando la cabeza decapitada, y aún sangrante, de un soldado sirio. La noticia de la ejecución del periodista estadounidense Jemes Foley a manos de los yihadistas del Estado Islámico, y la difusión del macabro video por las redes, es algo que sitúa el grado de depravación humana a unos niveles desconocidos, contra el que hay que reaccionar.
Dejando a un lado el hecho de que la mayoría de las guerras a lo largo de la historia de la humanidad esconden intereses y privilegios bastardos de unos pocos, hay toda una teoría acerca de las relaciones entre la guerra y la ética. Se trata de la Doctrina de la Guerra Justa, que actualmente se incluye dentro del denominado Derecho Internacional Humanitario, y cuyos principios fueron magistralmente expuestos por el Coronel Tapia, del Ejército de Tierra Español, durante la celebración de unas jornadas el pasado año, organizadas por la Universidad de Granada y el MADOC, sobre Ética y Responsabilidad Social de las Organizaciones.
Como nos decía el coronel, el Ius ad bellum ha contado a lo largo de la historia con aportaciones tan notables como las de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria, o Hugo Grocio; hasta que ha sido matizada por la introducción del paradigma de la “defensa nacional”, aportada por las Naciones Unidas. Lo que establece esta doctrina es que para que se reciba el calificativo de Guerra Justa, ha de librarse por una causa justa, mantener un criterio de contención y proporcionalidad entre el bien que persigue y el mal que genera; ser utilizada como último recurso y contar con una posibilidad razonable de éxito. Pero incluso en estos casos, la consideración de la justicia en la guerra conduce a tres principios básicos, recogidos en el Derecho Internacional Humanitario: discriminación, proporcionalidad y atención debida, que amparan, respectivamente, la inmunidad de la población civil, a los que no se les debe atacar de forma deliberada, ni usar como escudos; sopesar la ganancia de una determinada acción militar con respecto al daño que ésta pueda generar; y la atención debida, que exige a las fuerzas hacer todos los esfuerzos posibles y razonables para minimizar el daño que sus ataques causen a los civiles. Y finalmente, el Ius post bellum contiene las reglas para después de la contienda, que buscan prevenir los excesos del vencedor, limitando lo que puede hacer.
Bien. Si a la luz de estas consideraciones analizamos el conflicto palestino-israelí, es posible que lo veamos de forma distinta. Por ejemplo, bajo mi punto de vista, la acción de ataque indiscriminado por parte de los fundamentalistas de Hamas, lanzando cientos de cohetes sobre la población israelí, es algo totalmente inadmisible, prohibido por las normas internacionales anteriormente citadas, que no hace más que prolongar innecesariamente el sufrimiento del pueblo palestino. Difiero de los que piensan que es una respuesta justa del pueblo palestino a la ocupación. En absoluto. Es la acción calculada y programada por un grupo armado, que no reconoce el derecho a la existencia del Estado de Israel y que pretende imponer a la fuerza un Estado Islámico (una dictadura político-religiosa) entre sus vecinos. Como tampoco es justo ocultarse de forma cobarde entre la población civil, o construir túneles bajo las escuelas, si es cierta la información difundida. Evidentemente, la respuesta del Gobierno de Israel imponiendo un brutal bloqueo a la población civil, y la posterior de su ejército, aplicando el “ojo por ojo”, ambas enmarcadas dentro de su derecho a la “defensa nacional”, quedan también desnaturalizadas cuando son desproporcionados, como es el caso, pues, no sólo matan a personas inocentes, sino que destruyen centrales eléctricas, plantas potabilizadoras de agua, y otros recursos esenciales para la subsistencia de la población.
Hace unas semanas, Nasama Alí, que nos decía que no era judía, publicaba un artículo en el que afirmaba que no habrá esperanza ni justicia si el porvenir se planea contra Israel. Aunque yo tampoco soy judío, estoy totalmente de acuerdo con ella. Es más, pienso que el llamamiento que hace el Arzobispo Desmond Tutu al pueblo de Israel, con el que estoy de acuerdo en muchos de sus argumentos, es perfectamente trasladable al pueblo palestino, para que, de una vez por todas, unos y otros, expulsen a sus líderes incompetentes, y, entre todos, construyan un futuro en armonía y libertad, que lleve la esperanza a sus hijos. Creo que ambos pueblos se merecen la Paz ya. Por esta causa sí me movilizaría.
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