Las encuestas alertan de que el Frente Nacional de Marine Le Pen podría ser el partido que coseche un mayor respaldo popular cuando las urnas arrojen el próximo año su veredicto en los comicios europeos. En el Reino Unido el UKIP es quien marca el paso al Gobierno de Cameron, obligado casi a secundar su propuesta antiinmigratoria para frenar la fuga de votos. El fenómeno anida en puntos tan lejanos como Austria, Finlandia, Italia o Grecia, donde Aurora Dorada iza el estandarte del rechazo al extranjero y al propio sistema. María Tejada, coordinadora del Área de Inmigración del Instituto Ramón Rubial (Fundación Ideas) ha sintetizado las causas y consecuencias del fenómeno en el estudio El avance de la xenofobia en Europa.
–Al margen de la crisis económica, ¿qué argumentos sustentan esta nueva oleada de partidos extremistas en toda Europa?
–No hay sólo un motivo, porque esos partidos políticos han cambiado. Las formaciones extremistas y populistas, por no centrarnos sólo en la ultraderecha, han actualizado su discurso. Gran parte de su éxito viene por ahí. Ellos no se consideran racistas, no se consideran tampoco ultraderechistas cuando sí lo son. Rechazan cualquier identificación con esas etiquetas, hasta el punto de que por ejemplo, en Francia, Marine Le Pen [líder de Frente Nacional] ha advertido de que denunciará a quien le llame ultraderechista.
–¿Los recortes sociales acentúan la desconfianza y el malestar hacia los partidos tradicionales?
–Los partidos extremistas se presentan como una alternativa política frente a un sistema de partidos que parece que no está funcionado y que no da respuesta a la crisis y a las necesidades sociales de la gente. No olvidemos que los recortes se están centrando en las clases medias y bajas de la población, no sólo en España, sino en todos los países europeos. Son los que más desesperados se encuentran. Además, estas formaciones manejan el lenguaje muy bien, lo han pervertido. Incluyen en sus nombres conceptos como libertad, democracia... Hablan de diversidad, de conceptos y lenguajes que tenemos asumidos las sociedades europeas, pero que ellos manejan desde otro sentido. Y luego influye mucho todo lo que tiene que ver con el tema de la crisis, con el populismo, porque son capaces de usar las emociones en situaciones extremas con mensajes muy simples.
–¿La gota que colma el vaso del desencanto es el desfile incesante de casos de corrupción?
–La corrupción fomenta el descrédito y el desencanto. Eso es ideal para ellos, perfecto... Esos escándalos fomentan la idea de que los partidos clásicos no funcionan, que no defienden a la ciudadanía y que están alejados de ella. Además de eso, se aprovechan de nosotros. Para ellos eso es ideal porque su mensaje es “no somos ni de derechas ni de izquierdas, somos la única alternativa”. Por eso son tercerposicionistas. Ante el resto de opciones, proclaman que son “la tercera posición”, que no debe confundirse con una tercera vía. Transmiten la idea de que izquierda y derecha son exactamente lo mismo, algo que les viene fenomenal porque refuerza esa idea de “somos la única alternativa posible”.
–Por decirlo de alguna forma, se inventan su propio espacio político.
–Sí, porque lo que han ido generando con el tiempo es la idea de que el
establishment [la élite que ostenta el poder] político está en decadencia, en una desconexión con la ciudadanía tremenda, porque la crisis parece que no acaba ni se encuentra una salida satisfactoria a ella que sea, sobre todo, igualitaria. Ante eso, dicen “veis que los que están ahora mismo no están funcionado, somos nosotros los que podemos”, y a partir de ahí empiezan a desarrollar su mensaje.
–Da la impresión de que es un fenómeno que arraiga en todo el continente, desde democracias asentadas como la británica o la francesa hasta supuestos paraísos del bienestar como los países nórdicos...
–Sí. Efectivamente, no hay un patrón. Podemos hablar de que la crisis económica es y ha sido siempre un caldo de cultivo ideal para extremismos y populismos, pero es verdad que ahora mismo el ascenso de estos partidos se produce en lugares diferentes. Por ejemplo, se podía pensar que se daba más en aquellos lugares donde la crisis ha calado: Portugal, España, Italia, Grecia... En la mitad de ellos, como es Grecia o Italia, tienen una presencia importante, pero en España y Portugal es anecdótico. Y en los países nórdicos, donde se supone que la crisis no es tan fuerte y donde además se supone que está en vías de superarse, resulta que en Dinamarca, Noruega, y también en Holanda, naciones que tenemos como referente de civilización con democracias asentadas, es precisamente donde más fuertes están.
