Si hay algún hecho que ha condicionado mis pasos y la formación de mi carácter en su devenir es el hecho de que nunca me ha faltado de nada; y esto no es baladí, ni mucho menos gratuito.
Recuerdo el primer día de clases en la Facultad de Ciencias de la Información. Tras escuchar al profesor, Pedro Solera, decir que sólo alguno de nosotros, si acaso diez, podría malvivir del periodismo, a tiempo completo eso sí, decidimos bajar a la cafetería para despejar nuestras mentes y digerir esa “andanada”. (En realidad lo que quiso decir es que, si queríamos replantearnos nuestro futuro, era el momento. Debido a las grandes expectativas que habían depositadas en mí, me embarqué en el viaje a ninguna parte).
Rápidamente hicimos un corro de amigos, sin otro objeto que socializarnos un poco, y empezar a disfrutar de esa oportunidad que te da la vida, y que no es otra que ser entendido en algo.
Sin embargo, observé a una chica que no se apuntó al plan de tomar café, y no parecía que fuese por timidez. Con el paso de los días comprendí que no bajaba porque sencillamente no tenía dinero para café; que el dinero del café lo necesitaba imperiosamente para hacer fotocopias. Día a día observaba a la chica con admiración: menuda lección de austeridad.A fin de cuentas, ¿quién sería yo sin mis cientos de horas en la cafetería, hablando con unos y con otros, intercambiando experiencias y sueños por hacer?, … ¡cuántos libros leídos a medias!
Y pasó la vida como pasa el largo invierno; y ahora tengo una posición de esas que todos añoran y muy pocos consiguen. Soy un habitante de las Islas Afortunadas. ¿Y qué sensación invade a aquel que es un afortunado y vive entre la desesperanza de unos y otros, personas con el gesto entrecortado por la contrariedad al saberse fuertes y hábiles?
La sensación última es que estoy en deuda. Desgraciadamente mi salario no renta como para crear riqueza, y mi aportación debe centrase en la trasmisión de mis conocimientos y reescribir las hojas en blanco hurtadas al flexo.
Pero, ¿y qué pasa con todos aquellos que han hecho fortuna gracias al entorno favorable? Es mi opinión que no deben volver la mirada, y han de saber que ayudar a los desfavorecidos es signo de grandeza y de ilusión. Eso sí, a la generosidad ha de llegarse por convicción; sólo así el dinero dictará su imperio y su razón.
Por cierto, ¿Qué habrá sido de aquella chica? Espero que esté bien.
PD. El dinero de las becas es la mayor dignidad de las que ofrece el Estado.





