Igual a Juan Gutiérrez de chico nunca le contaron en la escuela el cuento de la lechera, la historia de aquella mocita que iba pensando en todo lo que se iba a comprar con las monedas obtenidas de la venta de leche hasta que la purita realidad le hizo darse de bruces con una piedra en el camino. ¡Zas!, entonces adiós leche y adiós sueños.
El pasado 28 de julio, Gutiérrez hablaba públicamente para contarnos que su partido sólo apoyaría al PP en un gobierno de coalición, “desde dentro”. Decía además hasta qué consejerías le gustaban, citando expresamente “la de barriadas”, cómo no.
Él solito habló de posible “coalición” e incluso de “acuerdos” en un escenario en el que había quien en los despachos estaba hasta perfilando organigramas de interés.
Ahora, justo una semana después de esas declaraciones, el PSOE envía un comunicado oficial a toda prisa y resumido en dos párrafos para explicarnos que Gutiérrez “desmiente categóricamente que exista acuerdo alguno con el Ejecutivo de Juan Vivas”, recalcando que precisamente “ahora no es momento de pactos”.
Ese comunicado no se envía por arte de magia, sino cuando en la sede de Daoiz ya se sabía perfectamente que Ferraz estaba confirmando a los medios de comunicación nacionales su rechazo a cualquier gobierno en coalición con el PP, considerando una auténtica locura que a este lado del Estrecho se estuviera siquiera aludiendo a un acuerdo de gobernabilidad.
“Desde Ferraz le han dicho al secretario general del partido en Ceuta, Juan Gutiérrez, que no es momento de pactos ni de declaraciones al respecto, sino de vacaciones”, insistieron en Ceuta.
La estructura de un partido político, bien la conocen los históricos del PSOE, funciona de acuerdo a unas pautas y no hay paso que se dé sin que cuente con el aval de Madrid y con el de los compañeros de la estructura orgánica local.
El problema radica en quienes consideran que un partido político es otra cosa y entonces empiezan a sufrir el síndrome de la lechera, a pensar en todo lo que pueden hacer cometiendo la torpeza incluso de contarlo públicamente hasta que topan con esa bofetada sin manos que supone darse de bruces con el asfalto.






