Evidentemente, en los primeros montajes, toda boca de fuego necesitaba ser colocada en un soporte para poder ser apuntada y hacer fuego, lo que contribuirá, a su vez, a disminuir o anular el retroceso producido al realizarse el disparo.
Los soportes o montajes de las primeras bombardas, llamados encabalgamientos, fustas o fustes, en Aragón, y cureñas o curueñas, en Castilla, consistieron, al principio, en un taco o zoquete de madera alargado, de sección aproximadamente prismática, con un rebaje semicircular o diédrico en una de sus caras, donde se colocaba la boca de fuego. Dotado con argollas para asegurar la caña y la recámara, con el tiempo fue mejorándose al reforzarlo con escuadras y planchas de hierro.
Una vez cargada y atada la pieza a su montaje, y después de apuntarla, se inmovilizaba el conjunto mediante otro taco más pequeño y una serie de estacas y varillas. Debido a los efectos del retroceso, y del encabritamiento producido al intentar limitarlo, estos montajes experimentaban durante el tiro un extraordinario desgaste o “tormento”, por lo que eran necesarias continuas reparaciones, e incluso la fabricación de otros nuevos sobre el terreno.
Pronto se vio la necesidad de mejorar estos elementales montajes, introduciéndose a partir de principios del siglo XV algunas modificaciones sustanciales: para poder dar un ángulo de elevación adecuado para el tiro, se empleará el cepo, la escaleta o escalamira, montante que disponía de una serie de taladros, entre los que pasaba un perno sobre el que descansaba la parte anterior del fuste. Poco después, aparecían los manteletes o mantas de madera, antecesores de los escudos de piezas, que se levantaban en el momento del disparo, por medio de un sistema de poleas y cuerdas, para proteger a los sirvientes.
También surgirán los primeros muñones, así como las ruedas, primero macizas, guarnecidas con llantas y claveteadas, que se irían transformando paulatinamente en ruedas de cubo con radios. Por entonces, las piezas ofrecen ya una silueta que, aunque rudimentaria, sería popular, en el futuro, entre los artilleros.
Las piezas de pequeño calibre “a excepción de los faconetes, que se asentaban mediante su horquilla” utilizaron montajes algo diferentes de los fustes de las bombardas, llamados bancos. Este tipo de soporte apoyaba en el terreno por medio de dos patas situadas en su parte anterior en tanto que su parte posterior se situaba directamente en el suelo. Sobre el banco se colocaba un taco de madera, que podía girar, al que se ataba la boca de fuego. En su parte posterior se agregaban dos arcos con una serie de taladros, por donde se introducía un perno mediante el que se daba el ángulo de elevación adecuado a la pieza. A mediados del siglo XV, de este tipo de montajes se originarían los primeros montajes de ruedas.
En estos años hacen su aparición los morteros y dedreros, demasiado cortos para poder ser situados en fustes y efectuar el tiro, por lo que se les dota de muñones que apoyan sobre dos montantes de madera, en los que se han hecho previamente unos rebajes o muñoneras, sobre los que pueden girar. Una vez tomada la inclinación adecuada para hacer juego, se aseguraba el ángulo mediante una cuña o un taco. Los dos montantes, antecedentes de lo que en años posteriores se conocería como gualderas, se colocaban sobre un grueso taco de madera, llamado basamento, constituyendo su montaje.
Municiones y cargas de proyección.
Las municiones utilizadas por las bombardas eran proyectiles aproximadamente esféricos, primero de hierro forjado y, luego cuando los calibres aumentaron significativamente, de piedra (caliza, la mayoría de las veces), que recibieron las denominaciones de pellas, pelotas o bolaños.
Las cerbatanas, los ribadoquines y las demás piezas menudas empleaban, además de este tipo de municiones, unos dados de hierro emplomado llamados bodoques.
Por su parte, los morteros lanzaban no solo bolaños, siendo muy a menudo utilizados otros tipos de proyectiles, como saquetes rellenos con guijarros, balas de fuego e incluso proyectiles huecos, formados por dos semiesferas de bronce, unidas por una franja y dos aros de hierro cruzados, a cuya carga interior se le daba fuego por un pedazo de yesca, que se encendía en el momento del disparo. Estos últimos constituyen los antecesores de las futuras granadas, que aparecerán en el siglo XVI. Las cargas de proyección estaban compuestas por pólvora negra, polvo muy fino y poco homogéneo, mezcla de salitre, azufre y carbón, cuya combustión era muy irregular y rápida. Las proporciones en que entraban sus componentes eran, muchas veces, arbitrarias, dependiendo de la calidad de los ingredientes, siendo la más común la fórmula “seis, as, as”, es decir, seis partes de salitre, una de azufre y una de carbón.
En principio las pólvoras se fabricaron mediante procedimientos manuales, tras una rudimentaria molturación de los componentes y un lavado y refinado del salitre. A partir de la segunda mitad del siglo XV, se introducen los métodos de empaste y graneo, proporcionando productos más homogéneos y de combustión más regular, importantísimo avance que tardó más de cuatro siglos en ser superado.
En cualquier caso, en esta época la mezcla de sus componentes se realizaba inmediatamente antes del tiro, lo que provocaba no pocos accidentes.
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