Cuando en España, pero especialmente en Ceuta, se habla de inmigración, en seguida nos viene a la mente personas saltando a la desesperada vallas altísimas o cruzando mares de olas sin corazón.
Pero está la otra cara, la positiva, la verdadera, la de gente que busca en cruzar la frontera una nueva oportunidad, una vida nueva, una nueva esperanza.
Ceuta, ciudad que habla de respeto y convivencia pero que guarda escondido, como la porquería debajo de la alfombra, un velo de racismo e instransigencia, en seguida asocia a la inmigración la delincuencia, rápida en juzgar y condenar a una persona por un color, un acento o un apellido.
Marhoum, que llegó a Ceuta desde Marruecos,siendo un niño y se crió en el centro de menores, no creció oliendo pegamento, rompiendo cristales de coches o robando bolsos por la calle, a pesar de lo que muchos ceutíes podrían pensarlo viendo sus rasgos, al son del tópico envenenado.
Marhoum, al que, estoy seguro, muchos mirarían con desconfianza cuando se cruzaban con él hace años por las calles de nuestra ciudad, se vestirá en diciembre con los colores de la selección española en el Campeonato de Europa de Cross, en Belgrado.
Un inmigrante, señores, un deportista de élite, un moro, en resumidas cuentas. Un ejemplo, en conclusión.
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