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La Ceuta fragmentada (2)

Verano del 77: El “asistente” Imanol Arias

Por Maribel Lázaro Durán
04/11/2018 - 09:14

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Entre las numerosas curiosidades que se nos mostraban en los tiempos de la adolescencia y juventud, contaban las numerosas prerrogativas que gozaba la población militar de Ceuta en aquel entonces: el Casino, el Economato, la Hípica, la Residencia del General Galera (¡cuántas “puestas de largo” y bodas se celebraron en aquellos espléndidos lugares!), el Hospital, la Farmacia militar, las casetas de verano de oficiales en la playa Benítez, con sus correspondientes aparcamientos… Cotos cerrados a los que la población civil no tenía acceso, excepto para aquellos que siempre burlaron las normas, bien por categoría social, por pertenencia familiar, o bien por necesidad.

A cambio, existían espacios más abiertos en los que la población, en general, podía asociarse mediante una cuota mensual. Tales eran el Club Natación Caballa (1946) o el Club de Pesca CAS (1956).

Sin embargo, dicha cuota no estaba al alcance de los bolsillos de aquella población civil que empezaba a escalar en los 70 el calificativo de clase media. Los jóvenes de este tiempo éramos ya conscientes de la fragmentación social de Ceuta. Una Plaza militar que conformaba a sus anchas la ciudad, y en la que aprendimos a convivir unos con otros en sus diferentes estamentos y procederes sociales.

El servicio militar obligatorio de entonces nos mostraba de continuo las calles abarrotadas de reclutas en su tiempo de descanso. Las tardes se llenaban de un alboroto “comedido” allí donde fueren. Los cines eran uno de los lugares más solicitados para reunirse: el cine África, Apolo, Cervantes y Terramar se llenaban de uniformes en un ambiente de jolgorio general. ¡Aquellos cines de nuestra adolescencia y primera juventud!

A las chicas de entonces se nos hacía difícil la convivencia con estos miles de soldados de reemplazo que atravesaron nuestro tiempo, compartiendo con nosotras los estrechos límites en los que podíamos movernos.

De manera que, además de tener que soportar la retahíla de piropos a toda joven que se les cruzaba en el camino, la convivencia nos impregnaba de un prejuicio específico contra el recluta: desconfiar de todos ellos porque, a decir de las madres, eran aves de paso que luego, “si te vi no me acuerdo”. De modo que, de nuevo, se nos mostraba una línea divisoria.

En esta ocasión, entre la población civil femenina y el soldado raso común. En cambio, y por razones obvias, siempre hubo mayor relación y permeabilidad entre los oficiales con estrellas y las jóvenes ceutíes. Aquel servicio militar obligatorio (hasta 2001) alentó vivamente la economía de la ciudad en todos sus aspectos y diferentes ámbitos, y su desaparición influyó en la decadencia de todo un comercio que giraba en torno a ellos y que provocó la desaparición y cierre de numerosos y prósperos establecimientos.

Pero ¿gozaban todos aquellos reclutas del mismo estatus en sus diferentes destinos? Evidentemente no, estaban aquellos que se llamaban “asistentes”, y que, al parecer, se empleaban al servicio “doméstico” de los oficiales. Un privilegio compartido por el asistente que, a cambio, se libraba de las guardias y de otras labores preceptivas de su condición.

Era usual ver a estos jóvenes recoger a los niños del colegio o dar clases particulares a los hijos del oficial de destino, si se trataba de universitarios o tenían un alto nivel educativo. Y recuerdo cómo por aquel entonces se difundió el relato del temible Teniente General Ramón Gotarredona (1898- 1968), destinado en Ceuta por un tiempo, y “auténtico terror de mandos y tropas”1, del que se contaba que un día paró por la calle a uno de estos asistentes, que transportaba en sus manos una tarta de cumpleaños para el oficial al que servía, y le ordenó que la desenvolviera para comérsela entre ambos. Al asistente no le quedó más remedio que obedecer, y Gotarredona no tardó en ser trasladado.

