Categorías: Opinión

La asfixia del arbitraje español

Dependiendo de las circunstancias, tener mala memoria puede ser producto o de la más tierna bisoñez o de la más retorcida y laxa de las moralidades. Como su descarnada naturaleza muestra casi a diario, la política desconoce completamente lo primero, íntima adicta de la segunda opción, tóxica delatora, pero infranqueable para quienes no sienten los escalofríos de los escrúpulos. Carácter necesario para hacer frente a las lides que la política plantea con una simultaneidad en exceso cruda.
Palabrería al margen, la intención del líder del Partido Popular andaluz de plantear un acuerdo con la formación política archienemiga es, de por sí, loable. Tan loable de por sí, como despreciable por lo demás, en especial teniendo en cuenta la agresiva campaña que se ha llevado a cabo en contra de los socialistas regionales por parte de los populares de dicha comunidad autónoma. Han sido vilipendiados todos los aspectos de los que han podido sacar rédito alguno, forzando conclusiones titubeantes, no por falta de razón, sino por la pésima argumentación planteada para llegar a ella. Por supuesto ha sido una guerra recíproca, pero con dos sutiles diferencias: unos luchaban para mantener su oligárquico monopolio, otros llegaban para quedarse; unos ni se plantean pactar con aquellos radicalmente opuestos a sí mismos, otros están dispuestos a conjurarse con el mismo demonio (que bien lo parecía según la descripción que en tiempos de campaña ha colapsado todo tipo de espacios) por el poder que ese pueblo les ha negado siempre. Situación que, por cierto, merece una profunda reflexión.
Pero tampoco los socialistas parecen tener al alcance la memoria reciente del estropicio que les ocasionó en Extremadura el partido junto al que pretenden gobernar Andalucía. Tal vez uno de los más increíbles de cuantos han acontecido en este país en los últimos tiempos. Si hace muy poco Izquierda Unida era la gran renegada de la izquierda por permitir el gobierno popular en Extremadura, ahora es poco menos que la salvación del progresismo andaluz. Para los socialistas, la necesidad ha hecho olvidar lo que consideraban como una traición irreparable, y han devuelto la denominación de “progresistas” e “izquierdistas” a sus, en estos momentos, casi compañeros. Una aguda discordancia consentida por la incalificable argucia política.
El término de las elecciones andaluzas se saborea desabrido, rebasado por movimientos inconexos e inconsistentes que, si bien eran esperados a tenor de lo que ocurre en regiones divididas, no ayudan en absoluto a la imagen y a la eficacia del país. Una política que ansía el poder como fuente de reconocimiento y éxito por encima de todo lo demás está destinada al fracaso social, pues es indudable que lo único que puede empeorar un mal gobierno son dos malos gobiernos unidos en uno solo, pese a la duplicada fuerza perentoria del maquillaje estadístico y dialéctico, refulgente al principio y catastrófico al final de la legislatura, cuando uno debe de abandonar el poder. Maquillaje que es más poderoso aplicado en dobles dosis y procedente de diversas manos que de una sola, y, en consecuencia, más caótico.
La actual preocupación de los partidos democráticos tan supuestamente contrastados no debería estar en cómo trenzar la siguiente jugada, con el objeto de estar un paso más cerca del poder cuando las urnas no admite ni una más papeleta, sino en pensar de qué manera puede aprovecharse la cantidad de apoyo que se ha logrado para plasmar parte del proyecto revitalizador que en teoría debería existir en el plan de gobierno. No nos equivoquemos: el País Vasco es otro mundo.

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