La obra de La Marina se ha convertido en objeto de debate público. Es algo sano, obligado y debido puesto que la actuación que la Ciudad va a ejecutar en el centro va a repercutir en todos los ciudadanos. La Marina es espacio común de los ceutíes, procedan de donde procedan, y un proyecto de este calado genera multitud de opiniones. Todas deben encontrar su espacio. Todas, claro está, que vengan caracterizadas por un interés general, no por el partidista explotado por aquellos que, carente de programa político, ciñen su actuación a la mera campaña destructora de lo que quiere hacer el Gobierno. Solo les mueve eso: atacar y atacar, en vez de proponer, que debiera ser su finalidad. En esta maraña de campañas panfletarias sin fundamento también hay otras voces que tienen su espacio. Voces tan importantes como la que representa la Confederación de Empresarios. Su máximo representante, Rafael Montero Ávalos, ha hablado claro, respaldando la actuación política y manifestando su sorpresa ante el “desmadre” de críticas y las “barbaridades que se han dicho contra el proyecto”. Los empresarios arropan la acción institucional y la defienden sin tapujos. ¿Dudamos de la CECE, consideramos que su voz no es neutral? Su independencia está harto demostrada y su presidente ha sido siempre claro en sus manifestaciones, criticando duramente a la Ciudad cuando no se está de acuerdo con ella o, como es el caso, arropándola. Sin medias tintas ni intereses bajunos como los que estamos, desgraciadamente, viendo.