En el discurrir de la memoria por estas curiosidades de Ceuta, plaza militar, quedó suspendida una tarde de agosto del 77, en la que un entrañable amigo de entonces nos invitó a su caseta en la playa Benítez

En el discurrir de la memoria por estas curiosidades de Ceuta, plaza militar, quedó suspendida una tarde de agosto del 77, en la que un entrañable amigo de entonces nos invitó a su caseta en la playa Benítez. Tenía un enorme interés por presentarnos al asistente (de la Compañía de Mar) que cumplía las tareas al servicio de su padre, un alto oficial de entonces.

La curiosidad del personaje estribaba en los estudios de teatro que el joven recluta realizaba en Madrid, lo que era inusual. Y allí, en una espaciosa caseta de verano, pintada de blanco y a orillas de la playa, pasamos la tarde en compañía de los amigos y del curioso asistente de veintiún años que la cuidaba: un joven cuya apostura nos conquistó a todos. Sin complejo alguno, Manu Arias – que así se presentó – no cesaba de charlar, contándonos mil anécdotas sobre su profesión, su pasión, el teatro. Y también nos hablaba con nostalgia de “Soco”, su novia de entonces, la actriz Socorro Anadón.

La simpatía y facilidad que tenía Manu para imitar con maestría a unos y otros personajes famosos, hacer piruetas o continuas representaciones teatrales, nos hacían reír a la vez que despertaba nuestra admiración: todos le augurábamos un excelente futuro en su carrera, apenas iniciada entonces. A partir de aquí, Manu se hizo habitual entre nosotros, y no solo a orillas del mar, sino en muchas de las tardes en las que gozaba de tiempo libre, que aprovechábamos para mostrarle la Ceuta que le habría resultado difícil de conocer si no es entre amigos ceutíes. Una estimada amistad surgió desde entonces entre todos nosotros, a pesar del tiempo efímero que compartimos. La llegada de septiembre supuso el regreso de cada uno a su lugar de trabajo, y la dispersión de aquel entrañable grupo del verano del 77.

Manu volvió a sus guardias en la Compañía de Mar; más tarde supimos que lo destinaban al Peñón de Vélez de la Gomera, y a comienzos de marzo del 78 nos decía por carta que se encontraba de maravilla allí. Algo sorprendente, sin duda alguna. Durante un largo tiempo, Manu nos enviaba de vez en cuando alguna misiva en la que nos narraba sus proyectos, o los veía ya realizados una vez incorporado en Madrid al cine y el teatro, como aquella que recibimos desde Cuba, en 1982, donde rodaba “Cecilia”, la película de Humberto Solás. En sus cartas, siempre firmaba como “Imanol”.

La memoria siempre nos devuelve a este joven asistente envuelto y concentrado en sus tareas de la Compañía de Mar, ya fuera a orillas de la Playa Benítez o en el cuartel correspondiente, activo e ilusionado por sus estudios de teatro, también de sueños ambiciosos, que, con el discurrir del tiempo, los hemos visto cumplirse.

Un joven entusiasta dispuesto a extraer de sus experiencias el lado más positivo. Imanol Arias, que afirmó en una ocasión haber hecho una buena mili2 en Ceuta, apenas ha hablado nunca de su estancia en la ciudad de entonces, solo unas frases que citamos aquí por lo que suponemos un buen y grato recuerdo: “Ceuta lo que tiene de lejano y distante, también lo tiene de mágico”3.

Al igual que Imanol Arias, otros muchos famosos hicieron su mili en Ceuta: el célebre escritor Juan Marsé, Premio Cervantes en 2008, el conocido periodista del Hormiguero, Pablo Motos, el famoso Josema Yuste (Martes y Trece), el actor, escritor y director de teatro José Luis Gómez, y un largo etcétera, tal como nos apunta Antonio Martín en su Blog mencionado, pero con ninguno de ellos tuvimos el placer y la satisfacción de formar parte de aquellos momentos de su vida en Ceuta, como pudimos hacerlo con Imanol Arias al que siempre llevaremos en nuestra memoria.

 

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Comments 1

  1. Sassine Assaf comentó:
    hace 7 años

    Articulo muy interesante. felicitaciones . Fue algo Nuevo para mi . No tenia ninguna idea sobre ello .
    Gracias profesora.

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