Categorías: Opinión

Joseph Blatter como excusa

Joseph Blatter estuvo francamente mal. No por hablar con inquina hacia Cristiano Ronaldo o por el hecho de que no pueda tener una opinión, como todos la tenemos, acerca de la rivalidad entre el luso y el argentino Leo Messi, sino porque como representante de todo el fútbol mundial debe tratar a todos los futbolistas profesionales por igual. Como consecuencia de la metedura de pata de Blatter, el Real Madrid entró de lleno en el asunto en reivindicación de su estrella mientras que aquel rectificó su escena en la Oxford Union Society, y poco más. Si bien lo de Blatter fue impresentable, más lamentable me parece aún que quiera hacerse de su predilección por Messi la revelación de todas las conspiraciones inventadas por los madridistas. A partir de lo ocurrido, no han tardado en salir todos los adeptos de club blanco a justificar los cuatro Balones de Oro en esa admiración confesada por el presidente de la FIFA. Esta ha sido una de las principales bazas para atacar a Leo Messi e intentar despojarle de su condición de mejor jugador del mundo y uno de los más brillantes de la historia. Todo lo que en el campo nadie ha podido, lo intenta infatigablemente la afición madridista y sus socios periodistas ante otra gran oportunidad que, me temo, ha causado más regocijo por su utilidad que dolor por lo que ha supuesto para el honor de Ronaldo y su club.
¿Que el Balón de Oro puede estar influenciado por lo que opinan los pesos pesados de la FIFA? Por supuesto que sí, ¿cómo decir lo contrario? Es más que obvio que debe existir una consecuencia en mayor o menor medida. No obstante, también es cierto que Messi es apabullantemente favorito entre los seleccionadores, capitanes de selecciones y periodistas, lo cual suma una fuerza difícil de reprimir. Pero dejemos de hablar del sistema de votación del Balón de Oro, que casi todos los aficionados al fútbol conocen, ni intentemos compensar con otros tantos deslices a la ahora fingida víctima blanca; mejor centrémonos en lo que ocurre dentro del terreno de juego, en el fútbol.
Ninguna condecoración con poderes mágicos convierte a Leo Messi en el mejor. Da exactamente igual que el chico de Rosario tenga cuatro Balones de Oro o que tenga cero, que le guste a Blatter o que le caiga auténticamente mal. Lo más importante de todo son sus exhibiciones sobre el césped, comparables a los más grandes deportistas de la historia, convirtiendo en una labor harto complicada el encontrar ejemplos que puedan batir lo desplegado sobre cada campo de fútbol. La sensación de grandeza que desprende mediante un estilo caótico pero que, curiosamente, encuentra orden en las telarañas de los sucesivos equipos del Barcelona en los que ha jugado, es casi imposible de equiparar a cualquier otra que se haya podido percibir en toda la historia.
Me resulta difícil comprender cómo un seguidor del fútbol por el hecho de ser del equipo contrario pueda tener, entre ceja y ceja, aprovechar cualquier ocasión para intentar destruir los méritos de la estrella rival. Personalmente, sigo desde hace años al Manchester United y siento un cariño especial por Cristiano Ronaldo ya que fue en el equipo inglés donde se convirtió en el gran jugador que hoy es. Además, no siento demasiada simpatía por el FC Barcelona; prefiero que este pierda sistemáticamente y que el Real Madrid gane siempre, menos cuando juega contra el Manchester United. Pero si por ello tuviera que renunciar a alabar la impresionante obra del Barça o escupir barbaridades sobre La Pulga cada vez que aparece la rendija adecuada para hacerlo, preferiría no ver ningún partido de fútbol nunca más. Lo mismo diría con cualquier otro deporte e incluso con cualquier cosa de la vida.
La rivalidad es la esencia de la competición, la magia que impulsa un progreso a veces impredecible, pero entre esta postura y el acoso y derribo constante se encuentra encajado un abismo insalvable. Con este tipo de actitudes en alza, no me extraña que no pueda frenarse el pensamiento cada vez más común de que el fútbol es el deporte de un hatajo de fanáticos, los cuales son distinguidos por una capacidad de razonar muy por debajo de lo normal. La pasión, por más que así se defienda, no es eso.

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