Hoy mujer se escribe en colores, se escribe torneado, en negrita, se escribe entre flores y rosa, dando paradójico cumplimiento al estereotipo que nos esmeramos en derribar este día, se escribe en mayúsculas, se escribe enredado en adolescentes corazones de juguete o sobrepuesto en ideales puestas de sol.
El día 8 de marzo, el vinilo, el papel y el plasma se permiten todo tipo de estilos y licencias gráficas para envolver el término mujer y lanzarlo a un escaparate visual presumiblemente agotado y agotador. El término queda listo para el lucimiento. No es que el vocablo no lo merezca, hasta se agradece, después de todo, el término que nos define ya nos crucificó hace 6000 años cuando los primeros hablantes europeos nos asimilaron con el sonido moll y con el que expresaban "cualquier cosa blanda". El latín recibió su herencia, hizo su trabajo y en vista de que nada indicaba lo contrario, nos denominó mulier, algo así como "la débil o la blandengue" y ahí estamos desde entonces, compartiendo origen etimológico con molusco, mojar, mullido y, para más inri, con molla.
Cierto es que vivimos tiempos en los que la escenificación le ha ganado la partida a la acción, la sobreactuación compite con la autenticidad y nos hemos esmerado para reconvertir dignos propósitos en melifluos eventos. Y ahí nos hemos quedado, anclados en el cumplimiento de lo políticamente correcto, sin plantearnos si quiera por qué hacemos lo que hacemos o dejamos de hacer lo que en realidad queremos.
La celebración del día de la mujer es uno de esos eventos que hay que celebrar porque así lo recoge el calendario global de las correctas costumbres de los países de bien pero que ha perdido en parte la esencia de lo que en realidad significa. Desde la comodidad de nuestros sillones del siglo XXI y la protección que supone vivir en una sociedad avanzada es ya difícil discernir la histórica lucha de la mujer de la globalizada, impuesta y blanda celebración. Para los hombres y mujeres que vivimos este 8 de marzo de 2016 es un ejercicio complejo recordar esos siglos de combate en silencio y lucha callada que esconde este día, es difícil anteponer la reflexión a la celebración. Es casi imposible separar la almendra de la cáscara.
Celebramos el día de la mujer con la misma pasión social con la que celebramos el día de los derechos humanos, de la violencia de género, de la paz, del medioambiente, del refugiado... y así hemos ido etiquetado el calendario con una profusión geométricamente proporcional a la impotencia emocional que como sociedad vamos acumulando. Y este ejercicio nos agota a todos. Es por ello que me pongo en los masculinos zapatos de los que resoplan en la intimidad ante la celebración del día de la mujer esgrimiendo como argumento una igualdad ya conseguida y unos derechos compartidos, y mientras ellos y ellas nos enredamos en estas inevitables conversaciones, en las que suelen aparecer en el mismo batiburrillo la discriminación positiva, el feminismo, el techo de cristal , la conciliación familiar y hasta la inocente reivindicación de un día del hombre, se ponen de manifiesto dos cosas; que las blanditas hemos cambiado mucho y que, a pesar de la sobreactuación, nosotras somos capaces de tirar la cáscara y quedarnos con la almendra y lo somos porque es una cultura heredada.
No voy aquí a reivindicar la importancia de este día, ni a enumerar las desigualdades que todavía se dan en nuestra sociedad en relación al género, no deseo entretenerme en desgranar las injusticias laborales ni los estereotipos que nos amarran todavía. Tampoco es mi intención cuestionar si la reivindicación de la igualdad está planteada en su justa y real medida o hay un exceso en todo ello. Me sostengo en el argumento de que el día de la mujer es más que los carteles, las fotos y los eventos. Lo es para nosotras.
Sin duda, todos los días del año somos mujeres, acarreando nuestra debilidad etimológica, los pecados de la curiosa Pandora y la fuerza heredada de generación en generación. Sin embargo, algunos días lo somos más que otros, y eso sucede cuando nos aferramos a la memoria histórica más durable, nuestra memoria familiar.
Nosotras no somos sólo nosotras, nuestra calidad como personas es la suma de nosotras mismas y nuestras madres. Fueron ellas, las que con su callado silencio, su íntima pelea y su desbordado deseo de hacernos mejores que ellas metieron en nuestras venas el valor de ser mujer. Cada momento de intimidad, cada último beso en la noche, cada regañina merecida o no, dejaba en tus oídos la eterna enseñanza del valor del esfuerzo, de la independencia económica, de la grandeza que significaba poder elegir. No había fin de conversación que no terminara con el mensaje, aturrullado por las prisas de hacer infinitas tareas a la vez, de la importancia de ser una mujer completa, de provecho y libre. Ese mantra entraba en nuestras cabezas con la misma intensidad que se clavaba el peine en nuestras ya firmes y tiesas coletas necesitadas siempre de un último estirón. La tiesura de nuestros cabellos no era más que la firmeza de unas ideas que ellas no siempre pudieron ejercer.
No recuerdo grandes eventos en el día de la mujer cuando era niña, lo que sí recuerdo es a las mujeres de mi casa siempre luchadoras y firmes más allá de la dignidad. Yo me crie con la macroeconomía diseñada a base de cuentas de la vieja, con presupuestos que se calculaban con los dedos de dos manos, cuando no tenía que colaborar prestando los míos hasta aclarar las cuentas, compartí flexo con la formación clandestina de mi madre, que quería ser mejor. Conviví con la mala convivencia que provocó su decisión a salir de casa a trabajar, me crie con una mujer que nos miraba debatiéndose entre lo que ella entendía que era ser mujer y lo que los demás, prisioneros de esa época, habían decidido qué era serlo. Nuestras madres, esas mujeres de antes, nos bañaron de miradas cómplices, nos obligaron a ser mejores por ellas, hoy sabemos que nunca seremos mejores que ellas. Es esa complicidad heredada la que nos hace sentir lo mismo este día, todas a una.
Esa herencia de mujer a mujer, de madres a hijas, no sé si se perpetuará, no sé si esos derechos obtenidos y esa igualdad ganada, si la comodidad y el bienestar de hoy terminará por ahogar ese susurro de superación. No he tenido hijas, tengo hijos, tal vez ahora sea el momento de hacerlos a ellos cómplices de nuestras miradas y herederos de esa lucha para que nunca olviden porqué el 8 de marzo las mujeres son felices celebrando juntas.