–La supuesta amenaza de la inmigración también suele arrastrar a las masas cuando flaquean las economías...
–Sí, estos partidos se empeñan el ligar inmigración con delincuencia y seguridad. Y por lo mismo que mencionaba antes, parecería que quizás donde hay más peso de la inmigración podría ser que se desarrollasen estos partidos con mayor facilidad. Si vemos el mapa de Europa comprobamos que esa relación tan directa tampoco es real. Hay países como Austria, donde el peso de la inmigración puede ser parecido al que tenemos en España, un poco menor, y sin embargo la diferencia del panorama extremista es tremendo, no tiene nada que ver. Y luego tenemos países con una inmigración muy baja, como pueden ser Hungría o Polonia, que también tienen importantes partidos populistas populistas y extremistas, cuando su porcentaje de inmigración no llega al 2 por ciento.
–¿Alimenta el extremismo el supuesto fracaso en la integración de los inmigrantes?
–El modelo de integración social en Europa es tremendamente diverso en la gestión de la diversidad. No podemos hablar de uno único... Es verdad que se tiende hacia una política de inmigración y asilo común en Europa, hay fijados determinados parámetros, pero no podemos decir que haya modelo de integración. Los modelos, por ejemplo, del Reino Unido y de Francia están en dos extremos opuestos. Nosotros podemos estar en otro punto. Por lo tanto, no creo que haya fallado realmente el modelo de integración. Sí que creo que a lo mejor no hemos actuado con la requerida firmeza en el rechazo hacia la xenofobia y el racismo. No viene de ahora, sino de los 90, cuando Haider [Jörg Haider, líder de los partidos ultras austriacos FPÖ y BZÖ, fallecido en 2008] gana las elecciones en Austria y todos los partidos deciden en su país y Europa que van a hacer un cordón sanitario para que la extrema derecha no avance, pero luego todo queda en agua de borrajas. Rápidamente las alianzas entre los partidos fueron generándose y siguen ahí, de hecho. Ahora mismo son los terceros más votados en Austria y a punto de formar gobierno.
–Con el recuerdo no tan lejano del fascismo, el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, ¿peca Europa de amnesia con la ultraderecha?
–Muchas veces tenemos el defecto los europeos, en general, de pensar que ya aprendimos de esa época y que no se va a volver a repetir, que es imposible. Y eso tiene un punto de quizás de soberbia, porque la situación se puede repetir, por supuesto, e incluso ser peor. No es que se vayan a repetir las mismas cosas, pero si miramos a los años 30 vemos muchos puntos en común: crisis económica de la que no se puede salir, el centrar la responsabilidad y los odios en otros, en ese momento en los judíos y ahora mismo en el inmigrante o el extranjero... También el discurso de los años 30 era que los partidos no funcionaban, que el Gobierno alemán no estaba actuando... No sólo el alemán, hablo de los casos de Alemania, Italia y España, de cómo los partidos y gobiernos no funcionan. Nosotros somos los únicos que podemos dar salida a esto. Parece que en la UE estábamos vacunados frente a los extremismos y que esto ya no volvería a pasar, pero nos equivocamos, porque las cosas pasan con matices diferentes y puede volver a ocurrir. Con las perspectivas que se plantean ante un posible nuevo ascenso de las formaciones extremistas en el Parlamento Europeo y también en algunos gobiernos, la verdad es como mínimo para estar alerta.
–En casos palpables como el de la formación griega Aurora Dorada, con un programa electoral de corte abiertamente ultra, ¿no podría la UE establecer mecanismos preventivos para impedirles el acceso a los parlamentos?
–Efectivamente, no es que no pueda, es que yo creo que de hecho debería. Ha habido propuestas directas para comprobar si por ejemplo el partido político que los une a escala europea en el Parlamento Europeo, la AENM [Alliance of European National Movements], realmente cumple con los requisitos de democracia, de defensa de los valores. Pero pese a esos intentos, siguen activos y defendiendo posiciones que nada tienen que ver con los principios fundacionales de la UE. Las instituciones europeas deberían actuar con más contundencia.
–¿Qué juega a favor para que, salvo en casos aislados como la Plataforma per Catalunya de Josep Anglada, España quede al margen de las formaciones ultras?
–Como decía anteriormente, cada país es un escenario distinto. En Cataluña, en zonas donde la presencia inmigratoria es más alta, han conseguido representación en ayuntamientos. Pero a nivel nacional, salvo el riesgo de esta formación y de España 2000, son una minoría. Aunque hay que estar muy atentos a ellos porque sus mensajes son igual de contundentes y excluyentes.
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